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| Nº 749 - 9 de julio de 2007 |
‘Etiam si omnes’ Por José María Ridao El texto autobiográfico del historiador Joachim Fest, autor de El hundimiento, apareció en Alemania en 2006, por las mismas fechas en que Günter Grass publicaba Pelando la cebolla. Aunque Fest moriría al poco tiempo, aún tuvo ocasión de participar en la polémica generada por la confesión del premio Nobel alemán, quien reconoció haber formado parte de las SS al ser movilizado durante los últimos meses de la guerra, cuando sólo contaba diecisiete años. Fest y Grass mantenían una vieja rivalidad nada cordial, cuyo origen se encontraba en la manera en la que uno y otro abordaban el pasado de Alemania. Para Fest, la confesión contenida en Pelando la cebolla constituía, al fin, la prueba definitiva de que las increpaciones de Grass a sus compatriotas, de que el tono apocalíptico de su moralismo militante no escondía, en realidad, más que el viejo mecanismo de transferir la culpa a los demás para quedar libre de ella. Su sentencia fue implacable. Recurriendo a la fórmula anglosajona, Fest aseguró que “nunca le compraría un coche usado” al autor de El tambor de hojalata. El resultado de esta virulenta polémica, sólo concluida por la muerte de Fest, fue que sus propias memorias, significativamente tituladas Yo no, se presentasen como contrapunto de las de Grass. En principio, la imagen de contraste, de radical oposición, que se acabó imponiendo sobre los lectores de ambas obras parecía favorecer a Fest. Sus memorias son la crónica de una resistencia pasiva, pero cargada de riesgos y de consecuencias morales, a una de las más fabulosas maquinarias de manipulación que ha conocido la historia del siglo XX, sólo comparable a la de los regímenes comunistas. El padre de Fest, católico practicante, se negó a formar parte de las organizaciones de masas del nazismo, un requisito obligatorio para desarrollar cualquier tarea en la Alemania de la época. También rechazó que sus hijos se integrasen en las Juventudes Hitlerianas, según exigían las leyes del Tercer Reich. Arrastró por ello un acoso permanente, que empezó con la pérdida de su empleo y llegó hasta la amenaza de ser enviado a un campo de concentración. El padre de Fest, y con él la totalidad de su familia, se mantuvo firme en su propósito de rechazar el nazismo, tomando como consigna un versículo de San Mateo: Etiam si omnes, ego non, aunque todos (consientan o lo hagan), yo no. Fest hace un sobrio recorrido por las penalidades que tuvo que atravesar su familia. La situación económica se fue deteriorando a medida que se le iban cerrando las puertas al padre, primero como profesor en el sistema público y, más tarde, como simple maestro privado. Fest deja constancia de la desesperación de la madre, sobre la que recayeron algunas de las consecuencias más duras de la decisión de resistir, en la medida en que, al haber asumido como propia la responsabilidad de mantener a la familia, según exigían las ideas tradicionales, se fue encontrando progresivamente privada de recursos para hacer frente al alimento diario o a la limpieza. Yo no describe la manera en la que el padre trata de mantener el secreto de su oposición al nazismo ante los miembros más jóvenes de la familia, tanto para preservar la seguridad de todos como para ahorrarles preocupaciones añadidas. Establece dos turnos en la mesa, uno al que se van incorporando los que tienen edad de saber y otro en el que permanecen quienes deben quedar al margen. Fest deja entrever el otro motivo de esta decisión: el padre se siente prisionero y necesita de esos instantes de desahogo con los suyos, en los que puede expresar con libertad su rabia y su rechazo. El aire enrarecido, “envenenado” dirá Fest, se traduce en ocasiones en una inevitable e involuntaria tensión con el padre, que se encuentra en una situación paradójica: de pensamiento católico tradicional, reivindica en familia una autoridad que su entorno le niega. Durante un estallido de cólera, su hijo Joachim pronunciará una frase que le conmueve, y que hará que cambien algunos de sus hábitos en el trato paternofilial: “los dos estamos solos contra el mundo”. Fest no se extiende sobre los motivos que pudieron estremecer al padre, pero tal vez son fáciles de entrever. En el fondo, era la evidencia palpable de que su hijo Joachim, lo mismo que los otros hermanos, Wolfgang y Winfried, habían interiorizado su forma de rechazar el nazismo, el modesto pero inquebrantable “yo no” con el que se había enfrentado al Tercer Reich. Joachim y Wolfgang sobrellevarán con entereza los interminables cambios de colegio motivados por las expulsiones de las que son objeto, el paso por internados en los que sólo la ayuda de otros compañeros o profesores que también resisten íntimamente al nazismo les permitirá seguir adelante con sus estudios y con su vida. Y también la movilización como soldados de reemplazo de la Wehrmacht, durante la movilización final con los ejércitos aliados avanzando sobre Alemania. Tal vez uno de los episodios más conmovedores de las memorias de Fest sea el de la muerte de Wolfgang, víctima de una enfermedad pulmonar de la que podría haberse salvado de no mediar la torpeza y la crueldad de los oficiales nazis, que le obligaron a regresar al frente dando por descontado que su dolencia era fingida, una manera de zafarse de las obligaciones militares. En el último momento, el padre obtiene la desgarradora constatación de que, también en el caso de Wolfgang, la consigna de “yo no” ha sido asumida: en uno de sus últimos momentos de lucidez, pide que en su esquela no aparezca ninguna de las fórmulas con las que el nazismo pretendía honrar a los caídos, y que años más tarde estudiaría Víctor Klemperer en La lengua del Tercer Reich. La madre no se reharía jamás de la pérdida de su hijo, hasta el punto de que décadas después del final de la guerra no podía contener las lágrimas cuando su nombre surgía en la conversación. Pero la interpretación de las memorias de Fest como contrapunto de las de Grass, impide apreciar sus significativas coincidencias, al margen de la actitud de resistencia que existió en un caso y la adhesión que se dio en el otro. Tanto Yo no como Pelando la cebolla van dejando un testimonio incidental del monstruoso padecimiento de los alemanes a lo largo de la guerra, y que a la altura de 1946 sólo fueron capaces de describir un joven escritor anarquista sueco, Stig Dagerman, y el cineasta italiano Roberto Rosselini. Fest y Grass tratan el asunto con la sobriedad, incluso la distancia, a la que se refirió Sebald en Sobre la historia natural de la destrucción. El sistemático bombardeo de las ciudades alemanas, hasta reducir a escombros humeantes la práctica totalidad del país, sin distinguir entre objetivos civiles y militares, se convirtió en un tabú que sólo ahora comienza a ser desvelado. Un tabú que se extendió, incluso, al trato que recibieron los soldados de la Wehrmacht una vez finalizada la guerra, una vez más sin prestar atención a si se trataba de soldados de reemplazo o de convencidos militantes del nazismo. Si Grass, miembro juvenil de las SS, reconvertido por los avatares de la inminente derrota en soldado de la Wehrmacht, describe en Pelando la cebolla el hambre devastadora que padeció en los campos de prisioneros, Fest deja constancia de las vejaciones sufridas por los vencidos. Conducido junto a otros miles de reclutas a los campos instalados en Francia, aunque dirigidos por los norteamericanos, las poblaciones de los pueblos y aldeas por los que atravesaban les golpeaban e insultaban, sin que sirvieran de gran cosa los intentos de sus captores por protegerlos. Fest se hace eco del comentario de uno de sus compañeros de cautiverio: éste era el comienzo de la “heroica resistencia”. Como en el caso de Grass, el hambre fue el signo bajo el que transcurrieron sus meses de reclusión en el campo de prisioneros. Sólo que Fest ofrece detalles adicionales, como el relativo al negocio de estraperlo que se estableció en torno a las sobras de alimentos del ejército norteamericano que, después de muchas gestiones, debían tener como destino alimentar a los prisioneros en vez de la destrucción, como se había hecho durante un tiempo. Creció el negocio, pero la situación de los prisioneros no mejoró en absoluto. A tal punto que el intento de evasión en el que se embarcó Fest tuvo como única razón el rumor de que los norteamericanos se disponían a transferir la dirección del campo a los franceses. Hace apenas un año se reeditó en Francia la vibrante denuncia de estas prácticas por parte de un superviviente francés en los campos del nazismo, Robert Antelme, quien, de algún modo, también actuaba desde la consigna de “yo no” que Fest tomaría de su padre, quien, ya ocupada Alemania, fue conducido a un campo de prisioneros ruso, de donde saldría con graves secuelas. Las discusiones sobre la memoria histórica del pasado, ese concepto recién creado y que, sin embargo, se considera como un deber incluso para quienes no llegaron a conocerlo, corre un riesgo con el que no se parece contar: el de convertirse en sencilla hagiografía. El Etiam si omnes, ego non que inspiró el comportamiento del padre de Fest, luego asumido por él y por sus hermanos, puede ser interpretado como una norma de comportamiento general o como un criterio para juzgar el comportamiento ajeno. En el primer caso, la actitud moral ante los acontecimientos trágicos que cada época depara habrá ganado terreno, como se apreció en la denuncia que realizó Robert Antelme. En el segundo, sólo se habrá conseguido un criterio, uno entre tantos, para despreciar a los individuos en nombre de la actitud moral. Un cristiano como Fest tal vez sintiera un grave desgarro en su conciencia, porque el mandato bíblico de no hacer lo que todos hacen o consienten se complementa con otro: el de no juzgar para no ser juzgados. |
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