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CONTRA SAMARRA DE NUEVO Es lamentable repetir un escrito que más de un año después sigue te; niendo plena validez, no por su excelencia literaria, que Dios me libre, sino por la repetición y el agravamiento de los hechos a que se refería, en la dulcísima Samarra y en su maravillosa mezquita de Al Askariya; ha sido atacada y destruida, primero el 22 de febrero de 2006, y luego el 13 de junio de 2007. El criado llega aterrorizado a casa de su amo. "Señor", dice, "he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza". El amo le da un caballo y dinero, y le dice: "Huye a Samarra". El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra con la Muerte en el mercado. "Esta ma Nana le hiciste a mi criado una señal de amenaza", dice. "No era de amenaza", responde la Muerte, "sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá". De esta manera, continúo yo, cuando el 22 de febrero y el 13 de junio la Muerte destruyó la mezquita, primero su± cúpula y después sus dos alminares, he buscado ese relato de Gabriel García Márquez y rememorado también las muchas veces en que acudí a Samarra para volver luego a Bagdad. A diferencia del criado que fue a Samarra para morir, yo nunca tuve problemas para dejar la ciudad, cuya sucesiva destrucción apuntando contra su mezquita más sagrada y hermosa, simboliza esa Muerte lenta pero intensa y constante que no para de actuar en Iraq. En ambas fechas el objetivo estaba bien escogido y el trabajo se realizó a la perfección, para volar la cúpula y para derribar los alminares, todo hechocon las exigencias precisas de los profesionales del terror y los maestros en el uso del fusil, la bomba, el explosivo y el mortero. Ni el 22 de febrero ni el 13 de junio, destruída por etapas y en plazos anuales la mezquita, hubo que lamentar víctimas por los atentados. Entonces no pero inmediatamente sí, porque con ambos atentados se abrieron de par en par las puertas a la venganza y el resentimiento, a la destrucción de mezquitas sunitas y al aniquilamiento frenético entre unos y otros a todo lo largo y lo ancho de Iraq, de chiítas contra sunitas e insurgentes contra sunitas, chiítas, fuerzas de ocupación, todos contra todos y muera todo lo que se mueva, que ya ha provocado y probablemente seguirá provocando miles de víctimas entre militares y civiles, entre extranjeros e iraquíes. Preferible habría sido arrinconar escritos pasados por irrelevantes, exagerados o equivocados en análisis y predicciones, y olvidar para siempre esos términos tan desagradables como guerra civil, limpieza étnica, guerra de religiones, desintegración nacional, etc., que todos valen o todos se temen para referirse a este desgraciado país. La gente de buena fe siempre espera equivocarse, y después siente una gran vergüenza por hacer acertado. La esperanza renovada reside esta vez en haber llevado demasido lejos la pena o en no haber prestado cierta atención a algunos datos positivos, pero de difícil localización. Horrorizan los crímenes, la sangre derramada, el mal infligido a los niños y el sufrimiento de los inocentes, pero todo espanta aún más si encima va acompañado de la destrucción de una casa de Dios, de una sinagoga, iglesia o mezquita como en este caso, como si el salvajismo cultural y religioso mostrado contra la mezquita de Al Askariya fuera el modo que utiliza la Muerte para regodearse en su acción y hacerla más rotunda, para asesinar por partida doble, matar y destruir; no sólo eliminar vidas, sino también la cultura, agredir la memoria y humillar las sentimientos religiosos. Así el insulto se completa y perfecciona, porque la mezquita, desprovista ya de cúpula y alminares, figura en páginas destacadas de los libro de arte islámico pero también, y de qué manera, en los libros y los corazones de los chiítas. Alberga las sepulturas de dos imanes y está próxima a la mezquita de Maqam Ghaybat, donde por última vez fue visto el imán duodécimo, el Mahdi, que para los chiítas no ha muerto, sino que está esondido y bajo la protección de Dios, porque reaparecerá en los últimos días para restablecer la justicia en este mundo. Su reaparición será bienvenida especialmente en Samarra, ciudad martirizada con reiteración, bombardeada, asediada, sumida en la violencia de los soldados y los terroristas, infierno en vida para sus habitantes que no merecen el peligro de sus vidas pero tampoco la barbarie contra riquezas que aman y son de valor incalculable. Tanta barbarie y en tal cantidad está padeciendo Samarra que la importancia manifiesta de la ciudad en los libros de arte y oración, se ha derivado en su presencia también manifiesta en las crónicas de guerra y de sucesos, albergando Samarra la multiplicidad de fuerzas siniestras que se orientan a acabar con el país. Ignacio Rupérez |
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