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| Nº 742 - 21 de mayo de 2007 |
Sobre ‘El imperio de la Vergüenza’, de Jean Ziegler La Iglesia con sus ‘patas de banco’ Por Mauro Armiño La reciente salida de pata de banco del arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián Aguilar, recuerda a quien no lo tenga como verdad, ésta sí que infalible, que la Iglesia católica, apostólica y romana española no deja de ser lo que era; irritados con la “memoria histórica”, Sebastián recurre a ella para hacer correr la especie de que la Iglesia no tuvo nada que ver con el dictador, que entraba bajo palio y festejado en todas sus catedrales; se habría limitado a aceptar la situación “como refugio de la dura persecución sufrida”, pero nadie habló oficialmente de Cruzada y el Vaticano tardó mucho en reconocer al Estado franquista, pues sólo envió su Nuncio hasta mayo de 1938. Si dicen esto, sin mucho tardar podremos oír que, pese a las fotos del cardenal Pla y Daniel bendiciendo cañones, los católicos también fueron mártires del franquismo. A Fernando Sebastián se le ha ocurrido, al hacer un análisis de la situación actual de la Iglesia española, resucitar del cementerio o del limbo en el que están partidos como Comunión Tradicionalista Católica, Alternativa Española, Tercio Católico, Acción Política y Falange Española de las JONS: en las próximas elecciones “se les puede” votar porque son fieles a la doctrina social de la Iglesias a pies juntillas: “No pueden ser considerados como obligatorios pero sí son dignos de consideración y de apoyos”. La conferencia completa puede encontrarse en la página web del arzobispado navarro: ahí se ve que no cambian la murga sempiterna de “tiempos de evangelización, tiempos de regeneración moral de la sociedad, ley moral natural” (?), etc. Y lamentará quien la leyere cuánto ha caído la prosa eclesiástica desde los tiempos del padre Feijoo –un asqueroso ilustrado, seguro– a éstos en que obispos y cardenales escriben, pese a su aprendizaje de latines, como cualquier oficial de juzgado o cualquier político, es decir, como lo que son. Sale al paso Fernando Sebastián, como Benedicto XVI en Brasil, de la “deserción silenciosa”: la Iglesia se queda sin clientela, según Sebastián, por las “corrientes teológicas que introdujeron fuertes tensiones doctrinales y prácticas”, citando entre los causantes a Cristianos por el Socialismo y a la Teología de la Liberación. Mucho tendrían que hacer estos grupos para hacer desistir a Sebastián de sus ideas, que tampoco son de hoy: sus Cartas desde la fe, de 2005, ya proponía algunas cruzadas: “Si nos callamos y dejamos que se vaya normalizando eso de que da lo mimo ser homo que hetero es posible que nos encontremos dentro de poco con una verdadera epidemia de homosexualidad, fuente de problemas psicológicos y de frustraciones dolorosas”. Fuerte baluarte, este Sebastián, de la cruzada vaticana contra la modernidad; no es coincidencia que se parezcan tanto los combates desde los púlpitos de los jerarcas eclesiásticos con lo que parece la batalla del nuevo papado: el laicismo, idea motora de parte de la conferencia de Sebastián. Fue el discurso que en Ratisbona pronunció el papa Ratzinger, y que provocó la ira de más de un gobierno islámico, lo que ha definido las líneas maestras del Estado Vaticano, repercutidas por todo el mundo por sus fieles súbditos (los Ilustrados ya veían que los representantes eclesiásticos eran delegados de un gobierno extranjero). Pero no en todos se obedecen con igual aquiescencia las consignas; la Iglesia española debe felicitarse por ir de la mano en su cerrazón con la hoja de ruta que a finales de marzo –mientras en el Senado se debatía el proyecto de ley del gobierno Prodi sobre el tema– seguía la Conferencia Episcopal Italiana con admoniciones a diputados y senadores: ni uniones de hecho, ni uniones de personas del mismo sexo, también en nombre de la “moral natural”, según la cual sólo tiene derecho a respirar la familia fundada en el santísimo matrimonio religioso. La norma no era de ayer, sino de 2003, dada por el dicasterio vaticano de la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando lo dirigía el entonces cardenal Ratzinger. Los casos de convivencia convertidos en casos de conciencia no son más que una de las ramas del denostado laicismo: el presidente de la Conferencia Episcopal y obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, pedía el pasado abril una “sana laicidad” donde “el Estado no considere la religión como puro sentimiento individual, susceptible a relegarse al ámbito privado”; y, acto seguido, se dedicaba a manipular los términos, al sí pero no; porque alguna acepción de laicidad pretende expresar “la separación total entre Estado e Iglesia”, lo cual supondría que la “Iglesia no tendría derecho alguno a intervenir en temáticas referentes a la vida y a la conducta de los ciudadanos”. Saltando de un nivel a otro, y utilizando comparaciones negativas, Blázquez concluía rechazando la laicidad, salvo la “sana”, en la que “el Estado no considere la religión como puro sentimiento individual, susceptible de relegarse al ámbito privado”. Cerrazón. No se da tanta cerrazón en otras iglesias europeas: en el capítulo de conquistas sociales, la derecha alemana ha iniciado una apertura notable: el CDU de Angela Merkel, en su programa del 8 de mayo, acepta en un punto “delicado” para la Iglesia, el de la familia, algún avance: aunque el matrimonio es “el mejor fundamento para el éxito familiar”, no es el único espacio familiar; en cuanto a las parejas homosexuales, “respetamos la decisión de personas que realizan su proyecto de vida en otras formas de pareja”, rechazan únicamente su derecho a adoptar: gran aberración para Fernando Sebastián. Toda discusión con la Iglesia es inútil, porque sus representantes hablan en nombre de la Verdad absoluta que les sopla Dios al oído todas las mañanas; así no hay discusión posible; por un lado esa Verdad celestial; por otro, para el terrenal, se hacen acompañar por los manes del emperador Constantino. En Francia ha jugado ese papel de dineros para la iglesia Sarkozy durante la campaña electoral. Para el ahora presidente, autor de La République et les religions (Cerf, 2004), la religión sería un servicio público, donde no tienen cabida, por supuesto, las religiones “otras”: humanistas ateos, agnósticos, etc., porque no tener religión o negarla sería señal de carecer de las cuestiones éticas. Sarkozy ha ido más lejos y plantea construir con fondos públicos los lugares de culto, en especial mezquitas, para compensar su déficit en esta materia frente a los católicos, que gozan del usufructo gratuito de las iglesias construidas antes de 1905, año en que Francia separa la Iglesia del Estado. No parece importarle que esté expresamente prohibido por la ley de ese año: “La República no reconoce, ni asalaria, ni subvenciona ningún culto”. ¿Sano o insano laicismo?: doctores tiene la Iglesia que os sabrán confundir –si os dejáis–. El problema quedó confuso al redactar la Constitución, aunque por el mero hecho de ser aprobada dejaba fuera de juego los acuerdos anteriores a esa fecha entre el Estado Español y el Vaticano. Han pasado casi treinta años, y esos acuerdos siguen pendiendo como espadas sobre la cabeza de los gobiernos. ¿Es tan complejo aseverar que la religión no es un servicio público? Lo son la instrucción, la cultura, la sanidad, y sólo las materias de interés general, comunes a todos, merecen financiación pública. En ciertas autonomías no hay dinero para sufragar servicios públicos generales pero sí para financiar generosamente, y no sólo desde la casilla de los impuestos, a instituciones, fundaciones, etc. de carácter religioso cuya finalidad, aparte de lo que digan en sus estatutos, no es otra que mantener en política las opciones más derechistas. No es de extrañar que el obispo de Huesca, Sanz Montes, en una Carta Pastoral de febrero, calificase de héroes a los participantes en las manifestaciones de los sábados del PP, pidiendo votar contra el PSOE y sumándose a la teoría de la conspiración del 11-M, punto éste en el que metía baza también, y por las mismas fechas, el cardenal arzobispo de Toledo, capaz de incluso de remedar a Ortega y Gasset: en una entrevista en el semanario ultraconservador Alba decía: “España será cristiana o no será España”, y por eso, rezando todos los días, ha consagrado el país “a la divina Misericordia y al Inmaculado Corazón de María” porque el gobierno Zapatero “ataca lo fundamental de la familia (…) y eso es la destrucción de nuestro futuro”. ¡Qué tiempos! Parece que no pasan, estancados en la ultraderecha vestida de púrpuras. |
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