Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 746
18/6/2007

El Ausente

Fue hace exactamente cinco años cuando, en la conmemoración del 25 aniversario de las primeras elecciones democráticas, Adolfo Suárez parecía despedirse de la vida política y de la memoria, de su propia memoria que empezaba a flaquear. Aquel 14 de junio de 2002, el primer presidente de la democracia charlaba relajadamente en un corrillo muy nutrido de periodistas sobre lo divino y lo humano. Sin embargo, su paisano y amigo del alma, Fernando Alcón, eterno diputado por Ávila con UCD y CDS, los partidos de Suárez, estaba respetuosamente al quite en el salón donde tomábamos una copa tras el solemne acto conmemorativo por si la cabeza le jugaba una mala faena.

Fue en aquel coloquio desenfadado cuando Suárez puso nota a los compañeros presidentes y aseguró que Aznar era el mejor de la democracia. Santiago Carrillo me diría después, en conversación mantenida para mi libro, Adolfo Suárez una tragedia griega: "Fue entonces cuando me percaté de que mi amigo Adolfo sufría una enfermedad mental". Sin embargo, la afirmación de Suárez tenía mucho que ver con la carrera de su hijo Adolfo Súarez Illana, que se enfrentaría a Bono en desigual combate para hacerse con la presidencia de Castilla-La Mancha. Era una opción a la desesperada y desaconsejada por el padre, pero ya se sabe que uno hace por los hijos más de lo que estaría dispuesto a hacer por uno mismo. El experimento filial fue un fracaso anunciado. Aznar quiso rentabilizar la imagen populista de Suárez, difícilmente transferible a un heredero que no pudo ser, a pesar de que Junior trató de utilizar a su padre más allá de lo que la decencia exigía y le hizo comparecer en un mitin en el que el ex presidente se hizo un lío con los papeles y repitió una y otra vez los folios que le pusieron delante.

Ahora, en la conmemoración del treinta aniversario de aquellos comicios y del triunfo no apabullan-te de la UCD, el partido del presidente y del Rey, Suárez ha sido el gran ausente. Paradójicamente, todo ha girado en torno a su persona, restituyéndole en su forzada ausencia el honor que se le regateó, especialmente por los suyos, cuando hubiera podido disfrutarlo. Qué gran tragedia –una tragedia griega–la de este hombre que, elegido por los dioses para una tarea histórica, no puede recordar aquellos momentos de gloria. Los héroes griegos que cantaba La Iliada se prestaron al martirio en aras a la memoria de sus hazañas. Los dioses le negaron a Suárez este consuelo y fue denostado en vida hasta que los barones políticos no comprobaron fehacientemente que el duque había dejado definitivamente la contienda. A partir de entonces se inició una procesión de arrepentidos. Pero en su día sufrió las acometidas de la extrema derecha que esperaba la instauracion de la monarquía del 18 de julio. Cuando iba a misa en su parroquia de La Florida, él, tan fervorosamente católico, tuvo que sufrir el desprecio de los compañeros de banco que le negaban la paz. Le negaron el pan y la sal sus compañeros de partido, que no toleraban que un joven sin másoposiciones que aquella modesta del Instituto Social de la Marina mandara sobre quienes habían conseguido con el número uno las oposiciones a los cuerpos más selectos del Estado, gente con muchos libros, doctorados y condecoraciones académicas, los Herrero de Miñón, los Osorio y compañía. Torcuato Fernández Miranda, que diseñó con habilidad la inclusión del ex ministro del Movimiento en la terna que el Consejo del Reino sometió al Rey, hizo todo lo posible para que, una vez cumplida la misión liquidadora, le cediera el paso. Se lo dijo con claridad brutal: "Oye, Adolfo, tu misión se ha acabado, lo del partido real no es cosa tuya". Era no conocer al cebrereño, una mezcla de pícaro y héroe y a quien comparé con el general De la Royere, que se dejó matar tras asumir el papel de aquel héroe.

Suárez, toda su carrera a la sombra del franquismo, comprendió que se habían acabado los tiempos de las soluciones híbridas y se puso en la óptica de la oposición. Este hombre fue el verdadero motor de la Transición. A veces tuvo que enfrentarse al Rey, que hubiera preferido un tránsito más suave como le recomendaban Fernández Miranda, Fraga y hasta Areilza, pero él respondió con el orgullo democrático del elegido por el pueblo. Sin el Rey, la Transición hubiera pagado un precio muy alto. Don Juan Carlos fue una póliza de seguros, el motor del cambio, pero una póliza de seguros, si no a todo riesgo, al menos contra terceros, y aquellos terceros tenían el sable desenvainado.

  José García Abad

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