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Nº 748 - 2 de julio de 2007

Salida del letargo

E I acuerdo de mínimos obtenido semanas atrás en el Consejo Europeo de Bruselas debe permitir salir a la UE de su letargo. Pero muy despacio y con mucho disimulo, ambigüedades y excepciones.
Para empezar, el término Constitución ha sido definitivamente enterrado. Lo que se apruebe tras la Conferencia Intergubernamental se llamará modestamente "Tratado sobre el funcionamiento de la Unión Europea" y será uno más en la larga lista de Tratados que jalonan la historia de la UE.
El proyecto de Tratado Constitucional refundía y derogaba todos los anteriores y éste sólo los enmienda parcialmente. Será más corto, pero no más sencillo, y el conjunto de las normas comunitarias será más complicado. Pero lo que se buscaba sobre todo era que pareciese suficientemente diferente para evitar su ratificación por referéndum en Francia, Holanda y el Reino Unido.
Todo lo ocurrido demuestra que no por mucho madrugar amanece más temprano y que el entusiasmo por explicitar la dimensión política de Europa iba muy por delante del sentimiento de sus pueblos, para muchos de los cuales el término Constitución creó más rechazos que adhesiones.
Por ello, el acuerdo de Bruselas puede ser la expresión de un proyecto que ha perdido su pertinencia histórica, debilitado por las discrepancias sobre su razón de ser entre sus protagonistas, tanto de los últimos como ahora también de los fundadores.
La UE es hoy mucho más grande y más heterogénea y eso ha debilitado y diluido su impulso integrador. El principio fundador de la integración europea es la soberanía compartida con la que superaba el monopolio de la legitimidad de los Estados que arranca con el Tratado de Westfalia.
Pero un claro renacer del nacionalismo ha debilitado el espíritu comunitario y todo lo que vemos son desconfianzas, frenos y marcha atrás en el proceso de compartir soberanía desde instancias supranacionales.
Y para salvar esas discrepancias se recurre al retraso de decisiones que sería necesario aplicar con urgencia, a las excepciones, a la opacidad y a los non-dit.
Primero, retrasar. Así, las nuevas reglas de decisión del Consejo y el número de votos de cada Estado propuestos por el Tratado Constitucional se mantienen, con algún aderezo..., pero para conseguir el acuerdo de Polonia, su aplicación se pospone ¡diez años!
De esta forma, desde que se empezó a intentarlo en el Tratado de Amsterdam, en 1997, la UE habrá tardado 20 años en resolver uno de sus más elementales problemas de funcionamiento. Y a la velocidad que va el mundo, 20 años es una eternidad.
Segundo, excepcionar. Sobre todo al Reino Unido, que no quiere que se le aplique la Carta de los Derechos Fundamentales, que debería afectar por igual a todos los europeos, y se queda fuera de esa norma como se quedó fuera del euro y del espacio sin fronteras de Schengen. Y también de los avances en las políticas de seguridad interior y de justicia.
A este paso, ¿qué significado tiene ser miembro de la Unión Europea?
Si no se participa en las políticas que más fuerza dan a esa unión, la condición de Estado miembro empieza a ser un concepto difuso, planteando con más fuerza la pertinencia del proyecto o la de la participación en el mismo.

Tercero, ocultar o por lo menos no decir. Ha habido que hacerlo varias veces para que todos los escépticos y recalcitrantes se sientan cómodos,aunque no se modifique la realidad. El caso más sonado es haber eliminado el artículo que establece la preeminencia del Derecho comunitario sobre el de los Estados. Es así desde que la jurisprudencia del Tribunal de Justicia estableció la primacía del Derecho Comunitario, y tiene que ser así porque si no no hay Comunidad de Derecho que valga y no tendría sentido tener un Parlamento Europeo. Pero no se quiere reconocer explícitamente para no herir la sensibilidad política de algún país. Solución, se quita del articulado pero añadimos un protocolo que recuerda lo que la jurisprudencia ha establecido al respecto.

Lo mismo pasa con la exigencia francesa de retirar la referencia a la "competencia libre y no falseada" de entre los objetivos de la Unión, expresión que se presentó como uno de los más perversos síntomas del ultra-liberalismo e influyó en el resultado adverso del referéndum. Se suprime del articulado, pero subsiste en los actuales Tratados yen un nuevo protocolo.

Juegos de palabras, pero lo que se dice o no se dice, o dónde y cómo se dice, tiene su importancia. Como la tienen los símbolos, que desaparecen casi todos para calmar a los que temen que la UE se parezca a un súper-Estado. Se dirá, con razón, que los símbolos caen pero la gran mayoría de las reformas institucionales se mantienen.

Pero los símbolos son importantes porque contribuyen a la construcción mental de una comunidad. No son una cuestión de soberanía, pero sí de identificación.Y la des-simbolización de Europa, el rechazo a simbolizarla explícitamente, refleja la debilidad de su dimensión política.

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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