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| Nº 745 - 11 de junio de 2007 |
La utopía de occidente Por Jose María Ridao No son fáciles de entender las razones al uso para enjuiciar la posición de los intelectuales que, según se ha visto en Francia y en otros lugares, incluida España, han transitado en estos últimos años desde la izquierda hasta la derecha. El reiterado intento de desacreditar lo que ahora dicen en virtud de lo que dijeron, según vienen haciendo algunos de sus antiguos correligionarios, es, en efecto, una forma de negar la libertad y, en último extremo, un deseo de imponer la disciplina de grupo, el derecho de la fratría sobre el individuo. Por otra parte, es absurdo suponer que la condición de intelectual, sea ésta la que sea, viene determinada por la defensa de unas ideas y no de otras, cuando lo cierto es que, si se echa un vistazo al pasado, es posible encontrar intelectuales que se esforzaron por suministrar argumentos para derrocar regímenes y Gobiernos, e intelectuales que trataron de hallarlos para asegurar su defensa. La experiencia es a estos efectos tan inextricable, tan promiscua, que no llega a ser verdad, siquiera, que la buena causa fuera siempre defendida con argumentos impecables, como tampoco fueron invariablemente torpes, por desgracia, los argumentos puestos al servicio de causas monstruosas. Por eso, precisamente, es por lo que, forzados a hacer juicios de aprobación o de condena, según parecen exigir estos tiempos asfixiantes, lo que debería importar son los argumentos que manejan, y cómo, los intelectuales que defendieron a la izquierda y que hoy defienden a la derecha, no el hecho circunstancial de que hayan pasado de un extremo político al otro, algo que forma parte de sus inalienables opciones individuales. A través de este cambio de perspectiva es cómo se advierte que, lejos de estar ante una polémica novedosa, ante una encrucijada nunca vista, la noria de las ideas ha vuelto a detenerse en el mismo punto en el que, entre otros teóricos de trinchera, la dejó Jean-Paul Sartre y su extravagante doctrina del compromiso, en cuyo nombre se despreciaba a Flaubert por parecidas razones que a Benda o a Vercors, todos metidos en el mismo saco del oprobio. Mientras gran parte de la obra del autor del Ser y la nada ha caído en un profundo y seguramente merecido desprestigio, y eso por no hablar de sus actitudes civiles, su exigencia de poner el arte y la reflexión al servicio de una causa vive una nueva y sorprendente edad de oro. La única diferencia es que ahora el compromiso exige levantar la bandera de la derecha, no la de la izquierda. Es decir, exige retractarse del primer error por el insólito procedimiento de cometerlo por segunda vez. Tal vez el vago malestar por estar diciendo cosas contradictorias con las que dijeron aunque recurriendo a los mismos esquemas de razonamiento, incluso a los mismos argumentos, es lo que explicaría que los intelectuales que han cambiado de disciplina política durante los últimos años hayan propiciado una paradoja que, a lo que parece, está condenada a pasar inadvertida. Necesitados de hacer indiscutiblemente bueno y razonable lo que creen, recurren al simple expediente de ridiculizar lo que creyeron, estableciendo un artificioso contrapunto que, por lo general, sus antiguos camaradas suelen despachar con el rótulo sumario e infamante de la furia del converso. La espectacularidad de la expresión oculta, sin embargo, el mecanismo maniqueo que designa: en realidad, los intelectuales que han cambiado de militancia suelen limitarse a trazar una feroz caricatura de la izquierda que abandonan para, de este modo, ahorrarse el trabajo de explicar en qué consiste la derecha que abrazan, y a la que, como de pasada, conceden ni más ni menos que el monopolio absoluto en la defensa de la democracia y la libertad. Ahí reside precisamente la paradoja, en que, a partir de estos juegos malabares, es sobre todo en los periódicos y foros públicos abiertamente comprometidos con la derecha donde se dedica más tiempo y más espacio a establecer unilateralmente qué es la izquierda, a diseccionar sus alianzas y objetivos, a censurar sus repetidos e imperdonables errores, a achacarles los propios y los ajenos y, en definitiva, a acicalar el ridículo muñeco contra el que los intelectuales que fueron fervorosamente de izquierdas, y que hoy militan fervorosamente en la derecha, se disponen a cosechar la más vibrante, la más definitiva de las victorias. Al menos, todo lo vibrante y definitiva que pueda ser una victoria en la que, como en el ajedrez de los solitarios, el combate se libra contra uno mismo. Stefan Zweig intuyó certeramente una de las consecuencias de estas partidas en las que un único jugador mueve las piezas blancas y las negras, y de ahí que, en su Novela de ajedrez, el personaje acostumbrado a escindir su pensamiento entre los dos lados del tablero, a desempeñar todos los papeles, acabe increpando a su contrincante, el campeón del mundo Mirko Czentovicz, cuando éste se atreve a hacer los movimientos que juzga convenientes, de acuerdo con una cuidadosa reflexión. Cada vez más fuera de sí, el jugador habituado a atacar y defenderse a solas –en realidad, un noble austriaco que se ha salvado de enloquecer en las cárceles de la Gestapo resolviendo mentalmente interminables partidas de ajedrez– le exige a Czentovicz que no haga las jugadas que hace, sino las que tendría que hacer de acuerdo con la partida que se desarrolla en su imaginación. De algún modo, la libertad con la que juega Czentovicz le ha hecho acreedor de una implacable llamada al orden, de una severa reconvención para que se atenga a la partida o, por así decir, a la ortodoxia forjada en la cabeza de su contrincante. La escena que describe Zweig no está lejos de lo que hoy sucede, y no sólo porque buena parte de los intelectuales que han cambiado de disciplina política suelen, en efecto, inventarse la izquierda a la que combaten, haciendo un esmerado trabajo de patchwork con todas y cada una de las banalidades izquierdistas salidas de la pluma de un escritor o de la boca de un gobernante, que son numerosas. Suelen además, y aquí la parte más sustantiva del paralelismo con la fábula de Zweig, increpar al contrincante real cuando, como en la Novela de ajedrez, éste hace los movimientos que juzga convenientes, no los que le corresponderían al muñeco expresamente construido para él. El razonamiento es tenebroso de puro sectario: si alguien disiente de la nueva fe derechista que hoy abrazan los intelectuales que han cambiado de extremo es porque, de acuerdo con la visión maniquea del mundo que conservan de su anterior militancia, tiene por fuerza que apoyar la fe izquierdista de la que ellos se han deshecho. Prepárese, entonces, quien exprese reservas ante la nueva versión del compromiso obligatorio, quien no se sume sin rechistar a su nueva bandera: su osadía le obligará a apurar hasta las heces el cáliz que se le tiende, con su papilla indistinguible de nihilismo, alianzas de civilizaciones, Españas plurales, claudicaciones ante los bárbaros, admiración bolivariana, vítores a evos, subcomandantes, banlieusards y otros ingredientes de aluvión, aunque bien mezclados en la coctelera de la fantasía de quienes juegan la partida a solas. Pero es que, aparte de confundir así la actividad del intelectual con la del cancerbero, obligado a reconducir a cualquier disidente de la nueva fe a la caricatura que se le tiene preparada, buena parte de quienes hoy abrazan la causa de la derecha con la misma pasión enardecida con que ayer abrazaron la de la izquierda imaginan que zanjan un antiquísimo problema con sólo pronunciar rotundamente su enunciado. Es lo que hacen, por ejemplo, cuando elevan el relativismo a la categoría de máximo y tenebroso error, obviando que la búsqueda de un fundamento incontestable para el universalismo ha constituido una de las indagaciones filosóficas más desesperadas a lo largo de la historia, porque también el universalismo tiene incontables cadáveres en el armario. A tal punto que Isaiah Berlin, un pensador liberal que, a saber por qué, se suelen arrogar en exclusiva, describe el romanticismo como fruto, entre otras cosas, de una disolución relativista del universalismo ilustrado y, acto seguido, afirma que alimentó “el liberalismo, la tolerancia, la decencia y la apreciación de las imperfecciones de la vida; además de un cierto grado de auto comprensión racional consolidado”. Esta última expresión parecería algo enigmática, pero su sentido se aclara si se aplica a otra de las consignas imperativas de este tiempo: “los valores de Occidente son universales”. En virtud de la autocomprensión racional de la que habla Berlin, el problema fundamental que plantea esta afirmación no es el de si se acomoda o no a la realidad; el problema fundamental radica en que es una afirmación contradictoria, puesto que si se necesita aclarar que son los valores de Occidente, y sólo los de Occidente, los que son universales, es, precisamente, porque no son universales. Salvo que se crea en una suerte de lotería ontológica en la que nos ha tocado el premio gordo o se piense, como suele ser el caso, que Occidente es una utopía realizada, la enésima versión del fin de la historia a la que todos deberíamos rendir tributo. Pero para desengaño de quien se niegue a ingerir esta papilla absurda, también desde el otro lado, desde el lado de la izquierda, se le tenderá un cáliz parecido, sólo que diciéndole, o bien que las heces son néctares, o bien que por razones de oportunidad conviene hacer como si lo fueran, y acusándole de traición o de resentimiento si se le ocurre poner cara de asco. El balance, entonces, no puede ser más miserable. En resumidas cuentas, la única libertad intelectual que se acabará por permitir en estos tiempos asfixiantes, en estos tiempos en los que los grandes principios y las grandes palabras parecen inanes saltimbanquis siempre revoloteando por la escena, es la de escoger entre dos cálices nada socráticos, entre dos cálices repletos de tontería. |
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