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Nº 745
11/6/2007

PakistÁn o la cuadratura del cÍrculo

Parece como si los elementos constitutivos de Pakistán desde su formación en 1947 se estuvieran desvaneciendo o, mejor dicho, que se estarían mostrando por completo ineficaces en mantener la cohesión del país. Incluso puede pensarse que todos y cada uno de ellos han producido efectos perversos, opuestos a los que se creía contribuirían a fortalecer la identidad y la unidad de la nación. Las estrechas relaciones con Occidente desde 1947, primero en la Guerra Fría y ahora en la guerra contra el terror, han sido una de las patas del trípode levantado esencialmente por los militares; en el mismo se concedía especial significado al Islam como aglutinante religioso, pero también lingüístico y cultural, para una sociedad con muchas variantes, la segunda pata; siendo la continuada rivalidad con el vecino indio la tercera pata. Al cabo de los años ninguno de tales elementos ha servido para configurar un país estable, o para fortalecer la sociedad civil y dar garantías a los aliados occidentales. Más bien lo contrario.

Por si fuera poco, la accesión de Pakistán al club de las potencias nucleares, y sus logradas pruebas con los misiles balísticos de largo alcance HATF IV (Shaheen II), han contribuido a aumentar la desconfianza hacia un Estado tan precario como temible, con una sociedad en crisis pero acompañada de armas muy poderosas. Por el peso demográfico del país, su localización geográfica y su larga alianza con Occidente, frente a la Unión Soviética y frente al terror, ni los Estados Unidos ni ningún otro país occidental se han atrevido nunca a presionar seriamente a Pakistán para introducir reformas políticas y sociales. Numerosos generales en el poder y las fuerzas armadas en general, se han beneficiado finalmente de las rentas de situación y del estado de necesidad y, el mal menor, porque Pakistán jamás ha dejado de ser pieza esencial en los designios estratégicos atlánticos. A base de promocionar el poder militar las fuerzas armadas se habrían convertido así en la única institución viable, pero con un turbio fondo de desorden civil, debilidad estatal y crispación religiosa que no han saneado.

Pero la eterna rivalidad con India ha provocado que se eternicen también los problemas bilaterales, Cachemira en especial, cobrando además una peligrosa proyección yihadista. A su vez la tensión armamentística, por mucho que haya sido esencialmente sostenida por los Estados Unidos, ha fomentado una dinámica de gastos sin freno, para lograr una seguridad que nunca se alcanza, que ha venido drenando sustanciales recursos necesarios para los servicios civiles del país. La exagerada atención prestada desde 1947 al Islam y a las alianzas con Occidente, paradójicamente han acarreado el resultado de un Pakistán que cada vez se debilita más, con un Estado desprovisto de recursos suficientes y una sociedad civil desintegrada entre militares y civiles, diversos grupos étnicos y provinciales con tolerancia recíproca en disminución, entre isla-mistas y laicos. Igualmente desdelas elecciones de 2002 se viene detectando un notable incremento en la presencia de grupos islamistas radicales y de terroristas de diverso signo, en la onda expansiva de los conflictos de Iraq, Afganistán y Cachemira.

En definitiva, ocurre que ni el Islam, ni las alianzas internacionales, ni el monopolio militar, ni la rivalidad con India, ni el poder nuclear, han hecho de Pakistán un país seguro, una nación próspera, ni siquiera un aliado totalmente fiable para Occidente. La alarma ante las perspectivas de un país tan importante ha llegado a tal punto que se duda si la incapacidad de su Gobierno se debe a la falta de decisión o a la carencia de medios, porque con Pakistán los países occidentales siguen teniendo tanta buena voluntad como vacilación. Así ocurre que las denuncias por los males de origen del Estado formado en 1947, se unen a serias sospechas sobre las relaciones concomitantes que el Gobierno sostendría con los talibanes, o por su equívoca distinción entre terroristas y luchadores por la libertad, etc., que no ocultan la gravedad de un panorama presumiblemente en expansión en que proliferan insurgentes, milicianos, bandas de delincuentes y elementos corruptos, en desafío cotidiano a un Estado impotente pero con armas nucleares y dominado por el estamento castrense. La cuadratura del círculo puede difícilmente lograrse a base de replantear los elementos poco apropiados en que se pretendió sustentar la identidad y la seguridad de la nación, con muy poco éxito.

Ignacio Rupérez

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