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Nº 746 - 18 de junio de 2007

Quejas sobre el excesivo protagonismo real en el 30 aniversario de la democracia

El Rey y Marín callan a ZP

La celebración del trigésimo aniversario de las primeras elecciones democráticas después del franquismo ha provocado un agrio choque entre las principales instituciones del país. El brillo y solemnidad del acto que tuvo lugar el pasado día 15 ha sido objeto de una callada disputa entre el presidente del Gobierno, el del Congreso de los Diputados y el mismísimo rey Juan Carlos. Estos dos últimos, según informaciones solventes contrastadas por esta revista, maniobraron contra Moncloa para impedir que Zapatero interviniese en el acto y dejar al monarca todo el protagonismo. Don Juan Carlos pretendía lanzar un mensaje importante dentro de su papel moderador como jefe del Estado sin que nadie le despistara a la audiencia. Y lo logró, aunque también consiguió que numerosos políticos no entendieran que una celebración netamente parlamentaria fuese acaparada por la monarquía.

Por Inmaculada Sánchez

Algunas invitaciones llegaron a ser cursadas desde Moncloa. En ellas figuraba la intervención del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y quienes las tuvieron en sus manos no daban crédito el pasado día 15 cuando, en un solemne acto dentro del hemiciclo del Congreso de los Diputados, las únicas palabras que escucharon fueron las del presidente de la Cámara, Manuel Marín, y las del rey Juan Carlos, que acudió con la reina doña Sofía y el príncipe Felipe, dando más relieve aún a la presencia de la institución real. Esta monarquía parlamentaria por la que optó España durante la Transición pareció ese día “más monárquica” que “parlamentaria”, en opinión de alguno de los presentes, dado como transcurrió la celebración.

La fecha era suficientemente conocida: 30 años de las elecciones de 1977, las primeras de la democracia y en las que competían los protagonistas políticos de aquellos duros años, Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo... bajo la atenta mirada del único que, en el tránsito de la dictadura a la democracia, no se sometió particularmente al refrendo de las urnas, salvo en el paquete conjunto de la Constitución: el rey Juan Carlos. Pocos esperaban que tan solemne acontecimiento no estuviese preparado con antelación y cautela. Y sí que hubo tiempo para prepararlo y discutir sus pormenores, pero quienes debían hacerlo no se pusieron de acuerdo.

Según informaciones recogidas por El Siglo, equipos de Moncloa y del Congreso discutieron hace días sobre el interés del presidente del Gobierno en intervenir en el acto. Dadas las actuales circunstancias políticas, tras el anuncio del fin del alto el fuego por parte de ETA, Presidencia entendía como una prioridad conseguir un espacio al jefe del Ejecutivo en el que éste pudiera lucir palmito institucional y qué mejor escenario que la celebración de un aniversario como el de las primeras elecciones democráticas de la Transición.

El equipo de la Presidencia de la Cámara Baja, sin embargo, no lo veía claro. Según unas primeras informaciones filtradas a algunos medios y publicadas unos días antes de la cita, la resistencia de Manuel Marín obedecía a su papel moderador entre los grupos parlamentarios y a las quejas que le habían llegado desde el Partido Popular. Mariano Rajoy se oponía a que Zapatero hablase si no se le concedía también a él la tribuna y su planteamiento abría una espiral de peticiones del resto de grupos inasumible en una celebración como la que se estaba preparando.

Aunque el entorno de Marín, y el propio PP, para dar prestigio a su capacidad de presión en el Congreso, hayan hecho circular esta explicación de los hechos, fuentes bien informadas señalan que, por el contrario, el “enfado” de los populares fue, desde el principio, alimentado por el propio presidente del Congreso.

De acuerdo con esta versión, Marín habría unido a su “especial sensibilidad” como presidente de “todos los grupos” la que le había llegado desde Zarzuela. Así pues, habría sido la Casa Real la primera interesada en que el Rey acaparase la cita y que ningún político le restase tiempo ni atención a su discurso.

Al presidente del Congreso no le debió costar mucho atender esta petición de Zarzuela dado que sus relaciones con Rodríguez Zapatero y con la actual dirección del PSOE no son lo que cabría esperar de un cargo nombrado a propuesta del grupo socialista.

Son conocidas en la Cámara las disputas entre Manuel Marín y Alfredo Pérez Rubalcaba cuando éste ejercía de portavoz de los socialistas en el Congreso durante la primera parte de la legislatura. Marín pretende que su paso por la presidencia del Congreso quede impresa en los boletines de la Cámara con la aprobación de un nuevo reglamento, largo empeño de distintas legislaturas que las circunstancias políticas han impedido en numerosas ocasiones. Para Pérez Rubalcaba, embarcado durante su portavocía en las complejas negociaciones entre los distintos socios del Gobierno, ésta nunca ha sido una prioridad.

Pero no sólo se trata de una cuestión de tiempos o prisas. Marín ha llegado a discrepar en público de la intención del Gobierno de que se permitiese el uso de las lenguas cooficiales en algunos momentos de los debates parlamentarios. Su estricta aplicación del actual Reglamento, que impide el uso del catalán o el vasco en la tribuna, hasta que no existiera consenso en torno al nuevo disgustó en su día no sólo a Rubalcaba, sino también al presidente, al que dejó a la intemperie en más de una ocasión con sus promesas a los nacionalistas.

A quienes conocen la tensión en la que transcurren estas relaciones Congreso-Moncloa, no les ha sorprendido, por tanto, que la celebración del aniversario de los comicios del 77 fuese, otra vez, motivo de desencuentro. Lo que sí ha resultado inédito, según quienes informan del verdadero origen de la negativa de Marín a dejar hablar a Zapatero, es la intervención en él de la Casa Real. Tras escuchar las palabras del Rey lo entendieron algo mejor.

Un discurso escrito “sólo por el Rey”. Las palabras de Don Juan Carlos sonaron imponentes en el hemiciclo el pasado día 15. Por primera vez, según confirman quienes siguen la cuidada trayectoria de los mensajes de la Corona, el Rey hacía explícito uso del papel moderador  entre los partidos políticos que le concede la Constitución. Y no sólo con un gesto o una frase, sino con todo un largo discurso pronunciado, además, en la sede de la soberanía popular.  No es de extrañar, pues, que Zarzuela pusiese toda la carne en el asador para que, aunque Moncloa se enfadara –a pesar de que la Casa Real mantiene buenas relaciones desde que Zapatero es su inquilino–, las palabras del Rey fueran las únicas que resonaran en tan histórica tarde.

“Divisiones y desencuentros no pueden ser compañeros de ruta de una gran nación como España, cuya Transición política, marco de convivencia democrática y profunda modernización, siguen siendo ejemplos para el mundo y nos debe servir de estímulo a los propios españoles”, dijo, entre otras cosas el Rey. Su mensaje tiene, además, una especial virtualidad, dado que, según fuentes bien informadas de cómo se gestó el discurso, éste había sido escrito de puño y letra del Rey sin la intervención de Presidencia del Gobierno como ocurre con el resto de intervenciones del monarca, a excepción del institucional de Navidad que, aunque se pasa a Moncloa, se redacta, con cierta libertad, desde Zarzuela.

El Rey quería dejar clara su apuesta por un entendimiento entre los principales partidos a la vista de la tensión existente entre el PSOE y el PP en materia tan sensible como la política antiterrorista. ”Debemos armonizar puntos de vista y lograr entre todos los más amplios consensos”,dijo. Y quiso, finalmente, referirse a su heredero, en una cita con una especial significación para el futuro de la Corona: “Un futuro para el que contais con la dedicación y el firme compromiso con España del Príncipe de Asturias, formado y entregado en el servicio a los valores y principios de nuestra Constitución”. ¿Necesitaba el Rey que, también esto, lo escucharan de su boca los españoles?

Los ausentes

“Yo hubiera venido”. El presidente del Congreso, Manuel Marín, expresaba así a los periodistas su opinión ante la ausencia de Felipe González y José María Aznar en la ceremonia de conmemoración del treinta aniversario de las primeras elecciones democráticas. El coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, también les ha afeado la conducta al afirmar que, al tratarse de “un acto institucional muy importante”, los dos deberían haber estado porque el homenaje “merece la pena”. Y es que los dos presidentes más longevos desde la dictadura han sido los protagonistas de muchos corrillos en los pasillos del Congreso tratando de adivinar cuáles han sido exactamente las misteriosos motivos de agenda que ambos han esgrimido para no hacer acto de presencia en la Cámara. En cuanto a Aznar han trascendido algunos detalles, en el caso de González las razones sólo las sabe él.

Según ha dado a conocer el secretario de Comunicación del PP, Gabriel Elorriaga, el presidente de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) tenía un compromiso en el Reino Unido cerrado desde hace tiempo. Aunque Elorriaga también ha deslizado una disculpa para que se agarre a ella quien pueda o quien quiera, argumentando que “la acumulación de aniversarios en los últimos años” hace complicado reunir a todos los protagonistas en todas las ocasiones.

De sobra conocidas son los contactos internacionales de ambos, con González como compañero de viaje del magnate mexicano Carlos Slim y con Aznar en el consejo de administración de News Corporation, el imperio mediático de Rupert Murdoch. Quizá unas agendas de tanto peso esgriman suficientes razones para faltar a una cita con la democracia española.

El precedente de Peces-Barba

Esta no ha sido la primera vez en la que un presidente del Congreso se rebela contra el jefe del Ejecutivo. En época de Felipe González, y con ocasión también de un acto en el que estaba implicada la Casa Real, hubo otro conflicto de intereses entre los dos altos representantes del Estado. El director de El Siglo, José García Abad, reproduce en su libro La soledad del Rey (La Esfera de los Libros), el testimonio que Gregorio Peces-Barba relata en su libro de memorias La democracia en España: experiencias y reflexiones (Temas de Hoy). Según cuenta el padre de la Constitución y ex rector de la Carlos III de Madrid, cuando preparaba la ceremonia de juramento de la Constitución por el Príncipe de Asturias al cumplir éste la mayoría de edad el 30 de enero de 1986, recibió la indicación de que Felipe González debía ser el protagonista del acto.

El entonces presidente del Congreso consideró que no podía ni debía dar cumplida cuenta del mandato, ya que eran el Príncipe y el Parlamento, y no el presidente, los principales actores del evento. El único discurso institucional posible era por tanto el que pudiera pronunciar él mismo en calidad de anfitrión. Y de seguir las órdenes de González, también Manuel Fraga debía tener derecho a pronunciar unas palabras –el líder de la oposición de entonces, como ahora Mariano Rajoy, así se lo hizo notar a Peces-Barba–. A pesar de las presiones procedentes de Moncloa, el presidente de la Cámara Baja decidió finalmente diseñar el acto tal y como había previsto, de modo que el Príncipe se militó al juramento y él, en nombre del Parlamento, pronunció el único discurso que aquel día se escuchó en el Hemiciclo.

Aquello no sentó nada bien a un agraviado González, que decidió vengarse al poco tiempo de Peces-Barba. El presidente del Gobierno, con el pretexto de la concesión a Don Felipe del Collar de la Orden de Carlos III, organizó un solemne acto en el Salón de Cámara del Palacio de Oriente al que sólo estuvieron invitados los miembros del Gobierno, los Reyes y el resto de la Familia Real. No se contó ni con el presidente del Senado ni por supuesto el del Congreso. El primero, José Federico de Carvajal, “que no se acababa de creer que no le hubieran invitado –recuerda García Abad–, intentó penetrar en Palacio invocando su condición, lo que fue impedido firmemente, si bien con exquisita corrección. Aunque Peces-Barba lo niegue, parece claro que éste fue el motivo de que no renovara su cargo en la siguiente legislatura en la que el PSOE también obtuvo mayoría absoluta. Es cierto que había anunciado que no sería candidato, pero también lo es, según me cuenta gente de su entorno, que llevó con notable resentimiento que no le rogaran que considerara su decisión”.

¿Será también Zapatero capaz de aplicarle un correctivo al presidente de la Cámara Baja dándole a probar de su misma medicina? ¿Correrá Manuel Marín la misma suerte que su antecesor y deberá ir despidiéndose de su cargo en el Congreso de los Diputados?

Moncloa no es lo mismo que un castillo de naipes por Enric Sopena


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