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Nº 745
11/6/2007
D N
Treinta años después

Por José María Benegas

Hace treinta años, el 15 de junio, se celebraron las primeras elecciones democráticas después de una guerra' civil y una larga dictadura. Me fluyen con intensidad los recuerdos y reflexiones sobre aquel tiempo en el que, desde mi punto de vista, se asientan con brillantez los fundamentos que han permitido que España haya disfrutado de un espectacular desarrollo en todos los órdenes, recuperando aceleradamente el tiempo perdido con respecto a los principales países europeos como consecuencia de la etapa más oscura de nuestra historia.

Recuerdo mi primera intervención en el pleno del Congreso de los Diputados en defensa de la Ley de Amnistía de octubre de 1.977, en virtud de la cual, todos renunciamos a exigir responsabilidades políticas por acontecimientos acaecidos entre el 18 de julio de 1.936 y el 15 de junio de 1.977. En el fondo yen su espíritu fue una ley de punto final. Ése fue el primer gran gesto de generosidad de los vencidos en la Guerra Civil y perseguidos o proscritos durante 40 años. Fue la izquierda de este país la que lanzó la idea de la "reconciliación nacional" y la llevó a cabo, no sin costes, desgarros e in-comprensiones en nuestras propias filas, me refiero a socialistas y comunistas. Adolfo Suárez defendió el proyecto de una Constitución para todos que terminara con la tremenda división que suponía la realidad de las dos Españas enfrentadas de manera irreconciliable. Para la izquierda, fue la convicción de la necesidad imperiosa de la libertad para poder desarrollar un proyecto de progreso y modernización de España, lo que nos impulsó hacia la moderación y el pacto. Creo que habíamos aprendido de la historia reciente que, sin libertad, nuestro proyecto se convertía en puro resistencialismo teniendo que defender la dignidad de nuestros valores desde la cárcel, el exilio, o la clandestinidad. Necesitábamos la libertad para poder ser.

La Constitución de 1.978 fue algo más que una Carta Magna. Fue un armisticio después de una guerra civil y 40 años de dictadura. Comprendo que las jóvenes generaciones de españoles que se han beneficiado de la democracia no lo entiendan. La lluvia de hoy no es igual a la de ayer. Pero fue un armisticio. La amnistía del 77 y el pacto constitucional del 78 no supuso un olvido de nuestro pasado. Éste estuvo muy presente a lo largo de toda la transición. El pasado era nuestra tragedia, la de los que convirtieron la victoria del 39 en una dictadura de 40 años y la de los que sufrieron/sufrimos las consecuencias tremendas de la derrota.

España tuvo la suerte de contar en esa circunstancia histórica con unos dirigentes políticos que supieron estar a la altura de las circunstanciasy del gran desafío que se planteaba para nuestro país, porque además de su talla y valía personal, habían, por muy diferentes razones, interiorizado el drama de nuestro inmediato pasado y se propusieron como objetivo de dimensiones históricas dar el paso desde la "tragedia nacional" a la "reconciliación nacional". Todos los que hoy disfrutamos de la España democrática y de su espectacular desarrollo en todos los órdenes tenemos un deber de gratitud y reconocimiento para aquéllos que la hicieron posible: Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga, Abril Martorell, Alfonso Guerra, y los ponentes de la Constitución de 1.978.

A veces se presenta la transición cono una etapa idílica en la que todo fue un camino de rosas. Nada más alejado de la realidad. Todas las personalidades sufrieron un coste importante. Adolfo Suárez acabó denostado por su propio partido y vivió su personal amargura. Santiago Carrillo terminó fuera del Partido Comunista de España al que había dedicado su vida. Felipe González tuvo que renunciar a ser candidato ala Secretaría General del Partido Socialista por estar en minoría en el Congreso el año 1.979. Fraga vio cuestionado su liderazgo en A.P. y de las personalidades anteriormente mencionadas sólo Alfonso Guerra es hoy diputado en el Congreso.

Entre las reflexiones que me suscita el recuerdo de aquella época está el sentir que de repente nos convertimos en pasado, porque objetivamente somos pasado, pero sobre todo porque a algunos correligionarios nos convierten en pasado. Pienso, sin embargo que en un político la experiencia, que sólo se adquiere con los años, es un bagaje positivo sobre todo porque implica al menos dos cosas: Una, despreciar la publicidad fácil, el regate en corto, el cortoplacismo y la confusión sobre los objetivos. Con los años se adormece la vanidad que es la peor consejera de una persona pública. La otra aportación del paso de los años reside en intentar pensar sobre qué hay de razonable en los argumentos del otro, del adversario político. La teoría que conduce a creer que el que no está de acuerdo conmigo es un facha es tan desafortunada como la que acusa al socialismo español de romper España y de debilidad ante el terrorismo. Ambos discursos son extremistas, mucho más acusado este rasgo y más grave en la derecha que en el Partido Socialista. El discurso extremista conduce a no tener puntos de encuentro en casi nada. Cuando se rompen las reglas del juego no escritas, tan necesarias porque implican responsabilidad y autolimitación, basadas en un acervo de principios y convicciones que marcan las fronteras que no deben ser traspasadas y cuestiones o temas con los que conviene no jugar, cuando esto se trasgrede nos adentramos en el peligroso escenario público en el que todo vale con tal de conseguir un puñado de votos más. Deberíamos recuperar, aunque sólo sea en parte, el espíritu y comportamientos que precedieron la transición.

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