Nº 742 - 21 de mayo de 2007
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'Golfowitz' y su novia

por Miguel Ángel Aguilar

Erase una vez Wolfowitz, un neocon que oficiaba de suministrador de retórica para la guerra de Iraq. Sus textos hablaban de una guerra que cambiaría el mapa de Oriente Medio. Se trataba de acabar con tanta mediocridad temerosa y dar el salto adelante. Iraq sería el faro que iluminaría las transformaciones necesarias. A partir de ese país convertido en democracia ejemplar con efectos contagiosos cambiaría todo el mapa, se resolvería el conflicto israelo-palestino y las nubes se levantan y los pajaritos cantan.

El caso es que los pronósticos de la recepción de los soldados americanos con banderitas, en plan bienvenida a los liberadores, quedaron incumplidos. El presidente George W. Bush disfrazado de piloto de combate aterrizó sobre la cubierta del portaaviones Abraham Lincoln para dar la buena nueva de mission acomplished pero semejante declaración cayó en el vacío y siguieron sucediéndose los desastres. Se sucedieron los campos de Abu Ghraib o de Guantánamo, los vuelos de la CIA, los atentados, la instalación de Al Qaeda en Iraq y la exacerbación de todos los conflictos de partida en la región, mientras crecía la lista de bajas propias, que ya se acercan a cuatro mil.

Entonces, pareció el momento de prescindir de Wolfowitz para quien se buscó una alternativa suculenta como "agradecimiento por los servicios prestados", en la presidencia del Banco Mundial. La Casa Blanca tenía suficiente poder de convicción para superar todas las objeciones que suscitaba un candidato cuya ejecutoria en absoluto favorecía ese nombramiento. Los países aliados, empezando por el Reino Unido, otras veces tan exigente, aceptaron la propuesta y la prensa en otras ocasiones insobornable se abstuvo de formular críticas. Ninguno de los grandes rotativos, desde el Financial Times hasta el The Wall Street Journal, tuvo objeción alguna que presentar. Todos se esforzaron por dibujar el perfil más favorable del candidato y optaron por hacer de la necesidad virtud.

Luego vimos a Wolfowitz enseñando los dedos del pie que asomaban de entre unos calcetines rotos cuando hubo de descalzarse para entrar en una mezquita conforme a lo prescrito. La rareza de la foto impulsó que fuera recogida en las primeras páginas de la prensa internacional. El presidente del Banco Mundial se presentaba como un ser humano, casi desvalido, incapaz de disponer de calcetines en buen estado. Todo fueron plácemes por algunos días, en medio de comentarios benignos que quisieron pasar de la anécdota a la categoría. Pronto sobrevino otra confirmación al saberse que Wolfowitz tenía novia.

Nada que objetar. Otra cosa es que la novia fuera favorecida por el novio a cuenta del Banco Mundial. Porque las novias se deben tener por sí mismas o si son mantenidas han de serlo por la cuenta particular del novio, nunca con cargo a la empresa para la que se trabaja. Proceder así es tramposo. Va contra el principio de la libre competencia, supone un abuso de posición, impide el libre juego del mercado de novias, lo distorsiona de modo inaceptable. Si unos pudieran tener la novia por cuenta de la empresa y otros sólo a sus propias expensas, se establecería una desigualdad perniciosa que impediría saber qué novias lo son por la capacidad de conquista amorosa del novio y cuáles proceden más bien del confort económico que reciben en la nómina, sin coste alguno para el ennoviado.

Estaríamos así ante una versión modificada de aquel proverbio que rezaba lo de que "para chulo yo y para pegarse mi padre" o ese otro de que "con ayuda de un vecino, mi padre mató un cochino". Podría decirse, en definitiva que "para novio yo y para mantener a mi novia la empresa". En nuestro caso, nada menos que el Banco Mundial. Además, ¿por qué tanto escándalo cuando lo de Mónica Lewinsky, que no costó un céntimo al erario público, y tanta tolerancia ahora con la novia de Wolfowitz, colgada de los presupuestos de la institución que tan indignamente preside?

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