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Gallardón y Aguirre se enfrentan en las primarias Las elecciones del 27-M en Madrid, en la ciudad y en el orbe comunitario, pueden calificarse de primarias en segunda derivada si se me permite una aparente contradicción de términos. Sin embargo, no es muy propio hablar de primarias en el resto de España. Este término importado de USA se aplica a las elecciones dentro de un mismo partido para competir por los escaños de la Cámara de Representantes y el Senado, por las poltronas de los gobernadores de los Estados de la Unión y por el Despacho Oval de la Casa Blanca. Si queremos proyectar los resultados del 27-M a las generales sería más acertado calificar aquéllas de “previas”, “primeras” o “indiciarias”. En la mayor parte de los ayuntamientos y comunidades autónomas las elecciones no son ni previas, ni primeras ni primarias, sino propias, y en ellas contarán más la fe, la esperanza o los resultados de los candidatos que la opinión de cada cual sobre las listas de ANV o sobre la calidad de vida de José Ignacio de Juana Chaos. Todo ello sin perder de vista que el resultado de cada barón local puntuará en su carrera nacional. Afortunadamente, no se dan las circunstancias para que unas elecciones municipales provoquen un cambio de régimen como ocurrió en las de 1931, que trajeron la II República. Primarias, primarias, lo que se dice primarias, sólo las disfrutaremos en Madrid, donde se dirime algo más que los altos sillones de la Plaza de la Villa o de la Puerta del Sol, dadas las escasas posibilidades de las oposiciones y las incógnitas sobre el futuro de Rajoy. Lo más morboso de las madrileñas es la guerra de sucesión, sorda pero feroz, entre Aguirre y Gallardón para sustituir al presidente del partido si éste fuera batido en las urnas como está cantado salvo catástrofe terrorista. El gallego que, al parecer, comparte la alta probabilidad de su derrota, estima sin embargo que tiene derecho a otra oportunidad y recuerda que José María Aznar sólo alcanzó La Moncloa tras la tercera embestida. El presidente del PP, según me cuenta gente de su entorno, estima que hasta ahora sólo ha sufrido una derrota ,que atribuye a Aznar, que la próxima sería la primera a la que tendría derecho por méritos propios y que nadie le puede negar otra oportunidad. Eso sería lo justo, pero la justicia no siempre se impone en el navajeo partidario. Sus posibilidades dependen en buena medida del tamaño de su derrota. Sin embargo se constata un hecho inquietante y es que cada encuesta muestra, junto al empate técnico con el PSOE, la escasa valoración personal del candidato del PP incluso por los votantes de su partido; cosecha suspenso tras suspenso con notas en descenso, lo que quiere decir que no aporta plus alguno a su formación, sino más bien alguna minusvalía. Y no será porque el gallego no actúe y hasta sobreactue en perfecta formación con Acebes, Zaplana y Aznar quien, desde FAES, sigue marcando el paso. No puede decirse que Mariano Rajoy sea el hombre de la situación, como se decía antes de la guerra. Gente hay en el PP que sostiene que, tras la derrota anunciada, será el ex presidente quien volverá a elegir al sucesor del sucesor o, al menos, quien se reserve la colocación de una bola negra a quien no sea de su agrado. ¿Tiene alguna posibilidad Rodrigo Rato? El director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) que se sentía el sucesor natural de Aznar y a quien éste descartó pudiera aspirar a postularse en caso de que Rajoy tenga que abandonar la contienda. Cuando se celebren las elecciones generales aún le quedaría un año para concluir mandato en el FMI pero Rato ha hecho notar a sus colaboradores la posibilidad de abandonar Washington antes si las circunstancias lo aconsejan. Hay anécdotas que expresan los esfuerzos del ex vicepresidente económico por ganarse la voluntad de su antiguo jefe o al menos por conseguir su neutralidad. En la carrera disputada entre Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre ésta parece llevarle ventaja salvo que pierda la Comunidad. El candidato que tendría mas posibilidades en las urnas de la nación, Ruiz-Gallardón, cuenta con escasas posibilidades de salir a hombros de sus compañeros en el consiguiente Congreso, salvo que la derrota del registrador fuera tan estruendosa que provocara la catarsis. Los partidos no propenden al suicidio pero tienen que vérselas muy mal para elegir a quien genera tantos odios en los extremos. Los ultras del PP no mandan en las urnas, pero sí en las palancas del poder. José García Abad |
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