Nº 750 - 16 de julio de 2007
 
Hemeroteca Esta semana

De la Iglesia católica en Polonia, Estados Unidos y España

La Iglesia católica de Benedicto XVI, coherente heredero de Juan Pablo II, circula sin ambages por el camino de vuelta a las épocas más oscurantistas del cristianismo. El primer ministro polaco, Jaroslaw Kaczynski, claro exponente del nacionalcatolicismo para Polonia, asistió hace unos días a una misa organizada por la “ultranacionalista” Radio María. Preciso es puntualizar que el calificativo de “ultranacionalista” aplicada a esa emisora corresponde al diario ABC, acompañado del de “ultracatólica”. La misa congregó a unas 150.000 personas. Los contenidos de las alocuciones tuvieron más que ver con la política reaccionaria del actal Gobierno polaco que con los mensajes de carácter religioso. Estaban en la misa los líderes de los partidos que forman coalición, aunque ésta parezca tambalearse en las últimas semanas. “Gracias a las gentes como ustedes, Polonia perdurará y perdurará, a pesar de todas las dificultades, y a pesar de todos aquellos que aún no creen o que no quieren creer. El Espíritu Santo lo puede todo”.

Radio María no es, a efectos de propiedad, como la española COPE. La fundó un cura, el padre Rydzyk, que se ha convertido en un magnate mediático con sotana. El grupo María posee esa emisora de gran audiencia, que se alinea con la derecha más radical y con los planteamientos católicos más ultramontanos. Y posee además una televisión de ámbito nacional y un periódico diario de notoria influencia en la sociedad polaca. Incluso cuenta con una escuela de periodismo. Pero detrás de la citada radio no se encuentra la Conferencia Episcopal Polaca ni órdenes religiosas concretas como sucede con la COPE. Sin embargo, y aunque de cuando en cuando desde el Vaticano se alienta a la jerarquía polaca a que regañe al padre Rydzyk, todo acaba quedándose en agua de borrajas. Un rasero muy distinto, mucho más blando y benevolente, al que aplica la cúpula de la Iglesia a los teólogos de la Liberación o, sin ir más lejos, a los curas de la parroquia roja de San Carlos Borromeo, sita en el madrileño barrio de Vallecas.

Benedicto  XVI ha recuperado el latín para las misas, derogando parcialmente una de las iniciativas más emblemáticas del Concilio Vaticano II, la que tal vez llegara más a la inmensa mayoría de los fieles católicos que fueron a sus templos y pudieron seguir las misas con la facilidad de que se utilizaban las lenguas de cada zona o lugar. El decreto pontificio no rectifica absolutamente la utilización de las lenguas modernas, pero facilita que el latín vaya imponiéndose paulatinamente. No se trata de un hecho anecdótico. Ratzinger no deja de transmitir avisos fácilmente perceptibles. Los tiempos de la reforma han finiquitado. Nos encontramos de nuevo en tiempos de contrarreforma, de marcha atrás. Cuando cardenales como Cañizares y Rouco Varela elevan la unidad de la nación española a bien moral, pongamos como ejemplo, no están siendo caprichosos. Están siendo coherentes. La unidad de España se forjó sobre todo al final de la Reconquista. Es decir, al final de la cruzada cristiana, capitaneada por los Reyes Católicos, atención a la palabra católicos, que supuso la derrota de los musulmanes, instalados en la península durante siglos, y  su expulsión fulminante, así como la de los judíos. Tal unidad significó la hegemonía más completa de la religión cristiana, que desde entonces y hasta el presente, más allá de etapas excepcionales, ha moldeado ideológicamente, o lo ha intentado por las buenas o por las malas, a millones y millones de españolitos.

En Polonia la asfixia integrista empieza a ser democráticamente preocupante. No sólo los islamistas acentúan su peligroso fundamentalismo. Los católicos y, en general, los cristianos, también. La intromisión religiosa en la dinámica política es enorme en EE UU. Sin la denominada Coalición Cristiana, donde se funden muchos movimientos de distinta raíz cristiana y de carácter absolutista, el Partido Republicano no habría hecho la vida imposible a Clinton ni hubiera podido propiciar las dos victorias de Bush, si es que la primera puede, con un mínimo rigor, describirse como victoria legítima. Pero los demócratas americanos no se recatan en público de alardear de creyentes. Las invocaciones a Dios inundan los discursos de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Un agnóstico o un ateo tendrían serias dificultades, por no decir invencibles dificultades, para llegar a la Casa Blanca. La alianza entre la espada y el altar se advierte a primera vista en la primera potencia mundial o primera gran democracia del mundo.

La batalla de la Iglesia católica oficial por meter mano otra vez  en España es insaciable e incansable. Es una batalla incesante, que se libra palmo a palmo. Cada propuesta del Gobierno que preside un agnóstico y que no agrada a los obispos españoles se transforma en un motivo más para la confrontación. Nada es más exacto que afirmar la sistemática coincidencia o complicidad entre los jerarcas eclesiásticos y los dirigentes de la derecha política, básicamente la derecha que encarna el PP. El laicismo es presentado como un mal, como un invento diabólico. Este impetuoso retorno al pasado eludirá, no obstante, volver a los orígenes, a las fuentes del cristianismo. Hasta aquí hemos llegado. Volver a la doctrina fundacional supondría un gravísimo riesgo. El fundador fue crucificado y sus seguidores, perseguidos y llevados al circo romano para ser devorados por los leones. No parece que los actuales prebostes del catolicismo deseen precisamente el martirio. Al lado del poder se vive estupendamente.

Luis G. del Cañuelo

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