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Nº 746
18/6/2007

Moncloa no es lo mismo
que un castillo de naipes

A Iberto Ruiz-Gallardón, presidente a la sazón de la Comunidad de Madrid, fue llamado con . urgencia por José María Aznar, poco antes de las elecciones municipales y autonómicas del año 2003. El presidente del Gobierno –cuyas relaciones con Gallardón eran más bien frías, tirando a gélidas– le pidió que renunciara a su poder regional y aceptara la candidatura al Ayuntamiento de Madrid. El efecto Trinidad Jiménez provocaba inquietud en el Estado Mayor del PP.

La fatiga que empezaba a producir José María Álvarez del Manzano –un tipo un tanto demodé– había aconsejado cambiar de jinete. Esperanza Aguirre pasaría a encabezar la candidatura a la presidencia del Gobierno autonómico madrileño, mientras que Gallardón –con acreditada aureola de triunfador– se encargaría de frenar el asalto de las izquierdas a la alcaldía.

La jugada le salió bien a Aznar. GaIlardón quebró las esperanzas de José Luis Rodríguez Zapatero depositadas en Trinidad Jiménez. Aguirre contó in extremis con el bochornoso tamayazo. En octubre –en segunda e insólita vuelta–Aguirre pasó a desempeñar el importante cargo de presidenta de Madrid. Cuatro años después, aquella apuesta de Aznar ha funcionado mejor aún. Las victorias tanto de Gallardón y de Aguirre han sido, en esta ocasión, inapelables.

Pero ni Gallardón ni Aguirre se contentan con sus renovadas responsabilidades. La tensión entre ambos es comidilla casi cotidiana en la Villa y Corte. Los dos se disputan La Moncloa. El sueño presidencial lo acaricia Gallardón desde hace años. Pero en los últimos tiempos le ha surgido una peligrosa competidora. Ninguno de los dos parece dispuesto a ceder. ¿Habrá choque de trenes en el PP?

El problema es que desean, Alberto y Esperanza –cada cual por separado–, sustituir a Zapatero, cuando Mariano Rajoy es, en realidad, el candidato genovés en las elecciones generales del próximo marzo. A GaIlardón le pierde a veces la impaciencia y abre frentes a priori fuera de su alcance. Eso le ocurrió cuando anunció que iba a presentarse a la presidencia del PP de Madrid. Cerró filas Aguirre, fue apoyada por el aparato de Génova 13 y barrió a su adversario quien, finalmente, se había echado atrás y había enviado a pelear a su escudero Manuel Cobo. Total, un fiasco y una notoria humillación para Gallardón.

Pudo meter la pata también cuando, horas después de que se conocieran los resultados de las urnas del 27-M, se ofreció a Rajoy como número 2 de la lista por Madrid. El líder ejerció de gallego –que es su especialidad– pero pareció que enviaba a Gallardón mensajes más de irritación que de entusiasmo. Rajoy atraviesa –al menos aparentemente–por un período de gracia. Madrid y Valencia lo han blindado en el PP. Y ETA –al romper formalmente el alto el fuego– le ha hecho un favor impagable.

¿Cuál sería el destino de Gallardón, o el de Aguirre, si termina Rajoy venciendo a Zapatero y, además, gobernando? A Gallardón se le pasaría probablemente el arroz. Podría ser, eso sí, ministro y hasta vicepresidente. Aguirre, igual o parecido. No deja de ser curioso. Para ser candidato a presidente del Ejecutivo, Gallardón tendría que pasar por el cadáver político de Rajoy y, además, aguantar en la oposición, como mínimo, cuatro años más.

¿Y si gana Zapatero, que continúa siendo el favorito y que dispone de más alianzas parlamentarias? ¿Por qué sólo cuatro años? ¿Por qué no ocho? En fin, que no es lo mismo el palacio de La Moncloa que un fantasioso castillo de naipes.

Enric Sopena

 
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