Ahora el Apocalipsis
por Joaquín Leguina
L
a atracción que ejerce el
Apocalipsis sobre el corazón y la mente de los humanos es una atracción tan, fatal como antigua, hasta tal punto que ha llegado a decirse, y con mucha razón, que lo apocalíptico está tan arraigado en el ser humano como lo erótico. Cada época ha tenido su particular visión del Final, de la traca postrera que nos destruirá como especie y, presuntuosos como somos, pensamos que también se llevará por delante el planeta en el que habitamos. No queremos imaginar que otros seres nos puedan sobrevivir sobre la tierra, ni siquiera las hormigas, a pesar de que éstas tienen acreditadas unas extraordinarias y resistentes cualidades para la supervivencia. Ya se sabe: somos únicos y nuestras almas son inmortales... Un Apocalipsis –y ésta es la novedad respecto a la peste bubónica medieval– del que somos responsables los humanos. Las cosas, en efecto, han cambiado: antaño la destrucción definitiva llegaba por nuestros pecados contra Dios, hogaño llegará a causa del maltrato que le damos a la madre Naturaleza.
Esta atracción fatal por el Apocalipsis nunca ha sido desdeñada por el pensamiento religioso, siempre recordándonos que hemos venido a este mundo a sufrir y que nosotros somos los únicos responsables de nuestros males. Mas no serán precisas muchas hipótesis para darnos cuenta de que éste, el religioso, es el mismo pensamiento que anima la agresividad anti tabaquista e idéntica ideología religiosa es también la que –aún sin decirlo- piensa que toda catástrofe representa una justa venganza divina a causa de la contumacia de nuestros pecados.
Si la Comisión Internacional sobreel Cambio Climático de la ONU, el informe británico "Stern", la película de Al Gore y los libros de George Monbiot y James Lovelock... están en lo cierto, vivimos ya las vísperas de un Apocalipsis en todo su esplendor. Pero, si estos augures se equivocan, el asunto del calentamiento global sólo habrá conseguido concitar –una vez más– todos los miedos, los miedos a la destrucción final, de igual modo que hasta ayer mismo, durante la Guerra Fría, los provocó la bomba. Pero, ¿es verdad todo esto?
No se puede discutir que la emisión a la atmósfera de gases llamados de efecto invernadero puede ser todo menos saludable, del mismo modo tampoco se puede negar que el crecimiento económico actual de países que hasta ayer tenían un nivel de consumo per capita ínfimo va a incrementar esos desechos... Ya lo había anunciado Paul R. Ehrlich enun libro maltusiano titulado La bomba poblacional, que fue best seller en el ya lejano 1968. Lo que sí parece discutible es que sea la acción del hombre la única o la principal causante de cambio climático con el que se nos amenaza.
La amenaza era durante los años sesenta y setenta la misma que ahora, pero, tan sólo cuatro décadas después, se ha vuelto del revés. Me explico: entonces se creía –con los mismos o parecidos apoyos científicos que los de hoy– que se aproximaba una nueva glaciación, siendo los clorofluorocarburos (los aerosoles) los protagonistas, aunque ya se hablaba de los "cinco jinetes", los cinco gases de efecto invernadero (vapor de agua, ozono, metano, dióxido de carbono y óxidos de nitrógeno). Publicaciones tan prestigiosas como la norteamericana National Science Board o la revista Science sostenían entonces que las tendencias climatológicas señalaban una clara caída de las temperaturas medias. En 1975, la revista norteamericana Newsweek publicó un artículo de divulgación ("The Cooling World") en el cual se hablaba de una próxima "pequeña glaciación" que vendría acompañada de sequía y hambrunas catastróficas.
Queda, pues, suficientemente claro que hace muchos años se anunciaba ya un rápido cambio climático causado o agravado por la acción humana, aunque entonces se echara la culpa a otras emisiones y los efectos fueran, precisamente los contrarios (entonces era el frío) de los que hoy se anuncian (calor)
Se ha dicho –con toda razón– que en cuanto a conocimiento de las ciencias físicas, la mayoría de los humanos –incluidos los que disponen de una relativa ilustración– tienen los mismos o parecidos conocimientos que tenían nuestros ancestros del Neolítico. En cualquier caso, somos muchos quienes creemos que el progreso de la Humanidad ha sido posible gracias a dos motores, la Ciencia y el Derecho (la política). La primera porque nos ha permitido, nos permite y nos permitirá entender y domeñar a la Naturaleza. El segundo, porque sirve parar reprimir a la otra Naturaleza, la Naturaleza humana. Pues bien, quienes le tenemos fe a la Ciencia también
somos contrarios a la fe del carbonero en el campo científico, por eso desconfiamos de la "milagrería científica" y de la manipulación de la que hacen gala algunos "científicos de escaparate" y no pocos divulgadores.
Hace unos 50 años que Martin Gardner escribió un libro titulado Modas y falacias en nombre de la Ciencia que nos curó de espanto respecto a las más variadas manipulaciones. Por lo tanto, ya no basta recurrir al santo nombre de la ciencia en vano cuando se afirma, por ejemplo, que estamos en pleno cambio climático y que ese cambio se debe a la acción del hombre... no nos basta con que se lo afirme en nombre de la Ciencia, hay que demostrarlo.
Los humanos llevamos habitando este planeta, aproximadamente, media hora si fueran veinticuatro horas las que han transcurrido desde que este planeta apareció dando vueltas alrededor del sol. Pues bien, antes de esta última media hora hubo un sinnúmero de cambios climáticos, como las glaciaciones, sin que en tales catástrofes tuvieran nada que ver las contaminaciones de origen humano. Así que menos lobos.
Lo peor de este amenazador cambio climático, que con tanto ruido de tambores se nos anuncia, es el haberse convertido en bandera delos políticamente correctos y quien
como yo– pida más precisiones o ponga en duda tanta anunciada catástrofe milenarista pasa –ipso facto– a ser puesto en la lista negra que encabeza George W. Bush, al lado de otros vendidos al oro, también negro, de las petroleras. Mas, sea como sea, leo en un artículo reciente (Ana Nuño: "El calentamiento global al desnudo". Letras Libres, n° 64) que de los cinco jinetes del Apocalipsis citados más arriba como causantes del efecto invernadero, el tan denostado CO2 es de los menos relevantes si se lo compara, por ejemplo, con el vapor de agua. Item mas, el CO2 causado por las actividades humanas –siempre según esta fuente- representa una parte muy inferior al producido por los mares, los volcanes e incluso por las hojas de los árboles cuando éstas caen al suelo en el otoño. Si esto es así, difícilmente podremos pechar nosotros
abusones usuarios de combustibles fósiles– con las culpas de esa subida de nosécuántosmetros en el nivel de los mares, tampoco con el espectáculo de unos polos o una Groenlandia completamente derretidos.
Se dice –con el afán, bien conocido, de echar la culpa sobre nuestras espaldas– que nuestro CO2 es la gota que colma el vaso, que es precisamente esa gota quien destruye un supuesto equilibrio natural. Como si la Naturaleza se autorregulara siempre para preservar a sus criaturas... que se lo pregunten, si no, a los habitantes de Pompeya o a los muertos en el último tsunami.
Lo chocante del asunto es que no llegue hasta nosotros, los simples mortales, una discusión sosegada
como corresponde a la ciencia– y sí se amplifiquen sin tino –a través de los medios, que todo hay que decirlo– las jeremiadas que nos amenazan, según suelen, con los males del infierno por haber pecado contra la sacrosanta madre Naturaleza que, por otro lado, es la más cruel de las madres posibles.
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