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| Nº 747 - 25 de junio de 2007 |
Al borde del segundo centenario LOS MITOS DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Son abundantes las imágenes y demasiados los clichés sobre un período tan representativo en la Historia de España como el que se abre en 1808. La aproximación al centenario va a provocar una pequeña ola de trabajos que revisan algunas de las rígidas imágenes sobre ese período, “limpiándolas” de adherencias surgidas ya fuera en la España liberal del XIX como en el franquismo. Dos libros recién aparecidos abren bocado sobre esa nueva mirada en torno a una guerra todavía llena de estereotipos que se han clavado en el imaginario colectivo. Por Manuel Espín Ni los primeros levantamientos contra Napoleón se produjeron de manera tan espontánea como se contaban en otras épocas. Ni las distintas clases sociales españolas de la época participaban del mismo entusiasmo patriótico, ni mucho menos la Iglesia, con algunos obispos que contemporizaron abiertamente con las autoridades francesas y la dinastía artificial de José I, y eso a pesar de que otros curas se alzaban en contra de la “Francia atea”. Ni las clases populares se lanzaron a ciegas para defender su identidad, ni tampoco muchos de los nuevos poderes levantados contra los invasores estaban dispuestos a concederles el mínimo protagonismo. Son algunas de las conclusiones de Roland Fraser, un historiador británico, casado con una española, en su monumental La maldita guerra de España: Historia social de la guerra de la Independencia, 1808-1814 (Editorial Crítica), un trabajo en el que se describe minuciosamente el origen y el desarrollo de los primeros años del conflicto a través de historias cotidianas, de expedientes diversos, en los que toman voz y protagonismo seres completamente anónimos y situaciones vividas y sufridas en algunos de los escenarios de mayor repercusión dentro del conflicto: Valencia, Madrid, Girona, Zaragoza, Bailén… Se trata de una historia contada “a ras del suelo”, lo que no impide que los grandes hechos se desmenucen con todo detalle y a través de singulares documentos. Fraser habla de dos manipulaciones: la liberal generada a mediados del siglo XIX en la que se describe el mito de una unidad fraguada en torno a la unidad de clases y grupos en un ideal patriótico, y la franquista en la que se presenta la guerra como una reacción contra lo extranjero que tiene mucho que ver con la imagen de España-baluarte contra la “conspiración judeo-masónica-marxista”. Aunque el término Guerra de la Independencia surgió de una manera casi contemporánea, el conflicto vino a ser casi como una acumulación de un roce entre distintas “placas tectónicas” de la Historia: la crisis del absolutismo, el camino sin salida de la Ilustración, la conmoción de las revoluciones liberales como la de 1789 en Francia, la pugna entre los imperios modernos… Y junto a ello las causas puramente internas, empezando por un lamentable enfrentamiento entre Carlos IV y su hijo Fernando VII en el que el trono de los Borbones viene casi a cumplir el papel de una pelota en un juego de virulentos conflictos de familia, del que finalmente se aprovecha Napoleón para tratar de instaurar su propia dinastía en la figura de su hermano José. Más la gestión de un imperio extensísimo pero en franca decadencia como el español, y una política de válidos como Godoy que llegó a acumular el máximo nivel de animadversión por parte de la mayor parte de la población (aunque investigaciones más recientes corroboran que Godoy respondía a las características de un político ilustrado). En su monumental trabajo, Fraser se fija en las clases populares. Frente a una imagen de idealismo simple, en el que el imaginario popular y ciertas leyendas de los siglos posteriores han convertido en mitos de cartón-piedra a personajes episódicos como un casi desconocido Tambor del Bruch, a Manuela Malasaña o a Agustina de Zaragoza (o de Aragón) Fraser reconoce que las gentes padecieron hambre, miedo constante, devastaciones, huídas forzosas, sangrientas actuaciones por parte de todos los bandos, venganzas, robos y saqueos, y un profundo terror a todos, a los ejércitos ya fueran francés, español o británico, a los bandidos que acechaban y robaban bajo la apariencia muchas veces de guerrillas, a la crueldad desatada. Napoleón creía que la guerra “debía pagarse sola” y ese planteamiento equivalía a que las fuerzas de ocupación debían sobrevivir a sus expensas, es decir llevándose todo lo que pudieran para su supervivencia; pero a la vez prácticas parecidas eran compartidas por otras fuerzas. Y ello sobre un reinado que había sido cabecera del imperio más grande del mundo en franca bancarrota. Fraser describe situaciones de idealismo, habla de héroes populares, pero también de vida cotidiana en medio de un torbellino en el que las clases ilustradas que por vez primera tenían que apoyarse en las populares, desconfíaban de éstas y tenían miedo a ceder parcela alguna de poder del que luego se tuvieran que arrepentir. Frente a una visión idealizada se cuenta el caso de la gran cosecha de trigo que hace que en plena guerra los dueños de la tierra obliguen a recoger la cosecha interrumpiendo las acciones bélicas. La segunda de las aportaciones es El sueño de la nación indomable: Los mitos de la guerra de la Independencia del catedrático de la Universidad de Barcelona Ricardo Garcia Cárcel (Ed. Temas de Hoy). Se trata de un libro más analítico que el precedente aunque escrito en un tono claramente divulgativo, de lectura sumamente entretenida incluso para el público no especializado. Godoy es el primero de los personajes al que contempla. ¿Fue un títere de los franceses o trató de buscar su propia autonomía? Y casi es contestado por el propio Godoy en sus tardías memorias en las que se presenta como un “pragmático heredero de Sancho Panza, admirador de Napoleón pero nada servil al emperador”. Tampoco Jose I, parece una caricatura como se le ha querido presentar (“Pepe Botella” llamado así pese a ser abstemio), sino un hombre con cierta cultura “que sólo aspiraba a ser querido” y que nunca lo fue, ni siquiera por su propio hermano el emperador. Dentro de ese panel de personajes la figura de Fernando VII pasa de la inmensa gloria a los lugares más oscuros y desprestigiados de la Historia. La guerra se hace en nombre de “El Deseado”, un personaje presentado como el “mártir de sus padres”, aclamado incluso por los liberales y antiabsolutistas. Hasta que en 1814 cuando vuelve a España como rey se revela la verdadera personalidad de Fernando. Según García Cárcel, un hombre “cobarde, ignorante, perezoso, vengativo: precisamente todo lo que un rey no debía de ser”. El historiador también se hace la misma pregunta que Fraser en torno al 2 de Mayo: ¿se trató de una reacción espontánea del pueblo o de una conjura? Posiblemente pudiera tratarse de un motín preparado al que se incorporaron finalmente sectores populares, reconociendo la gran tradición española en motines “pagados” o instigados directamente con dinero de por medio. En unos casos los motines pudieron ser más espontáneos que otros. La visión idealista de movimiento popular contrasta con algunas de las acciones sangrientas en las que participaron los amotinados, como la salvaje muerte de unos 400 franceses residentes en Valencia, uno de los horrores a consignar como los que cometeran también las tropas de Napoleón con otros españoles. Hay que añadir por lo tanto que en cada ciudad o territorio pudo haber una confluencia de intereses en el levantamiento que no siempre tuvieron por qué ser homogéneos. El mito de 1808 y el 2 de Mayo nació muy temprano: surgió pocos meses después celebrándose desde 1809 como fiesta, mucho antes del final de la guerra. ¿Cuál fue el papel del ejército? ¿es cierto que militares como Palafox en Aragón llegaron a convertir su territorio en un “reino de taifas” dentro de una auténtica dictadura personal? ¿fue tan fantástica la aportación de la guerrilla? ¿se trataba de un grupo homogéneo?... Si bien es sabida la aportación española del término “guerrilla” al lenguaje internacional, la revisión de su papel en el período 1808-14 dista mucho de obedecer a una visión unitaria. Según Fraser hubo “partisanos” (alzados en armas sin permiso), “corsarios” (con autorización oficial), “contrabandistas proscritos” y “cruzados religiosos”. Para García Cárcel sus motivos fueron principalmente personales: venganzas, fugas de la justicia, rapacidad, búsqueda de botín, necesidades económicas por venta de tierras comunales o malas cosechas, coacciones, búsqueda de refugio por parte de prisioneros de guerra y evadidos, entre otras razones… Visiones muy lejos del mito construido en el imaginario español de los siglos siguientes. Otro mito más, el de Wellington y los británicos, que financiaron una parte de la guerra, pero siempre trataron a los españoles con extrema altivez y desconfianza. Sin embargo, Inglaterra generó un foco de atracción liberal “sin riesgos ni rupturas” indiscutible para las élites españolas, a diferencia de los desgarros de la Revolución francesa, y en ese aspecto también hay un mito casi oculto de Inglaterra como referente. En definitiva, en los prolegómenos del segundo centenario de 1808 estamos ante un trabajo de revisión de mitos, la mayor parte de ellos creados en el XIX y muchos de ellos en el franquismo. Hasta la labor de las Cortes de Cádiz ha tenido lecturas muy distintas desde la óptica con la que se contemplaba, y hoy, desde un reconocimiento mucho más amplio que en períodos anteriores de la Historia de España donde nadie discute el marco liberal-parlamentario, su aportación será analizada en los próximos tiempos con muchos más matices. Estas dos interesantes lecturas aportan miradas al alcance de todos sobre uno de los momentos más decisivos de nuestro pasado. Parece el inicio de una revisión bibliográfica sobre el 2 de Mayo y sus secuelas. |
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