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Zapatazo Por fin Zapatero ha contentado a la afición. Una vez más, Rajoy ha defraudado a la suya. El Debate sobre el Estado de la Nación, instituido por Felipe González al estilo USA, es ante todo un diagnóstico sobre el estado de salud del presidente del Gobierno y de la del líder de la oposición. José Luis Rodríguez Zapatero, que había perdido fuelle, ha salido de la prueba muy fortalecido. Mariano Rajoy, que nunca ha conseguido la aureola de triunfador aunque sí un cierto respiro en las elecciones municipales, ha perdido una gran oportunidad. A estas alturas, tercer año de la legislatura, la ceremonia del Estado de la Nación es también la del examen de fin de curso y el inicio de la campaña electoral. Los nervios estaban sueltos en ambos cuarteles. En las filas socialistas se presumía la victoria pero últimamente, tras la derrota sin paliativos en Madrid y en Valencia, empezaba a perfilarse, aunque improbable, la posibilidad de la derrota. El balance gubernamental en lo económico y en lo social es brillante, incluso espectacular, pero se veía a Zapatero zurrado y vacilante. Se echaba de menos el aura del triunfador y hasta se le empezaba a perder el respeto entre la clase política y en la sociedad civil, mientras José Bono zumbaba en círculos cada vez más estrechos. Sin embargo, Zapatero ha demostrado en el gran debate que no estaba desprovisto del instinto asesino imprescindible para ganar, o al menos que no estaba dispuesto a seguir poniendo la otra mejilla con santa humildad cristiana a las bofetadas del gallego. Ha entrado en el cuerpo a cuerpo con Rajoy y recordado a los ciudadanos sus deficiencias como gestor y su incapacidad como líder de la oposición En esto último coincide con Aznar, quien se disculpa de su elección asegurando a los quejosos barones populares que él le había designado como presidente de Gobierno, pero no como jefe de la oposición. Mientras Rajoy trata de neutralizar a Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, que lastran su tarea empujándole al fracaso, los aspirantes a sucederle prescinden de miramientos. Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón muestran sus cartas y el advenimiento de Rodrigo Rato genera convulsiones en el partido de Génova, de la Puerta del Sol y de la Fundación FAES. Zapatero ha tenido el buen juicio de centrarse en la buena marcha del país, que se encuentra en el mejor momento de su historia, mientras Rajoy se encerraba patéticamente en un monólogo estridente sobre ETA sin ser capaz de abordar otras cuestiones de interés general ni golpear en los aspectos negativos que toda gestión conlleva. Al fin del curso sucede el verano y en un semestre los españoles serán convocados a las urnas. Se ha abierto una campaña en la que parece claro que el Partido Popular tiene escasas posibilidades, ni siquiera la de una derrota digna. Naturalmente, Rajoy puede reaccionar pero ya no valen ligeros cambios de rumbo ni maquillajes. El líder del PP necesita ahora una rectificación profunda. Para tener alguna posibilidad debería reafirmar su autoridad en el partido, proceder a una especie de moción de confianza interna y ofrecer un discurso moderno para un país que no está para simplismos nacionalistas ni tremendismos esencialistas. Tiene que desembarazarse de la sombra de un Aznar que ha perdido el oremus y dirigirse directamente a la ciudadanía rompiendo el círculo de un aparato resabiado y nostálgico. Zapatero ha recibido un buen impulso y ha conseguido algo imprescindible: el entusiasmo de su parroquia, que le ha aplaudido con más calor que nunca. Sin embargo, no puede relajarse ni un momento. Debe vender mejor su mercancía y conseguir que sus ministros, hoy desdibujados, hagan otro tanto. Las elecciones sirven para tumbar gobiernos sin sangre. El electorado tiende a mantenerlos hasta que se harta de ellos. Hoy por hoy no se notan aires de cambio y lo más probable es que los ciudadanos le renueven la confianza pero toda precaución es poca. Los errores que puede permitirse el líder, tras los cometidos con el Estatuto catalán y ETA, son escasos. Mariano Rajoy no puede permitirse ninguno. Y aun así... José García Abad |
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