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Nº 743 - 28 de mayo de 2007

Praga en primavera

Esta primavera en Praga es mas calurosa que aquella primavera de Praga que los tanques rusos congelaron en agosto del 68. Quizás sean los efectos del cambio climático, pero mientras en España diluvia y graniza, en la mitteleuropa un sol estival realza la belleza de una ciudad a la que el largo letargo del comunismo le evitó los destrozos de la especulación inmobiliaria.

Los barrios viejos, intactas joyas barrocas, han renovado los colores pastel de sus fachadas. Especialmente las de la calle Neruda, que no se llama así por Don Pablo el del Nobel, sino en homenaje a Jan Neruda, escritor checo del que tomó su pseudónimo literario un tal Efraín Neftalí Reyes, entonces desconocido cónsul de Chile en la Republica Checoslovaca de entreguerras. Ya ven, las cosas son a veces al revés de lo que parecen.

Tampoco el cambio climático es lo que parece: sus efectos le sientan bien a la primavera de Praga, pero sus consecuencias afectan gravemente a la economía y la geopolítica mundial. El Consejo de Seguridad de la ONU le dedicó una reunión monográfica el pasado 17 de abril, y aquí en Praga, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) se reúne para analizar la prevención de los futuros conflictos que el cambio climático va a producir al afectar de manera muy diferente a distintos países.

Al cambio climático deberá hacer frente el nuevo ministro de Estado francés de la Ecología y el Desarrollo Sostenible, A. Juppé, ex primer ministro de Chirac, recuperado después de haber cumplido su condena por financiación ilegal de su partido político.

Pero no a todos los europeos les preocupan tanto los equilibrios ambientales. El presidente de Chequia, Vaclav Klaus, conocido por su fobia antieuropeísta, es uno de los grandes negacionistas del cambio climatico. Neoliberal y proamericano furibundo, se alinea con las tesis anti-Kioto de Bush y apoya plenamente el despliegue del escudo antimisiles, en su país y en Polonia, que ha traído nuevos aires de Guerra Fría a Europa. Considera un disparate que la UE pueda avanzar en su integración política y no se recata en decir que Che-quia sólo está en Europa para acceder a las subvenciones que reparte.

Afortunadamente, ésta no es la opinión de la mayoría de los checos, pero, en lo que se refiere a seguridad y defensa, la mayoría de los países del Este (denominación que habría que revisar porque Viena esta bastante más al Este que Praga) confían mas en los EE UU que en la capacidad autónoma europea. Influyen en eso las experiencias de una amarga historia, desde la claudica- ción de Inglaterra y Francia ante Hitler en Múnich en 1938, que amputó los Sudetes de Checoslovaquia y la convirtió en un protectorado del Reich, hasta la dominación comunista simbolizada por la gigantesca estatua de Stalin que dominaba la ciudad desde lo alto de su castillo.

Pero los nuevos tiempos en los países que una vez estuvieron bajo el telón de acero han traído nuevas tensiones entre la UE y Rusia.

Esta tensión se manifiesta en múltiples contenciosos: el embargo ruso a la carne polaca, las represalias contra Estonia por el desplazamiento de un monumento a los soldados soviéticos caídos frente a los alemanes, el cierre de un oleoducto vital para el suministro energético de Lituania, el despliegue de misiles supuestamente interceptores de hipotéticos ataques iraníes en Chequia. Todos ellos, junto con la actitud rusa ante Kosovo y el problema de los derechos humanos y las libertades políticas en Rusia, han hecho fracasar, el pasado fin de semana, la cumbre de Samara entre la UE y Rusia.

En consecuencia, no se iniciarán las negociaciones para un nuevo acuerdo de partenariado y el vigente se prorroga un año más a ver si mientras tanto el panorama se aclara. Ese acuerdo es importante para la UE, muy dependiente de Rusia por sus importaciones de petróleo y gas. También para Rusia, que recibe de la UE el 70 por ciento de la inversión extranjera.

Por ello la Presidencia alemana ha hecho todo lo posible para evitar un fracaso que preocupa menos en Varsovia y en Praga que en Berlín y París. Alemania importa de Rusia el 40 por ciento de su gas y pronto será el 60 por ciento.Sus exportaciones a Rusia han crecido el 20 por ciento anual en los tres últimos años y comparten ambiciosos proyectos de suministro energético como el famoso pipeline bajo el Báltico que los actuales dirigentes polacos han calificado de nuevo pacto Ribentropp-Molotov.

Pero la solidaridad europea se ha impuesto, como pedía el PE. En Samara los problemas de Estonia, Polonia o Lituania con Rusia se han considerado como problemas de todos los europeos. Pero, como el cambio climático, ni sus causas ni sus consecuencias afectan a todos por igual y los límites de la solidaridad pueden cubrir de nubarrones la cálida primavera de Praga.

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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