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“Si no cede, le ponen bombas...” No viene mal hacer un poco de historia antes de abordar las implicaciones partidarias del fin de la tregua. Zapatero creyó que ETA estaba abierta a negociar su disolución al apreciar que la sociedad vasca no aceptaba más sangre. Así que atribuyó la máxima prioridad a conseguirlo. No creo que le moviera un cálculo electoralista aunque ningún político deja de calibrar las consecuencias electorales de sus actos pues la prueba del acierto se verifica en las urnas. ¿Estuvo el PP a la altura de las circunstancias? Hay que suponer que también la cúpula de este partido deseaba el fin de ETA, aunque lo consiguiera Zapatero, pues como diría José María Aznar, el elector del PP, la izquierda no puede arrogarse el monopolio de los buenos sentimientos. Pero no por ello dejó de calibrar las consecuencias electorales de semejante hazaña. Y cundió el pánico. Un ex ministro del susodicho comentó en un corrillo amigo al que tuve la oportunidad de pegar la oreja: “Si este... consigue acabar con la banda no lo echa ni Dios”. Dejo al avezado lector que ponga adjetivo a los puntos suspensivos. La lucha partidaria tiene estas cosas y dentro de cada partido tampoco faltan las miserias humanas. Ni a González le apetece que ZP consiga lo que el no logró ni si Rajoy alcanza el poder Aznar le perdonaría mejores resultados de los que él obtuvo. Lo que pasa es que Aznar sigue mandando en el PP y González ha sido jubilado en el suyo, y el primero ha dado prioridad a abatir al leonés intruso a quien nunca reconoció la legitimidad de su victoria, pues ZP fue a éste a quien ganó y no al candidato aparente. No era la primera vez que el líder de los populares utilizaba la lucha contra el terrorismo para alcanzar el poder. Cuenta Barrionuevo, ministro del Interior de González, que un buen día le visitó aquél para anunciarle que se había acabado aquello del consenso que habían respetado Fraga –”el mejor terrorista es el terrorista muerto”– y Hernández-Mancha. no había otra forma de descabalgar a González. Ya Aznar en Moncloa se puso manos a la obra sirviendo a ETA concesiones prácticas –acercamiento de presos, terceros grados, etc.– y morales, que son las que más agradecen los asesinos ansiosos del reconocimiento como bando y no como banda. Fue cuando el presidente se refirió a ellos como “Movimiento Nacional de Liberación Vasco”. Los socialistas, leal oposición, le apoyaron plenamente y más tarde, ya Zapatero en Ferraz, firmaron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. En aquel papel aparecía un propósito maravilloso: que nunca más se utilizaría el terrorismo como argumento en las contiendas electorales –después el Pacto de Toledo aplicaría ese espíritu a las pensiones– así como la aceptación de que la política antiterrorista correspondía en exclusiva al Gobierno. Cuando Aznar dejó de ser Gobierno, semejante párrafo sobraba y los populares usaron el terrorismo como arma principal. Resultó eficaz pero fue una felonía. Y hasta aquí hemos llegado. ETA ha retirado su “alto el fuego permanente” cuya permanencia ha sido de poco más de un año y ZP se ha dirigido a la ciudadanía en los mismos términos en que lo hiciera Aznar cuando finalizó la tregua de 1998. Sin embargo, no ha obtenido la unánime solidaridad que cosechó el dirigente popular. Rajoy le ha hecho exigencias que se resumen en corto: “Quítate de ahí que me pongo yo”. No quiero hacer un western de buenos y malos. Zapatero ha cometido errores: no ha hecho todos los esfuerzos posibles para entenderse con el PP; no ha percibido el efecto De Juana Chaos y anduvo bloqueado cuando ETA mataba en la T4. Todos estos errores proceden del análisis erróneo aludido: el de que ETA quería autoliquidarse y que se conformaría con una salida digna. Pero no puede juzgarse por el mismo rasero el error del presidente originado por una sobredosis de optimismo que la deslealtad, las mentiras y las insidias del opositor. “Si usted no cede, le ponen bombas y si no le ponen bombas es que ha cedido”. Esta frase de Rajoy merece pasar a la historia universal de la infamia. Zapatero está en el punto en que se encontraron González y Aznar cuando caducaron las treguas. ZP ha acuñado un lema: “Firmeza, unidad e inteligencia”, que sustituye al que prometía un proceso “largo duro y difícil”. Y es que el presidente disfruta con las frases brillantes. Ahora sólo falta que se las compren, pues hasta ahora no ha conseguido convencer a la opinión publicada, ni siquiera la que publica Jesús Polanco. José García Abad |
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