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| Nº 742 - 21 de mayo de 2007 |
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¡Todos a las urnas!
por Santiago Carrillo E stamos a una semana de las elecciones municipales en toda España y de las autonómicas en un buen número de regiones. Implícitamente, la derecha está presentándolas como unas primarias que anticiparían las generales que aún tardarán un año en producirse. Aunque haya diferencias notables entre unas y otras, por razones obvias, lo cierto es que de algún modo éstas del día 27 van a tener un cierto valor indicativo del apoyo que la ciudadanía concede a cada una de las dos grandes tendencias –derecha e izquierda– que se disputan el gobierno de este país. La derecha defiende fundamentalmente intereses y por eso consigue unirse con relativa facilidad. Además suele tener el apoyo de la Iglesia católica oficial, también copartícipe de intereses parecidos. Esa Iglesia no es sólo un poder espiritual. Es también un poder fáctico, económico y político, con privilegios históricos en la sociedad española, que muchas veces no afectan a lo espiritual, sino a lo material. Cuando fue Primado de España, el cardenal Tarancón se esforzó en mantenerla al margen de las tendencias políticas, pero sus sucesores han vuelto a identificarla con la política de la derecha. Y ésta juega con ese factor. La izquierda defiende intereses más generales; pero sobre todo defiende ideas, valores políticos, sociales y culturales. Y por esto, suele ser más diversa, más difícil de unir y articular en un bloque. Por eso a veces juega con desventaja, en orden disperso y, a menudo, con ayuda de las leyes electorales que castigan la diversidad, un país con ma-yoría de votantes de izquierda termina dando el poder a la derecha. El votante de izquierdas suele ser más exigente con sus candidatos y a veces los partidos de izquierda utilizan métodos poco democráticos para designar a sus candidatos. A veces los designan a dedo, los improvisan o los cambian sin tener en cuenta datos que pueden ser muy importantes para lograr el voto. Los partidos, a veces, se sacan de la manga a candidatos desconocidos para el elector, pensando que basta el sello del partido para que obtengan el voto. Otras veces pueden equivocarse dando la candidatura a personas que, por demasiado conocidas, no inspiran la confianza del votante. La democracia interna de los partidos deja mucho que desear. Esto, que en los partidos de derecha puede no ser tan importante, lo es, y mucho, en los partidos de izquierda. Todo ello indica que la izquierda tiene mucho que mejorar y que debe prestar seria atención a sus programas y también a sus métodos de funcionamiento. Pero, aun reconociendo estos defectos –y lo digo como hombre de izquierdas, que no pertenece hoy a ningún partido, pero que como tal mantiene su compromiso de siempre con la izquierda–, en las elecciones del 27 hay que votar a las candidaturas de izquierdas que están comprometidas a gobernar juntas, aunque el candidato no nos entusiasme, aunque, como se dice vulgarmente, lo hagamos "tapándonos las narices". Nos jugamos mucho. Tal como está dirigido hoy el bloque de derecha que es el Partido Popular, no garantiza la culminación del proceso que se inició hace treinta años con la Transición democrática. Sus dirigentes se han opuesto radicalmente a todas las reformas democráticas realizadas en los últimos tres años. Han bloqueado el proceso de paz en Euskadi; se han opuesto a los nuevos derechos civiles; a la consolidación y desarrollo del Estado de autonomías; desmontan el Estado del Bienestar facilitando la privatización de la enseñanza y la sanidad, y han creado una tensión política que los españoles creíamos superada para siempre. El día 27 tenemos que votar a izquierda. No debería perderse un solo voto de izquierda. La abstención sólo favorece el retroceso político y social. ¡Todos a las urnas! |
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