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Nº 743 - 28 de mayo de 2007
Mercado y competitividad

por Santiago Carrillo

E l capitalismo moderno ha creado una ideología amparada en el pensamiento único que inspira a muchos políticos, periodistas, profesores y a la mayor parte de los medios de comunicación, según la cual la sociedad no se divide entre explotadores y explotados, ricos y pobres, sino entre listos y tontos. Quines no son capaces de fundar una empresa, de capitalizar el trabajo de otros, pertenecen a la categoría de los tontos, aunque sean grandes científicos, artistas, escritores o deportistas. El talento de éstos puede proporcionarles popularidad y hasta bienestar circunstancialmente, ya que el talento es una de las mercancías cotizadas en el mercado. A la categoría de los listos–excepto a algunos de los nuevos ricos, más indiscretos– no les gusta la popularidad. Prefieren pasar inadvertidos, desconocidos si es posible, ignorados en sus Consejos de Administración, en sus cargos ejecutivos, mandando, gobernando al mundo en la sombra. No se puede decir que los listos no trabajen; pueden realizar largas jornadas, antes de jubilarse con grandes fortunas y fabulosas pensiones blindadas. A veces manipulan a decenas o centenares de miles que trabajan para ellos, o manejan a talentos diversos cuya labor incrementa sus fortunas; esto y canalizar y servirse del ahorro de los demás exige una dedicación excesiva. Es el precio que hay que pagar para estar en la categoría de los listos y poder considerar como tontos a todos los demás.

Se trata de un sistema que posee dos palabras clave, que por el momento lo mueven todo: mercado y competitividad. La competitividad es la regla moral, que ha desplazado a muchas de las otras reglas morales que han servido en sociedades anteriores a la actual. Valores tales como la ética, la honradez, la solidaridad, el interés colectivo pertenecen ya a otras épocas. El individuo tiene que ser ante todo competitivo, lo que significa ser radicalmente individualista, elevarse sobre los demás a cualquier precio, hundiendo y sacrificando sin escrúpulos al rival. En un sistema así todos los demás son enemigos potenciales o sujetos provistos de algún talento que se puede alquilar, comprar para conseguir mayores beneficios.

En esta sociedad existe una contradicción flagrante entre la situación de los listos y la democracia de los ciudadanos. Los listos controlan los flujos del capital, controlan el mercado, son los propietarios de los grandes diarios y revistas, de las emisoras de radio y televisión, de las grandes editoriales en todo el mundo. Insito, en todo el mundo, porque ya no quedan empresas de cierta importancia que sean verdaderamente nacionales. Lo que llamábamos capitalismo nacional ha desaparecido prácticamente en el mundo desarrollado. Ello no impide que los listos, cuando está en su interés utilicen la influencia ocasional de sloganes nacionalistas cuando pueden serles favorables. Ahondando en algunos de esos casos, veríase que el llamamiento al espíritu nacional está inspirado por los empleados de Murdoch, Berlusconni o de cualquier magnate a los que importa un pito y que solo persiguen un interés concreto que nada tiene que ver con el Estado en cuestión.

Este es el tipo de globalización dominante hoy, el intento de implantar un pensamiento único de alas cortas para gentes desinformadas. Y ha surgido una tendencia política, los neocon, que se extiende por todo el mundo sutilmente, apoyado por sectores financieros muy parecidos a los que un día apoyaron al fascismo, en el empeño de mantener los privilegios de una minoría explotadora.

Pero este sistema de listos y tontos es puramente virtual, tiene poco que ver con la realidad y está condenado a reventar y desaparecer. Hay ya hoy muchas gentes que se revuelven contra él. Algunos políticos y muchos intelectuales que utilizan las posibilidades a su alcance para criticarle. Aunque esas críticas sean a veces parciales, incompletas y no vayan hasta la raíz irán abriendo el camino a la elaboración de un pensamiento revolucionario moderno –que no puede renunciar a sus raíces, la ilustración y el marxismo– pero que afrontará las realidades actuales de forma más concreta, que conseguirá desenmascarar los nuevos disfraces de la reacción. Ello tiene que surgir del mundo de la cultura y de la ciencia y del mundo del trabajo. Pero la ficción de una sociedad de listos y tontos está condenada a desaparecer.

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