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Gaza, otra vez condenada Tras los últimos acontecimientos de la guerra civil palestina, Occidente se ha decidido por la solución más objetable, posiblemente la solución más miope que imaginarse pueda. Que la Cisjordania de Mahmud Abbas y la Autoridad Nacional Palestina se convierta en una especie de California, y que la Gaza de Hamas siga siendo Gaza, condenada de nuevo a que siga siendo el sinónimo del horror desde 1948. Se veía venir esta repetición del destino fatal desde las elecciones de 2005 en que Hamas registró un notorio triunfo. El primer día ya se imaginó que Al Fatah y Hamas serían incapaces de convivir y ni siquiera los esfuerzos de la diplomacia saudí en la Meca, febrero de 2007, para conformar un gobierno de unidad nacional consiguieron despejar la quiebra fatal del movimiento palestino. Ni Al Fatah se convenció de que había perdido las elecciones, ni Hamas dejó de creer que había conseguido una preponderancia absoluta. Los términos no dejaron nunca de estar invertidos, comportándose Al Fatah como si hubiera ganado las elecciones' y Hamas como si continuara en la oposición. Que unos y otros se maten y que personalidades de Al Fatah se hayan visto obligadas a abandonar Gaza por mar es el resultado de tantos años de miseria, desesperación y frustración, con Gaza como su epicentro. Probablemente se alargará tal orientación porque al volcarse Occidente en la ayuda de Cisjordania y el buen palestino, se activa con diligencia la división palestina y se consagra la maldición de Gaza como rompeolas de todos los refugiados, olla a presión en la que se cuece todo el resentimiento y toda la amargura. Uno de los lugares másconflictivos de este mundo y más envilecido, sin esperanza, difícil de acceder y más aún de abandonar, algo así como uno de los peores círculos dantescos. Hoy, dos años después de la desaparición de Yasser Arafat, el movimiento palestino carece de instituciones políticas que funcionen y de un liderazgo efectivo. Con la escisión entre Gaza y Cisjordania ha perdido además cualquier rastro de programa político. La recompensa clara y rápida de Occidente, la Unión Europea y los Estados Unidos, pero también Israel, otorgada en contra de Gaza y en beneficio de Cisjordania, significa para muchos sectores de opinión que se ha optado a favor de los traidores y en contra de los mártires. Tratándose de una opción más bien dudosa y de efectos perversos, entre buenos y malos palestinos, resulta así que Mahmud Abbas y los suyos aparecen como colaboracionistas con el enemigo, y los de Hamas como sus esforzados resistentes. Difícil ser optimista ante los resultados eventuales de este enésimo juego político internacional que supone una nueva vuelta de tuerca, un empezar de nuevo y que aleja, también por enésima vez, las perspectivas de paz negociada en Oriente Medio. Es muy probable que Gaza siga hundiéndose, mucho menos que Cisjordania progrese bajo Al Fatah. De esta manera se perfecciona la maldición en las personas y en su geografía, porque Cisjordania en efecto es mucho más agradable que Gaza y allí se encuentra ese palestino que es aceptado por Occidente y por Israel. Gaza, como Hamas, están irremediablemente malditos y nada se puede hacer en sus personas ni en su geografía. En consecuencia y quizás de forma deliberada se profundiza la división entrepalestinos como únicos culpables de lo que les ocurre, se ayuda a unos frente a otros y así se oscurece la cuestión fundamental, que no es otra sino la de la viabilidad de Palestina como estado y la retirada de Israel de los territorios ocupados desde 1967. En el cuarenta aniversario de la derrota el gran Mahmud Darwix ha escrito patéticamente que si los palestinos no encontramos a alguien que nos derrote, nos derrotaremos nosotros mismos, con nuestras propias manos, para no olvidar. En estos momentos en que se acumula el conflicto palestino al conflicto libanés y a la guerra de Iraq, todo tan próximo, las decisiones occidentales parecen de corta distancia, para beneficiar a unos contra otros, lejos de cualquier proyecto global, y de la prudencia debida en una región cuyos niveles de violencia han alcanzado un punto intolerable. La escisión del movimiento palestino es finalmente el resultado logrado después de tanto dificultar que los islamistas de Al Fatah gobernaran con efectividad. Se les excluyó de las ayudas y del reconocimiento político por negarse a participar en un proceso que exigía necesariamente el reconocimiento de Israel. Una vez excluido Hamas y arrinconado en Gaza, de no haber sido ayudado a moderar su radicalismo, se concede legitimidad a Mahmud Abbas y se negocia con él mientras se ignora a una parte muy importante del movimiento palestino. Así se fomenta la ilusión de confiar en quien sólo es una parte del sistema político, controla sólo una porción de sus fuerzas de seguridad y sólo recibe la adhesión de un sector de una población de por sí dividida y desconfiada. Precisamente porque la dan a elegir entre Gaza y Cisjordania. Ignacio Rupérez |
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