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Nº 745
11/6/2007

¡Qué asco!

Zapatero ha puesto los puntos sobre las íes", manifestó Miguel Sanz, presidente de Navarra, poco después de que se conociera el comunicado de ETA anunciando la ruptura del alto el fuego. Sanz, que es el líder del PP en formato UPN, añadió: "No son momentos para discrepar ni para poner matices a lo que diga el presidente del Gobierno de España, de mi país".Tan insólito pronunciamiento de Sanz viene a certificar que en la política también ocurren milagros o prodigios extraordinarios.

Asistimos, pues, al milagro del 27-M. Con la camisa que no le llega al cuerpo, sabiendo que la continuidad de su presidencia depende del PSOE, sin dormir por las noches a consecuencia de una pertinaz pesadilla llamada Nafarroa Bai, Sanz se esforzó por enviar a José Luis Rodríguez Zapatero un mensaje de complicidad. ¿A buenas horas mangas verdes?

La verdad es que la decisión de ETA de regresar al terrorismo en sus diversas vertientes puede acabar favoreciendo las aspiraciones de Sanz. ¿Se encuentra el PSOE con fuerzas suficientes como para soportar el vendaval de descalificaciones que caería sobre Zapatero, si entrega Navarra a los nacionalistas vascos? Conviene subrayar, por otra parte, que la ANV es el partido que tiene la llave de la gobernabilidad de Uxue Barkos en el Ayuntamiento de Pamplona.

El oportunismo de Sanz resulta patético. Quien propulsó la leyenda mezquina de que Zapatero habría cambiado con ETA –como si de cromos se tratara– Navarra por paz; quien lanzó todo género de infundios haciendo creer que el PSOE estaba dispuesto a vender Navarra a Euskadi para satisfacer las exigencias de los terroristas, ese hombre, Sanz, intenta ahora proyectar la imagen de que es un leal aliado del presidente del Ejecutivo en esta es-pantosa coyuntura por la que atraviesa España.

Sanz ha dicho, en todo caso, aquello que los jerarcas del PP deberían haber reiterado desde que se atisbó el proceso de paz para el País Vasco. Ésa, exactamente ésa, tendría que haber sido la estrategia de la derecha española, y no la practicada por Mariano Rajoy y sus secuaces, incluidos los medios periodísticos situados en la órbita conservadora. Nunca desde la Transición se había adjudicado a ninguno de los presidentes –Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, Felipe González y José María Aznar– responsabilidad alguna por los atentados de ETA.

Nunca la oposición mayoritaria –incluida AP– había llegado a tal nivel de abyección como la exhibida estos días, tras el anuncio de ETA de que vuelve a retomar las armas. Y como ya hizo cuando el atentado de la T-4. Y como ha venido haciendo –sin escrúpulos ni morales ni éticos– desde que empezó esta legislatura. ¿Dónde estamos y hasta dónde pretenden llegar los jefes del PP, que no son ni siquiera capaces de asumir la doctrina Sarkozy respecto a la lucha contra el terrorismo, una doctrina simplemente de sentido común o de cordura que aboga por la unidad y que censura en este territorio los litigios políticos de carácter interno?

Cuando ETA liquidó unilateralmente la tregua de Aznar, no se oyó ni una sola voz política o mediática -en toda España– cargando contra el entonces presidente del Gobierno. Nadie cargó contra Aznar. Joaquín Almunia, como el resto de líderes de los distintos partidos, cerró filas con el Ejecutivo de la derecha. Cuando comenzaron los asesinatos, sucedió exactamente lo mismo. El secuestro de la razón que sufre Rajoy se está prolongando demasiado. El PP intenta llegar al Gobierno hasta manipulando pro domo sua a ETA. ¡Qué asco!

Enric Sopena

 
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