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| Nº 744 - 4 de junio de 2007 |
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Tras el desastre de Madrid
por Santiago Carrillo E l voto arrollador del PP en Madrid ha desequilibrado el resultado general de las elecciones autonómicas y municipales en España, creando confusión sobre los posibles resultados de las generales que tendrán lugar dentro de diez meses. Esa confusión es utilizada por la derecha para iniciar ya desde hoy una inmensa campaña de desmoralización de la izquierda que le permita realizar su sueño: recuperar el Gobierno de España. Entra dentro de lo normal en un régimen democrático que la derecha cultive esas expectativas. Pero la realidad demuestra que ellas carecen de todo fundamento serio y que no se verán cumplidas más que si la izquierda se dejase ganar por el pánico e incurriera de aquí al año 2008 en errores graves. La izquierda, cuyo núcleo fundamental está constituido por el PSOE ha mantenido –fuera de Madrid– sus posiciones de gobierno. Sigue dirigiendo los de Castilla-Mancha, Asturias, Extremadura y Aragón, y confirma su hegemonía en los que también ya gobernaba: Andalucía, Cataluña y Galicia. Gana el municipio en una docena de capitales de provincia. Y ha puesto en minoría al PP en tres regiones: Canarias, Baleares y Navarra, gobernadas hasta ahora por la derecha. La derecha sólo conserva sólidamente el Gobierno regional de Madrid, el País Valenciano, Castilla-León, Murcia y La Rioja. Estos son los datos reales, que podrían completarse con otro: a pesardel desastre de Madrid, si unimos a los del PSOE los de IU, que ha recuperado sufragios en la capital, la izquierda sigue teniendo alrededor de un millón de votos más que la derecha en el conjunto del territorio español. El desastre de Madrid viene incubándose ya de antiguo. Desde los tiempos de Tierno Galván y de Barranco, los socialistas madrileños no han vuelto a tener una política municipal digna de ese nombre. Se puede tener una política municipal también en la oposición. Pero los que encabezaron sus candidaturas –Fernando Morán y Trinidad Jiménez– no tenían ninguna tradición municipalista y habían sido designados para ser alcaldes y no jefes de la sición, sin duda un craso error. El último candidato, además de no haber sido elegido por las bases, sino por el desacreditado método del dedo, carecía de antecedentes políticos conocidos por los ciudadanos. En cuanto se refiere a Simancas, éste hubiera podido ser presidente regional hace cuatro años si no hubiera Ilevado en su candidatura a dos tránsfugas obedientes al gremio del ladrillo, le traicionaron. Como consecuencia, en la segunda elección Esperanza Aguirre le derrotó por muy poco. Esto marcaba ya negativamente a candidato para el futuro. Éstas, esquemáticamente expuestas, son graves desventajas de las candidaturas de los socialistas. Sin duda, hay otras razones que a ellos mismos correspondería examinar seriamente. Pero en el desastre de Madrid hay otros componentes políticos que deben ser analizados de forma concreta. Tras la utilización de argumentos tremendistas como la "destrucción de la familia" o la "ruptura de España", en los últimos meses de la campaña Rajoy –incumpliendo vergonzosamente el pacto antiterrorista firmado con el PSOE– convertía el ataque a la política antiterrorista del Gobierno en el eje de su campaña. Esta ha sido una violación flagrante de lo que había constituido el compromiso democrático desde la Transición, respetado impecablemente por la izquierda. La política del presidente Rodríguez Zapatero de poner fin al terrorismo etarra por la negociación era correcta y, sin duda, sigue siéndolo. En todas las encuestas tuvo la aprobación de la mayoría de los españoles, incluidos muchos votantes del PP, que cuando este partido tuvo el Gobierno intentó aplicarla. Rajoy sabía que si el Gobierno de Rodríguez Zapatero se apuntaba ese éxito antes de las elecciones podría barrer. Y se propuso evitarlo a toda costa. Para ello, con el apoyo de la reaccionaria AVT, de los residuos franquistas y de un sector de la Iglesia oficial, lanzó repetidas marchas sobre Madrid que quizá han sido los mejores actos de propaganda electoral para el PP en nuestra ciudad. Esas manifestaciones masivas crearon confusión y desconcierto en la opinión pública. Porque no puede negarse que bloquearon el proceso de negociación con ETA. Bajo la presión del PP, un proceso que debió de estar dirigido por la Política –con P mayúscula– terminó en manos de la Magistratura. Y resultó que tras la decisión del Parlamento, que debería haber sido acompañada de un período de apaciguamiento de la represión para favorecer las tendencias de paz en el interior de ETA y adelantar la negociación, lo que se produjo fue un recrudecimiento de la represión contra el movimiento abertzale que tuvo los efectos contrarios y no fue obstáculo para que el PP lanzara lemas tan vergonzosos como el de que un voto para los socialistas era un voto para ETA. Sin embargo, la línea expuesta por Rodríguez Zapatero justa era y sigue siendo justa, y habría que seguir aplicándola con firmeza. El sentido político me dice que el hecho de que, pese a todo, Zapatero haya dejado abierta la puerta a la negociación de la paz, ha sido fundamental para que la campaña electoral y la jornada de voto se hayan desenvuelto sin atentados terroristas. Yo aconsejaría que en la necesaria reflexión se tuviera en cuenta para el futuro que en Madrid lo que ha crecido alarmantemente no es el número de votos de la derecha, sino el porcentaje electoral de ésta, debido a la abstención de un amplio sector de la izquierda. Y en esa reflexión sería bueno que los socialistas comprendieran que, aun siendo hoy el núcleo fundamental de la izquierda, no representan a toda la izquierda. Ésta es muy diversa. Es necesario tomar en serio a IU. Y aún queda, al margen de la militancia de PSOE e IU, un considerable sector de ciudadanos sin partido, más bien libertarios, cuyo voto hay que atraer porque es necesario para lograr el éxito. En consecuencia, no existe ningún obstáculo insuperable para la victoria de la izquierda en las próximas elecciones generales. Continuando firmemente la política de extensión de los derechos civiles, de las reformas que favorezcan las condiciones de vida de los más desfavorecidos –entre los que se encuentra la juventud– y la política de paz, conseguiremos con la victoria que en el PP se produzca la catarsis democrática. |
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