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Nº 742 - 21 de mayo de 2007

Todo depende de los resultados de Aguirre, Camps, Matas y Sanz el 27-M

El destino de Rajoy, pendiente de ellos

Unos, porque su reelección puede influir de forma decisiva en el devenir del partido y de su propio presidente. Otros, porque de perder el Gobierno pueden acabar convirtiéndose en un lastre para el aspirante popular a La Moncloa. El caso es que cuatro de los barones territoriales del PP con mando en plaza, Esperanza Aguirre, Francisco Camps, Miguel Sanz y Jaume Matas, mantienen un estrecho vínculo con el líder del partido que va más allá de lo meramente orgánico e ideológico. De mejorar sus resultados electorales, la presidenta de Madrid se confirmaría como alternativa a Mariano Rajoy. De hacerlo el jefe del Ejecutivo valenciano, estaría en disposición de hacerse un hueco en Génova. Si los presidentes navarro y balear pinchan el 27-M, las expectativas de cara a las generales se verían seriamente dañadas..

Por Virginia Miranda

En momentos de debilidad política, las baronías se convierten en los reductos de poder más influyentes en el devenir de los partidos. Tras el fin del felipismo y hasta que José Luis Rodríguez Zapatero logró tomar las riendas del PSOE, la veteranía de los aún presidentes autonómicos Manuel Chaves, José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra les dotó de una autoridad dentro de la familia socialista que nadie desde Ferraz fue capaz de contrarrestar. De ahí lo de “los tres tenores”, un sobrenombre que daba idea de hasta dónde eran capaces de hacer oír su voz. Aunque el hecho objetivo es que el suyo era un poder territorial, representaba mucho más de lo que podía ofrecer una Ejecutiva Federal desorientada tras el fracaso electoral de 1996 y descabezada tras la marcha de Felipe González.

Eso no quiere decir que actuaran al unísono. De hecho, Ibarra apoyó a José Luis Rodríguez Zapatero en el 35 Congreso del PSOE y Bono se quedó sin la secretaría general del partido por un puñado de votos. Pero mientras han podido, esto es, mientras el líder socialista permaneció en la oposición, han seguido tutelando, aconsejando y reprochando las conductas de Zapatero, sabiendo que el desequilibrio de fuerzas les era favorable y les permitía ciertas licencias.

Las generales de 2004 les hicieron perder poco a poco sus prerrogativas. Bono aceptó formar parte del equipo ministerial de quien fuera su contrincante hacía ya cuatro años, pero ni por esas logró convencer al presidente de nada que no tuviera que ver con su cartera ministerial. Chaves aceptó sin sobresaltos el trasvase de papeles, y a cambio ha mantenido una importante representación andaluza en la Ejecutiva y en el Consejo de Ministros. E Ibarra no ha logrado asumir la política de Estado en materia autonómica y ha decidido retirarse, en vista de que sus quejas no han hecho mella en la determinación de Zapatero.

Mariano Rajoy está a punto de atravesar un recorrido político muy semejante. Aunque en su caso, se puede hablar de dos tipos de barones territoriales y de tres derivadas políticas, consecuencia de lo que logre cada uno de ellos en los comicios autonómicos del 27 de mayo.

 Tras el comienzo de la campaña electoral, el Centro de Investigaciones Científicas (CIS) hizo público su barómetro sobre intención de voto de los españoles. Según se desprende de la encuesta, dos autonomías gobernadas por el PP podrían cambiar de signo político. Se trata de Navarra, donde gobierna Miguel Sanz con las siglas de UPN –la marca de los populares en la Comunidad Foral– en coalición con CDN (Convergencia de Demócratas de Navarra), y Baleares, donde Jaume Matas mantiene mayoría absoluta gracias al escaño de AIPF (Agrupació Independent Popular de Formentera), que ahora se presenta en las listas de los populares –según el CIS, Coalición Canaria también podría perder el Gobierno de las Islas (ver más información sobre las elecciones del 27-M en las páginas 31 a 38: “Los Dossieres” de El Siglo)–.

Se da la circunstancia de que Navarra y las Illes Balears son, por muy distintos motivos, dos símbolos políticos del Partido Popular. Desde que ETA decretara el alto el fuego permanente y aún después de que el atentado de Barajas diera por roto el proceso de paz, los populares han querido ver en Navarra la moneda de cambio con la que el Gobierno de Zapatero satisfaría las pretensiones de la banda terrorista. De no ser lo suficientemente convincente como para hacer notar sus efectos en las urnas, su política del miedo, tan frecuente en época electoral, se volvería en contra del PP y de uno de sus principales argumentos de oposición al Ejecutivo socialista. Porque no sólo perderían escaños. Según el CIS, Nafarroa Bai, la coalición de partidos nacionalistas, se convertiría en la segunda fuerza política de la Comunidad Foral, superando incluso en número de votos al PSN de Fernando Puras. Su otra batalla con los nacionalismos también perdería fuelle.

La corrupción urbanística es una de las grandes lacras de la política municipal y de los partidos. Aunque todas las formaciones tienen en sus filas un puñado de ovejas negras que supuestamente se han enriquecido a costa del ladrillo, ninguna ha dudado en echarle en cara al contrario los desmanes perpetrados por alguno de sus alcaldes o concejales sin escrúpulos. El desencanto electoral repercutirá por tanto a las dos grandes fuerzas políticas, pero quien lo sufriría más directamente es Jaume Matas. El caso Andratx le estalló en la cara al president a finales de 2006; en la presunta trama de corrupción urbanística aparecieron relacionados altos cargos del Govern balear. La investigación judicial aún no ha concluido, pero su efecto sobre el aspirante popular a la reelección ha sido inevitable; ya no es uno de los barones del PP más valorados, y aunque según el barómetro del CIS es el candidato de Baleares que mejor puntuación obtiene, perdería la mayoría suficiente para evitar que el socialista Francesc Antich reedite el pentapartito que le permitió gobernar durante una legislatura en las islas mediterráneas.

Cualquier pérdida de una plaza importante se computará directamente en el debe de los grandes partidos. De materializarse el fracaso de Sanz y Matas que vaticinan las encuestas, Mariano Rajoy, que parte con la desventaja de estar en la oposición, deberá añadir a éste y otros inconvenientes para un candidato a las generales de 2008 el haber perdido dos autonomías por el camino.

El otro grupo de barones capaces de escribir algunas líneas importantes en el destino de Rajoy lo forman Francisco Camps y Esperanza Aguirre. Ambos representan el éxito autonómico del PP. Y precisamente por eso, los dos pueden convertirse en los “dos tenores” de Rajoy. Para bien o para mal. Habría sido precipitado suponerles semejante mérito cuando cada uno de ellos tan sólo se ha proclamado vencedor en una convocatoria electoral. Pero de revalidar su triunfo en las urnas, y así se desprende del mismo sondeo del CIS –los dos necesitarían mayoría absoluta si quieren evitar el previsible pacto de las fuerzas progresistas en sus respectivas autonomías–, se instalarían en una cómoda y holgada posición preeminente dentro de la formación, adquiriendo incluso los privilegios de los líderes territoriales con mando en plaza de una formación instalada en las filas de la oposición del Congreso de los Diputados.

Francisco Camps y Mariano Rajoy forman un buen tándem. Sobre todo desde que el líder del PP se pusiera de parte del presidente valenciano en su batalla fratricida con el portavoz parlamentario del presidente del partido, Eduardo Zaplana [ver recuadro, “Zaplana, el gran perdedor”]. Según los sondeos, Camps lograría de nuevo mayoría absoluta en las Cortes valencianas. Y por primera vez, supera la valoración registrada por su antecesor en 1999. Un barón así representa un aval electoral de cara a unos comicios generales y Génova podría reforzarse y renovarse –así se lo piden los sectores más moderados de la formación– con la presencia de un dirigente como el valenciano. Cada vez va tomando más cuerpo la posibilidad de que el PP celebre su próximo Congreso Nacional en otoño, y cada vez suena con más fuerza el nombre de Francisco Camps para ocupar una vicepresidencia en el partido, donde miran con buenos ojos la posibilidad de que el presidente de la Generalitat dé el salto a la política nacional.

El caso de Esperanza Aguirre podría ser el mismo si no fuera porque a la dirigente madrileña le sobran dotes y arrojo para batirse el cobre con Zapatero. Desde que accediera a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Aguirre se ha empleado con esmero en su política paralela de oposición al Gobierno socialista. Ella misma se definió como “el bastión del PP”, y hace tiempo que dejó de incomodarse a la pregunta de si aspira a suceder a Rajoy en la presidencia del partido. Por supuesto lo desmiente, pero si las condiciones son propicias, nadie en la formación podría la mano en el fuego para asegurar que la presidenta de Madrid no haría valer su éxito y sus contactos para seguir los pasos de su admirada Margareth Thatcher. Aguirre, de superar en escaños la suma de los diputados autonómicos del PSM e IU y mejorar su propia marca de 2003, estaría en condiciones no sólo de marcar su impronta en Génova 13, también de colocarse en una posición inmejorable en el próximo Congreso Nacional del PP. Ni el propio Rajoy podría ponerle freno sin provocar la reacción de sus incondicionales. Que son muchos, empezando por el ex presidente, José María Aznar. Así las cosas, la jefa del Ejecutivo regional estaría en una posición inmejorable para dar la campanada tras una posible derrota en 2008 y sacar al partido de una crisis.

El poder territorial se revela nuevamente como un factor a tener en cuenta en el devenir de los partidos. Y el destino de Rajoy pende de la suerte que corran estos cuatro barones. Los fracasos son malos compañeros de viaje, y los éxitos pueden convertirse en armas de doble filo.

Zaplana, el gran perdedor

Eduardo Zaplana, que logró meterse a la Comunidad Valenciana en el bolsillo durante su presidencia autonómica, se marchó para ser ministro y dejó su feudo en manos de Francisco Camps. Pero hete aquí que el valenciano ganó por si mismo unas elecciones y se sintió liberado de la tutela de su mentor para hacer política por cuenta propia. Zaplana, que es hombre precavido, se había asegurado de que algunos fieles velasen por su herencia porque nunca se sabe qué puede pasar y no fuera a ser que quisiera regresar a la capital del Turia. Tras el fracaso electoral del 14-M, el cartagenero sabía que no era momento de abandonar el barco, pero no le hacía ninguna gracia que su sucesor reclamara su independencia.

Así las cosas, a los problemas que se le iban acumulando a Mariano Rajoy se sumaron las públicas y notorias disputas entre zaplanistas y campistas. Su liderazgo apenas había durado el tiempo transcurrido entre el día en que Aznar le nombró sucesor y la noche electoral de 2004, y en su partido aún no le habían tomado en serio. A las disputas internas en las direcciones regionales en Madrid -entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón- y Galicia -las facciones enfrentadas eran conocidas con los sobrenombres del clan de la boina, liderado por el secretario general del PP de Ourense, Xosé Luis Baltar, y el del birrete, por el actual presidente del PPdeG, Alberto Núñez Feijóo- se sumaron las de Valencia, con el agravante de que era el ‘número tres’ de Rajoy quien las toleraba o alentaba desde Madrid. Los plenos municipales han sido escenario de constantes disputas. También la televisión autonómica y, más recientemente, la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM). En esta ocasión, como en tantas otras en las que la unidad del partido regional ha quedado en entredicho, el líder nacional se ha visto obligado a intervenir. Y como en el resto de casos, se ha puesto del lado de Camps. Ante la existencia de dos listas para la renovación de la caja, Rajoy intervino para que aquél se asegurara el control y Zaplana estuviera representado por el vicepresidente Armando Sala. El último -o penúltimo episodio- de la disputa surgió a propósito de la confección de las listas municipales. La balanza, nuevamente, se inclinó a favor de Camps gracias a la intervención del comité electoral nacional del PP, lo que causó gran malestar sobre todo en Alicante, la provincia donde tiene mayor predicamento el portavoz parlamentario popular. También hubo depuración en la lista del candidato autonómico a la reelección, donde sólo aparecen tres de los actuales consejeros afines a Zaplana. ¿Será este su fin político en Valencia o se guarda un as en la manga?

Gallardón, el enemigo en casa

La historia entre Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón es la de un amor imposible. Lo lógico y deseable hubiera sido que entre dos políticos que trabajan por y para el mismo partido en el ámbito de la Comunidad de Madrid hubiera habido buena sintonía. Sin embargo, las reconocidas aspiraciones del alcalde de la capital a presidir el Partido Popular -que tan mal fueron recibidas en Génova estando aún Aznar en la presidencia del Gobierno- y las que se le suponen a la jefa del Ejecutivo autonómico les mantiene enfrentados.

El momento de mayor tensión entre ambos dirigentes tuvo lugar hace tal sólo unos meses. La periodista Virginia Drake publicaba Esperanza Aguirre. Presidenta (La Esfera de los Libros) y los pasajes más jugosos comenzaron a aparecer en prensa. En el libro se recogen, por ejemplo, las quejas de la política madrileña por las supuestas “faenas” de Gallardón en vísperas del tamayazo y en días posteriores. Incluso describe así al alcalde: “Alberto quiere hacer creer a todo el mundo que él representa al centrismo [dice Aguirre que le explicó a Rajoy], y yo lo más rancio y conservador de la derecha. Reconozco que Alberto es cojonudo. Tiene a los medios de comunicación en un puño, vive para esto, es un político de raza, incansable... Pero yo no puedo estar de acuerdo con darles la píldora del día después a las niñas de 12 años, ni con una subida de impuestos... Nuestras diferencias son de concepción política, y yo entiendo que la de Alberto es conservadora. Lo que ocurre es que un día encargó una encuesta que le reveló que los madrileños eran de izquierdas y se convirtió en el progre por antonomasia”.

Como era de esperar, el contenido de la publicación irritó visiblemente a Gallardón, que ante las preguntas de si había leído el libro contestaba que lo haría “después de las elecciones”. No acudió a la presentación de la obra de Virginia Drake y, a pesar de que Aguirre le pidió públicas disculpas, le costó tiempo disimular su disgusto en los actos oficiales donde alcalde y presidenta, ambos candidatos a la reelección el 27-M, se han visto obligados a coincidir.

Otro de los momentos álgidos de su relación de pareja política mal avenida tuvo lugar en vísperas del congreso regional del PP de Madid, celebrado en noviembre de 2004. Su hasta entonces presidente, Pío García Escudero, había sido nombrado senador y decidió abandonar su dirección. En estos casos, de haber un presidente autonómico, es éste el candidato al cargo. Efectivamente, Esperanza Aguirre presentó su candidatura, pero no fue la única. El primer teniente de alcalde Manuel Cobo y hombre de confianza de Gallardón presentó una lista alternativa.

Rajoy intervino personalmente para que ambas candidaturas llegaran a un acuerdo, pero no fue posible -la presidenta no aceptó que Cobo fuera su secretario general- y la crisis de Madrid se convirtió en el culebrón político del momento. Finalmente, no hubo que esperar a la celebración del congreso regional para conocer el desenlace. Durante una reunión de la Junta Directiva Regional, las más de 50 intervenciones de la intensa sesión se hicieron a favor de Aguirre, que ya había logrado la mayor parte de los apoyos de las agrupaciones populares de las juntas de distrito. Manuel Cobo se vio obligado a presentar su renuncia, y Alberto Ruiz-Gallardón a reconocer su derrota, incluso a dar explicaciones y negar que este varapalo le abocara a presentar su renuncia como alcalde. Muchas y muy altas expectativas tenía depositadas en sus propias posibilidades como para haber dado por perdida la batalla en un primer asalto.

El 'efecto Corulla' por Enric Sopena


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