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| Nº 744 - 4 de junio de 2007 |
Günter Grass: fuimos seducidos y nos dejamos seducir Por Mauro Armiño Es cuando menos curioso el silencio que ha acogido la publicación en español de Pelando la cebolla, de Günter Grass, cuando, hace menos de un año, sus declaraciones afirmando haber pertenecido a las Waffen-SS hicieron correr ríos de tinta entre las firmas de guardia ideológica habituales de la derecha. En esencia dijo que, de febrero a abril de 1945, permaneció en el frente del Este enrolado en las Waffen-SS, que, según sus recuerdos, “no tenían nada de atroz”. Quién más, quién menos echó su cuarto a espadas rasgándose las vestiduras ante la “hipocresía y la vileza” del escritor, o, mejor dicho, trasponiendo a la izquierda, y en concreto a los intelectuales (escritores, artistas en general) de izquierda, la intrínseca condición de hipócritas y mentirosos. Hace quince días presentaba Grass Pelando la cebolla (Alfaguara) en Madrid sin provocar reacción alguna, salvo las de la crítica y que ha acogido el libro sin alharacas. El gozo con que recibieron las firmas de guardia españolas la noticia era comparable al que había provocado en la derecha alemana, harta de ser blanco de la crítica con que la había fustigado Grass en El tambor de hojalata, Años de perro, El rodaballo, etc En pleno agosto y sólo dos meses antes de publicar en alemán esas memorias de su infancia Grass explicó “su” verdad: que había sido educado entre las camisas pardas de las juventudes hitlerianas, en el clima de heroicidad con que la propaganda de Goebbels quiso tener cuadros de pequeños nazis preparados para el futuro del III Reich. Grass, nacido en 1927 en Danzig, ciudad hoy polaca, pero entonces en un territorio anexionado por Alemania, se enroló voluntario en las Waffen-SS con quince años y en 1944, en el último período de la IIª Guerra Mundial, tuvo que ir al frente. Que un tío suyo fuera asesinado por los nazis no le hizo reflexionar sobre lo que ocurría, y hasta bastante tiempo después de la derrota siguió negándose a admitir el Holocausto. Hecho prisionero por los norteamericanos y encerrado en un campo de concentración de Baviera –donde encuentra a un tal Joseph, bávaro de su misma edad, ferviente católico–, no tardó en recobrar la libertad. Luego vino una estancia en Francia y su “conversión” en figura de la izquierda europea con El tambor de hojalata, novela publicada en 1959, año hasta el que llega Pelando la cebolla, que arrancaba en sus primeras páginas del 1 de septiembre de 1939, con el autor de doce años inscribiéndose en las Waffen-SS. No figura por lo tanto en el libro su etapa como figura de la izquierda y compañero de viaje durante mucho tiempo del Partido Social-Demócrata (SPD) alemán, del que se despidió con un portazo a principios de los 90. Compleja la reacción de la sociedad alemana, por razones en parte parecidas a la de nuestros firmantes, ahora callados porque, o se repiten, o hay que leerse las 450 páginas del libro cuando lo principal para ellas ya está zanjado y juzgado. No es ningún secreto que la mayor parte de la sociedad alemana, montada en los marciales himnos y las banderas con que Hitler trató de hacer resurgir al pueblo alemán de su derrota en la Iª Guerra Mundial, respaldó al nazismo, y que los juicios de los vencedores sólo alcanzaron a un puñado de jerarcas nazis; Alemania tenía que seguir viviendo –sobre todo porque al otro lado estaba la URSS–, y se hizo un espeso silencio sobre el pasado mientras se concentraban en la reconstrucción del “milagro alemán”. Silencio tan espeso que asfixió a dos generaciones; entre los pocos que lo rompieron, Grass lo hizo para atacar el pasado histórico. Pelando la cebolla, despojando sus sucesivas capas para alcanzar el meollo, Grass pone al descubierto el gran secreto, el gran pecado de dos generaciones de alemanes, que, en la balsa de aceite en que Alemania ha querido convertirse tras la reunificación, caía y cae como una piedra en un lago: las ondas repercuten en toda la superficie, lisa ahora, sobre todo tras la Grosse Koalition en que el CDU de Angela Merkel ha vaciado de contenidos la política, ayudada por un SPD difuso y bastante anonadado; aunque no tanto para quien haya visto Democracy, la obra de teatro de Michael Frayn, que se mete en las entrañas del SPD en su etapa más brillante, en los ya viejos tiempos del enfrentamiento de Willy Brandt y Helmut Schmidt. Un anticipo; poco después de reconocer Billy Brandt que “el estado cuya existencia reconocí se esfuma ante nuestros ojos”, ante los aplausos del pueblo Brandt predice el futuro: “Estamos vivos y enteros... Y al menos de momento todo el mundo está feliz” justo cuando va a caer el telón. Que Goethe se apasionara hasta el frenesí por Napoleón, invasor de los territorios alemanes, no ha menguado un ápice la glorificación del gran escritor alemán. Pero en esa admiración goethiana no está concernida la sociedad alemana; aquí, en el caso de Grass y el nazismo, lo está, y las acusaciones llovieron por muchas partes. El primer “crimen” que la sociedad alemana vio en éste era, paradójicamente, haberse sumado al nazismo, hecho que pocos (Thomas Mann) evitaron mientras grandes filósofos (Erns Jünger) se sumaban al apoyo hitleriano; el segundo, haberse decidido a revelarlo después de tanto tiempo y, de manera especial, después de haber escrito contra ellos tantos sermones morales, y por último, haberse desnudado y haberles desnudado revelando la callada verdad. A Grass se le dijo entonces cuál habría sido el momento oportuno para su confesión; y hubo, por supuesto, quienes pidieron retirarle el título de ciudadano de honor de Danzig (Lech Walesa), la devolución del premio Nobel (firmas alemanas y españolas) y del premio Príncipe de Asturias (españolas), asegurando que, de haber hecho antes esas declaraciones, no habría conseguido tanta distinción. Quizá. Cabe preguntarse, por un lado, qué opinión habría merecido, durante su discurso de recepción del Nobel en Estocolmo, la frase en que aludía a su país, “en el que un día se quemaron los libros”. Y cabe preguntarse también si el tal Joseph que por su apoyo al nazismo compartió estancia con Grass y otros 100.000 alemanes en el campo de Bad Aibling, hubiera logrado convertirse en papa de la Iglesia romana; en un brusco y acertado viraje novelesco, Grass reconoce en Joseph Ratzinger aquel Joseph en el momento en que los focos de la historia lo convirtieron en Benedicto XVI; éste, por lo demás, ya había reconocido haber luchado en el ejército alemán; y quizá el pastor influyó en la oveja para la confesión de sus pecados. “Fuimos seducidos, y nos dejamos seducir”: es la clave de esta confesión tras el largo silencio; la clave y el pecado que, para los críticos de Grass, pondría en duda la moralidad del escritor y su derecho a levantar la voz. Es decir, su derecho a escribir El tambor de hojalata, Años de perro, etc., su derecho a hablar, a recordar que se vio sumido en el infierno de la Europa de aquellos años y que se puso de parte del diablo. En el peor de los casos, la historia de la literatura dictaminó hace mucho que obra y vida de su autor no tienen que interferir en el análisis: se salvan así obras de grandes escritores como Drieu la Rochelle, Céline, Lucien Rebatet o Ezra Pound, partidarios mucho más confesos y practicantes del nazismo, que no tenían la disculpa de su edad. A la vez que entona ese mea culpa que acaso debieran compartir los que ocultaron su pasado en la nueva sociedad para ser políticos y grandes financieros respetables y reconstruir las ruinas de Alemania, Grass pretende compartir con todos los seres humanos esos sedimentos de desasosiego “que no se pueden eliminar como una mancha o lamerse como un charco”. Por suerte, mientras se lamen, ha escrito la advertencia que sacó del pasado para el futuro: A la pregunta del periodista Iñaki Gabilondo cuando presentó en Madrid uno de sus últimos libros, Mi siglo, poco después de recibir el premio Nobel (1999), aventuró la clave: “¿El siglo XXI? Quizá una sucesión de ovejas Dolly, una sucesión de bebés clónicos”. Como los que fueron seducidos y se dejaron seducir. |
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