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¿España? Bien, gracias El Congreso de los Diputados procederá esta semana a un diagnóstico general sobre el estado de la nación. Creo que a la pregunta: ¿Cómo está España?, cualquier ciudadano sensato contestaría: “Bien, gracias”. Y es que este país va razonablemente bien aunque sólo en las cuestiones esenciales: nivel y calidad de vida, paz y convivencia. La prueba es que muy pronto se iniciará el próspero éxodo vacacional como si España no fuera a hundirse. Sólo ciertos políticos de la derecha y los obispos situados en la ultraderecha y el nacionalcatolicismo se han instalado en el tremendismo. Para el cardenal Cañizares, vicepresidente de la Conferencia Episcopal, España, gobernada por el mal, camina directamente al infierno. Su peregrina razón es que el Gobierno está empeñado en impartir a los jóvenes una educación para la ciudadanía. Y con la complicidad de la FERE, la muy conservadora Federación de Religiosos de la Enseñanza, o sea, de los curas y frailes. Este país marcha bien pero es manifiestamente mejorable, como lo es el Gobierno y como son, desde luego, las oposiciones empezando por la de Mariano Rajoy. Esta revista ha reunido a sus prestigiosos columnistas en un grato almuerzo con larga sobremesa para ofrecer nuestro propio diagnostico de la nación. En general, la valoración del presidente ha sido positiva como puede comprobar el lector en el dossier de las páginas centrales e incluso se coincide en que muy probablemente volverá a ganar las elecciones. ZP no tiene necesidad de adelantarlas pero se enfrenta con un reto: en los escasos meses que quedan –pasado el verano sólo seis– debe aplicarse a que la ciudadanía comprenda por qué no las adelanta. El balance económico y social del Gobierno ha sido notable pero ZP se ha enredado de mala manera en el proceso de paz, lo que ha hecho olvidar sus méritos: que nuestra economía roza el cuatro por ciento de crecimiento; que estamos asimilando un aluvión migratorio cuya intensidad en el tiempo no ha experimentado ningún país vecino; que ha puesto en marcha una Ley de Dependencia que reconoce derechos sin vuelta atrás y que no es mera retórica calificarla de cuarto pilar de la sociedad del bienestar; que ha elevado con fuerza las pensiones más bajas y el salario mínimo, y que ha liberado de la marginalidad social a los autónomos, tres millones de ciudadanos a mitad de camino entre la pyme y el autoempleo que representan la fuerza más dinámica de la economía española. Sin embargo, el electorado, ingrato, tiene menos en cuenta los aciertos que los fracasos. Una sola metedura de pata arruina diez éxitos. Y, como en la Bolsa, lo que cuenta no son los beneficios pasados, sino las expectativas. Nuestros ilustres columnistas se han ocupado en desbrozar los asuntos sobre los que debería centrarse el presidente en su último semestre efectivo de gobierno. No parece muy adecuado el que ha señalado éste: lo del medio ambiente está muy bien pero es un tópico tan sobado que hasta se ha puesto de moda entre los príncipes herederos siempre en busca de campañas blancas. Es un asunto tan sin contraindicaciones que no parece el más indicado para ganar unas elecciones. Más razonable parecería que el presidente se planteara la forma de rectificar el descenso continuo del poder adquisitivo de los salarios y de la participación de éstos en la renta nacional. En definitiva, del crecimiento de las desigualdades ante el que la izquierda no puede ser indiferente . Contarán demasiado acontecimientos que no dependen del presidente, sino de ETA. Mariano Rajoy sabe que si ZP hubiera conseguido la entrega de las armas debería pedir el reingreso en el muy privilegiado cuerpo de los Registradores de la Propiedad y por ello se ha dedicado sañudamente a impedirlo. Lo sabe Rajoy y también lo sabe ETA, que tratará de influir en el resultado electoral. Yo no creo que dependa tanto de ETA como de la reacción del presidente a su desafío. Y para ello debería desprenderse de una ambigüedad que genera desconfianza. Las encuestas muestran que la mayoría del pueblo alberga poca o ninguna confianza en él, aunque puede consolarse con la constatación de que los que no confían en el presidente del PP son la inmensa mayoría. La moderna sociología electoral enseña que incluso por encima de los aciertos y de los errores el ciudadano aplica la nariz a la solvencia del gobernante. En la decisión del electorado indeciso, que es el que decide, pesa más la percepción intuitiva de la talla del candidato que el análisis de su discurso. José García Abad |
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