De la Iglesia católica en Polonia, Estados Unidos y España
La Iglesia católica de Benedicto XVI, coherente heredero de Juan Pablo II, circula sin
ambages por el camino de vuelta a las épocas más oscurantistas del
cristianismo. El primer ministro polaco, Jaroslaw Kaczynski, claro exponente
del nacionalcatolicismo para Polonia, asistió hace unos días a una misa
organizada por la “ultranacionalista” Radio María. Preciso es puntualizar que
el calificativo de “ultranacionalista” aplicada a esa emisora corresponde al diario
ABC, acompañado del de “ultracatólica”. La misa congregó a unas 150.000
personas. Los contenidos de las alocuciones tuvieron más que ver con la
política reaccionaria del actal Gobierno polaco que con los mensajes de
carácter religioso. Estaban en la misa los líderes de los partidos que forman
coalición, aunque ésta parezca tambalearse en las últimas semanas. “Gracias a
las gentes como ustedes, Polonia perdurará y perdurará, a pesar de todas las
dificultades, y a pesar de todos aquellos que aún no creen o que no quieren
creer. El Espíritu Santo lo puede todo”.
Radio María no es, a efectos de
propiedad, como la española COPE. La fundó un cura, el padre Rydzyk, que se ha
convertido en un magnate mediático con sotana. El grupo María posee esa emisora
de gran audiencia, que se alinea con la derecha más radical y con los
planteamientos católicos más ultramontanos. Y posee además una televisión de
ámbito nacional y un periódico diario de notoria influencia en la sociedad
polaca. Incluso cuenta con una escuela de periodismo. Pero detrás de la citada
radio no se encuentra la Conferencia Episcopal Polaca ni órdenes religiosas concretas como sucede con la COPE. Sin embargo, y aunque de cuando en cuando
desde el Vaticano se alienta a la jerarquía polaca a que regañe al padre
Rydzyk, todo acaba quedándose en agua de borrajas. Un rasero muy distinto,
mucho más blando y benevolente, al que aplica la cúpula de la Iglesia a los teólogos de la Liberación o, sin ir más lejos, a los curas de la parroquia roja
de San Carlos Borromeo, sita en el madrileño barrio de Vallecas.
Benedicto XVI ha recuperado el latín
para las misas, derogando parcialmente una de las iniciativas más emblemáticas
del Concilio Vaticano II, la que tal vez llegara más a la inmensa mayoría de
los fieles católicos que fueron a sus templos y pudieron seguir las misas con
la facilidad de que se utilizaban las lenguas de cada zona o lugar. El decreto
pontificio no rectifica absolutamente la utilización de las lenguas modernas,
pero facilita que el latín vaya imponiéndose paulatinamente. No se trata de un
hecho anecdótico. Ratzinger no deja de transmitir avisos fácilmente
perceptibles. Los tiempos de la reforma han finiquitado. Nos encontramos de
nuevo en tiempos de contrarreforma, de marcha atrás. Cuando cardenales como
Cañizares y Rouco Varela elevan la unidad de la nación española a bien moral,
pongamos como ejemplo, no están siendo caprichosos. Están siendo coherentes. La
unidad de España se forjó sobre todo al final de la Reconquista. Es decir, al final de la cruzada cristiana, capitaneada por los Reyes Católicos,
atención a la palabra católicos, que supuso la derrota de los musulmanes,
instalados en la península durante siglos, y su expulsión fulminante, así como
la de los judíos. Tal unidad significó la hegemonía más completa de la religión
cristiana, que desde entonces y hasta el presente, más allá de etapas
excepcionales, ha moldeado ideológicamente, o lo ha intentado por las buenas o
por las malas, a millones y millones de españolitos.
En Polonia la asfixia integrista empieza
a ser democráticamente preocupante. No sólo los islamistas acentúan su
peligroso fundamentalismo. Los católicos y, en general, los cristianos,
también. La intromisión religiosa en la dinámica política es enorme en EE UU.
Sin la denominada Coalición Cristiana, donde se funden muchos movimientos de
distinta raíz cristiana y de carácter absolutista, el Partido Republicano no
habría hecho la vida imposible a Clinton ni hubiera podido propiciar las dos
victorias de Bush, si es que la primera puede, con un mínimo rigor, describirse
como victoria legítima. Pero los demócratas americanos no se recatan en público
de alardear de creyentes. Las invocaciones a Dios inundan los discursos de los
candidatos a la presidencia de Estados Unidos. Un agnóstico o un ateo tendrían
serias dificultades, por no decir invencibles dificultades, para llegar a la Casa Blanca. La alianza entre la espada y el altar se advierte a primera vista en la primera
potencia mundial o primera gran democracia del mundo.
La batalla de la Iglesia católica oficial por meter mano otra vez en España es insaciable e incansable. Es
una batalla incesante, que se libra palmo a palmo. Cada propuesta del Gobierno
que preside un agnóstico y que no agrada a los obispos españoles se transforma
en un motivo más para la confrontación. Nada es más exacto que afirmar la
sistemática coincidencia o complicidad entre los jerarcas eclesiásticos y los
dirigentes de la derecha política, básicamente la derecha que encarna el PP. El
laicismo es presentado como un mal, como un invento diabólico. Este impetuoso
retorno al pasado eludirá, no obstante, volver a los orígenes, a las fuentes
del cristianismo. Hasta aquí hemos llegado. Volver a la doctrina fundacional
supondría un gravísimo riesgo. El fundador fue crucificado y sus seguidores,
perseguidos y llevados al circo romano para ser devorados por los leones. No
parece que los actuales prebostes del catolicismo deseen precisamente el
martirio. Al lado del poder se vive estupendamente.
Luis G. del Cañuelo |