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| Nº 744 - 4 de junio de 2007 |
La universidad y los conejos por Joaquín Leguina S egún algunos informes internacionales dedicados a comparar situaciones institucionales, no hay ninguna española entre las doscientas primeras universidades del mundo ordenadas según la excelencia –medida ésta a través de un paquete de indicadores–. He planteado, personalmente, a una buena cantidad de profesores universitarios la siguiente cuestión: "supongamos que un Einstein redivivo fuera español y que a sus 40 años y tras una brillante carrera científica realizada en el extranjero, decidiera volver a España y presentarse a una oposición para acceder a una cátedra de Física en cualquier universidad española, ¿obtendría la cátedra?". La respuesta unánime –y he planteado la cuestión a no menos de 30 profesores españoles-, repito, la respuesta es unánime, y es que no. En efecto, el proceso de selección es ahora más endogámico y medieval que en tiempos de Franco. Así de duro y así de claro. Un chascarrillo muy extendido explica así el proceso de selección, es decir, la forma de aprobar una oposición a cátedra: Las leyes que regulan la enseñanza universitaria –que en España se replantean con cada cambio de Gobierno– no han sido capaces de abordar esta perversión y los departamentos y cátedras siguen ha- ciendo de su capa un sayo, mediante un sistema de promoción que tiene un enorme parecido con el sistema medieval de los adscritos a la gleba, lo cual es, simplemente, aterrador... Y todo eso disfrazado de una, así denominada, autonomía universitaria, que deja en manos de los catedráticos y, en general, de los profesores, el gobierno de todas y cada una de las universidades españolas. Por desgracia, en España la palabra autonomía significa aspirar al máximo de competencias junto al mínimo de responsabilidad. El reparto autonómico de competencias universitarias no ha hecho sino reforzar esa práctica del gueto o, mejor dicho, de la ciudadela inexpugnable. Sería interesante conocer cuántos profesores han ingresado durante los últimos treinta años en alguna universidad catalana procedentes de otra universidad española. Probablemente, ninguno. En este sentido, conviene saber que la lengua propia es utilísima como barrera de entrada, pero no podemos engañarnos: el resto de las universidades –ahora adscritas a las distintas autonomías– siguen el mismo modelo: al forastero, ni agua. Para más inri, las leyes universitarias son pactadas con, cuando no redactadas por, los rectores. Contradiciendo así a Rodolfo Martín Villa, quien sostenía –algo brutalmente– que "las leyes de la caza no deben hacerlas los conejos". A estas duras condiciones de supervivencia se ha venido a añadir una "crisis de demanda". Me explico: han ido llegando a la edad universitaria las generaciones reducidas por la importantísima caída de la fecundidad que sufrió España a partir de la mitad de los años setenta. Caída que ha llevado a la fecundidad española a niveles ínfimos en los que aún está, pese a la inyección de natalidad recibida de los inmigrantes. La distancia abismal que, según todos los análisis, separa a las universidades del mundo empresarial y, en general, de la vida social, unida a un sistema perverso de selección y a una demanda decreciente ponen en cuestión la propia supervivencia de la Universidad a medio plazo. A eso hay que añadir la dispersión de los campus, propiciada por una locura creacionista que ha puesto universidades en todos los apeaderos de Renfe... En suma, la insostenibilidad científica y hasta demográfica han desembocado en una situación crítica que no se va a arreglar a golpe de leyes autogestionadas. Es preciso abordar una reforma que acompañe a la normalización y homogeneización europea que se viene anunciando. Y esa profunda reforma no podrá hacerse desde dentro, sino que ha de ser impuesta por la sociedad (que es quien paga) a través de sus representantes legítimos porque, digámoslo claramente, los conejos se han mostrado ya como muy malos legisladores... y no podemos dejar sólo en sus manos el futuro de la Universidad española. |
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