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Nº 748 - 2 de julio de 2007

Con la iglesia siempre se topa

 

Por Mauro Armiño

Se equivocaba Miguel de Cervantes cuando dijo eso de “con la iglesia hemos dado”. Le corrigió con la dura realidad de la experiencia la vox populi, que ha convertido esa frase en: “Como dijo Cervantes, con la iglesia hemos topado”. Pero también miente esta expresión, porque, a lo largo de la historia de España y en especial estos últimos tiempos, meses, días, el sujeto de topar, la que topa, es ella precisamente, la Iglesia de Roma: es ella la que arremete con cuernos y púlpitos, periódicos y radios contra una asignatura de la LOE titulada “Educación para la Ciudadanía” . Pese a ser ley aprobada en el Parlamento, no le gusta ninguno de esos términos, ni educación ni ciudadanía. El primero quedaría para la Iglesia más mono si fuera “Religión“, “Moral”, o cualquier otro término de esos cuya interpretación parece tener la Conferencia Episcopal en exclusiva. Y ciudadanía es palabra maldita, que les saca de quicio mentándoles otra de sus bichas: la Revolución Francesa.

La viña devastada por jabalíes. Desde febrero, la Conferencia Episcopal viene amenazando al Estado con el boicoteo a la ley y desafiándole a que baje a la calle para demostrar hasta dónde llega la fuerza del BOE. Como suele ocurrir con la Iglesia, vuelve la activa por pasiva, y resulta que la ley es, según sus palabras, “un desafío” del Ejecutivo socialista a toda la sociedad, que se vería golpeada en su derecho a “la libertad de conciencia y enseñanza, que está en juego”. Y ni cortos ni perezosos han levantado el crucifijo de guerra y han decidido “recurrir a todos los medios legítimos” para defenderla. A los obispos les parece ahora, en 2007, que la libertad de conciencia y de enseñanza es un “derecho fundamental”. Un poco tarde. Tal vez serían algo más creíbles si hubieran esgrimido lo mismo desde 1940 en adelante. Callaron entonces como lo que son, y ahora levantan el garrote y la amenaza también como lo que son.

Por ejemplo, el vicepresidente de la Conferencia de obispos y cardenal de Toledo, Cañizares, vuelve a ver la cola del laicismo revolviéndolo todo, y amenaza no sólo al Gobierno, sino a los centros concertados católicos, que según la ley “podrán desarrollar y complementar”, pero “no modificar” la asignatura de Educación para la Ciudadanía. A esos centros, Cañizares les advierte que si dan esa materia “estarían colaborando con el mal”. Así transcriben los periódicos del 27 de junio sus palabras, pero lo hacen de manera errada, porque estoy seguro de que Cañizares dijo el “Mal”, con mayúscula, ente abstracto y sinónimo de el “Diablo” que decían antes; lo malo es que en los últimos tiempos el Diablo, el Infierno, el Limbo y varias de las creencias que tuvimos que aprender bajo su férula y palmeta, están de capa caída, o, mejor dicho, estaban, porque también los quieren resucitar.

En el verano de 1999, Juan Pablo II, ya bastante conservador, dio cuatro audiencias consecutivas para desmontar la credulidad sobre el cielo, el purgatorio, el infierno y hasta el diablo. Según le sopló Dios al oído –hablaba como papa–, el infierno no es un lugar concreto, sino “la situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios”. Pobres ateos, deben estar, en vida, infernados. Esa revisión venía a cuento de aggiornar la Iglesia ante “el acoso de la ciencia”, y también de que el 60% de los católicos cree en Cristo, pero en el infierno y en el paraíso, nanay. Ahora, en abril se hizo público, la voz del más allá le ha dicho a Benedicto XVI que “el infierno existe y es eterno”; esta resurrección de las llamas y de Pedro Botero trata de poner coto a la “viña devastada por jabalíes” –eso sí que es metáfora– que según Benedicto XVI es la vida cristiana.

Encarnación del Mal, con mayúscula. Pocos días antes de Cañizares, la Conferencia de los obispos tiraba la piedra y escondía la mano: en el aire, sin que quede expresa, estaba su idea de la objeción de conciencia como arma arrojadiza; hablaban sólo de “actuar de un modo responsable y comprometido (… ) los medios concretos de actuación de los que disponen los padres y los centros educativos son diversos. No hemos querido ni queremos mencionar ninguno en particular”. En la reserva está esa objeción de conciencia; hay tiempo, han sacado la caballería y, de aquí a principios del próximo curso, sus huestes trabajan, trabajan, trabajan. El resultado puede adivinarse.

La asignatura que les trae a mal traer parece ser encarnación del Mal; qué sea el Mal, así, con mayúscula, es algo que, en su infinita bondad y su más poderoso elitismo todavía, Dios ha soplado a los oídos de unos pocos; que se sepa, a Blázquez, Cañizares y resto de la jerarquía, aunque resulta que éstos no son destinatarios directos de esas entrevistas con Dios; parece tener el monopolio Benedicto XVI, papa de su Iglesia y jefe de un Estado como es el Vaticano, que tiene repartidos por todo el mundo a sus secuaces para que sean altavoces de esas conversaciones, premáticas, consejos y prohibiciones.

Así no hay quien juegue ni discuta con ellos; están enchufados a un canal privado por cable directo que tiene la voz divina por materia, y los pobres mortales parlamentarios que por mayoría aprobaron la Ley de Educación no se han apuntado a ese canal y están en desventaja; éstos han tratado de redactar unos mínimos de libertad en una enseñanza de la que la Iglesia ha tenido la llave y los privilegios durante cuarenta años de dictadura; ahora, además, hay algunas leves voces argumentando que también la Iglesia sufrió durante el franquismo. Debe de ser verdad, porque también ha debido soplárselo al oído Dios, la pena es que no parece que lo sea. A propósito de mensajes divinos: el dedicado a las normas que deben seguir los cristianos en caso de montarse en un coche, también de estos días, da que reír, porque, lo que todos sabemos y las leyes obligan, ellos parecen bendecirlo –a buenas horas– y darle un toque cristiano: hacer la señal de la cruz, rezar el rosario en el viaje para que el diablo no dé malas ideas, etc., etc. Podía empezar el cura del barrio donde vivo: a la hora en que celebra su espectáculo dominical, los coches de sus ovejas se amontonan a la puerta y aledaños, interrumpiendo el tráfico, además de algún pequeño choque, algún coscorrón, etc. Eso, a Dios rogando y con el mazo dando… aunque eso de que el mazo dé puede entenderse en más de un sentido.

Y así lleva esta democracia todo su tiempo, ya largo, de vida, con unos obispos que se arrogan el derecho a decir qué es la libertad de conciencia, en qué parte de la cola del diablo asoma el relativismo ideológico y el laicismo, quién debe decidir los cimientos de esta sociedad que, mal que les pese, es nueva y tiene que ser nueva, porque la vieja de procesiones bajo palio de jerarcas, de palo y tente tieso, de prohibiciones hasta en la sopa, de censuras ridículas, ha de acabar si lo que este país quiere es incorporarse al pensamiento moderno; hablo de pensamiento, cosa difícil de tragar; lo que no les gusta es ese pensamiento que arranca en la Ilustración y que tiene entre sus principales diablos con cuernos, rabo y tenedor a tipos como Voltaire, Rousseau, Diderot, etc.; encima franceses. Ellos iniciaron el Mal, con mayúscula, y así nos va, dicen.

Quizá la Iglesia sea el mayor problema que el Gobierno de España tiene en este momento, incluso para el PP; y por encima de otros, más chillones pero de solución política: llámese terrorismo, paro, economía, etc. En Francia costó un siglo, desde la Revolución hasta el presidente Combes –el que aprobó el laicismo del Gobierno y la eliminación del crucifijo en los centros oficiales– acabar con el terrorismo ideológico y doctrinario nacido de la reacción de la aristocracia a las ideas de la Revolución. Aquí no se ha puesto a la Iglesia en su ámbito propio, que es el de la conciencia y la vida privada de los individuos, no el de los intereses de los grupos de presión; en treinta años, por temor a los púlpitos y a ese poder de convocatoria que tiene por los siglos de los siglos que han controlado el dinero, la conciencia y las mentes, los sucesivos gobiernos democráticos han dejado legalmente las cosas como estaban, con acuerdos con un Estado extranjero como es el Vaticano que trata de meter mano en materias tan fundamentales para la continuidad y supervivencia de la democracia como es la educación. Y ese mundo ya no vale.

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