¿EI efusivo abrazo
ocultó las dagas?
A
la vista de la toma de posesión de Esperanza Aguitre como presidenta de la Comunidad de Madrid, en su segunda legislatura, las posibilidades de que Alberto Ruiz-Gallardón se convierta en el sucesor del sucesor empiezan a ser remotas. Una pletórica Aguirre, que se permitió el lujo de emocionarse y hasta el de sollozar –ella que va de mujer fuerte o de presidenta de hierro–, estuvo arropada por el todo PP, desde Mariano Rajoy a Ángel Acebes y Eduardo Zaplana. También le acompañaron príncipes de la Iglesia, como el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María RoucoVarela y el nuncio de Su Santidad en España, Manuel María Monteiro, aparte de sus predecesores en el cargo, Joaquín Leguina y Gallardón, naturalmente, éste en su calidad, además, de alcalde de la capital de España. Asistió el ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, y no faltó la ministra de Cultura, Carmen Calvo, sin que se conozcan los motivos de su presencia.
Cuando en su discurso Aguirre mostró su dimensión más humana –las presidentas también lloran–, se estaba refiriendo, en el capítulo de los agradecimientos, a su familia al completo sin olvidar a su marido, Fernando Ramírez de Haro, de quien subrayó su "patriotismo". "Para mí, lo más importante", puntualizó Aguirre. Este brindis al sol patriótico confirmó que la presidenta madrileña procura no dar puntada sin hilo. España, al parecer, es el nexo de unión más sólido entre don Fernando y doña Esperanza, lo que aparte de ser emotivo habrá colmado de satisfacción al electorado mayoritario del PP. En sus casi cuatro años de mandato, Aguirre no ha desaprovechado ocasión para emular a Agustina de Aragón frente a las tropas napoleónicas, a pesar de que aquella heroína en realidad había nacido en Barcelona.
Da la sensación de que, tras las urnas del 27-M, a Esperanza Aguirre le está sonriendo la fortuna más que a Gallardón. El alcalde no termina de quitarse de encima el síndrome Corulla, un asunto que no le beneficia nada y que, por el contrario, le puede perjudicar mucho en su carrera hacia la Moncloa. Este affaire–que bascula entre la prensa del corazón y la Operación Malaya– no ha desaparecido, después de haber irrumpido de pronto hacia el final de la campaña electoral impulsado por Miguel Sebastián. Lo más asombroso es que el caso aludido tardara tanto tiempo en salir a escena.
Una comida, en un restaurante de moda, presuntamente compartida por GaIlardón y Montserrat Corulla, llenó páginas de El País y acrecentó la leyenda. Con menos relieve, el mismo periódico señalaba hace unos días que el Ayuntamiento de Madrid había cerrado "la oficina técnica del PSOE que investigó a Corulla". "Fuentes del grupo socialista –precisaba ese periódico– explicaron que este equipo técnico fue el que investigó los expedientes relativos al palacio de Villagonzalo y el frontón Beti Jai, relacionados con la abogada Montserrat Corulla (...) y con la que el propio alcalde reconoció haber tenido una relación "personal". Por eso desde el PSOE aseguran que se trata de una "venganza" por haber removido esta relación durante la pasada campaña electoral".
A Gallardón le crecen los enanos. Por cierto, no faltan voces que aseguran que Esperanza Aguirre no sería ajena al ejercicio de echar leña al fuego. El efusivo abrazo entre Aguirre y Gallardón en la fiesta de la presidenta impidió comprobar si alguno de los dos –o los dos–ocultaba la daga. Veremos cuándo y cómo brilla su hoja corta de hasta tres o cuatro filos.
Enric Sopena |