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Nº 741
14/5/2007

Rajoy o la falta de coraje

En las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre de 1984, la candidata a la vicepresidencia por el Partido Demócrata, Geraldine Ferraro –congresista por Nueva York– tuvo que sufrir un auténtico calvario, político y mediático, por ciertas irregularidades de ella y su marido, el promotor inmobiliario John A. Zaccaro, respecto a una defectuosa declaración de renta, la correspondiente al año 1978.

Aunque no fue descabalgada del ticket demócrata –que encabezaba Walter Mondale–, Ferraro soportó como pudo los ataques que contra ella lanzaron entonces influyentes medios de comunicación, como Newsweek, que fue la revista que publicó la noticia. El escándalo se saldó con todo tipo de explicaciones por parte de Ferraro y con unas palabras en su favor de Mondale, quien hizo de la necesidad virtud.

Puntualizó que el proceso había sido especialmente duro pero resaltó que su compañera de candidatura "había demostrado cualidades de liderazgo". El matrimonio saldó sus deudas con Hacienda, lo cual no le impidió a Ronald Reagan vencer holgadamente en las urnas. Por cierto, a ese triunfo contribuyó Rupert Murdoch, propietario a la sazón del New York Post. El diario conservador difundió una historia pánica: la supuesta relación de los progenitores de Ferraro con gangsters de los años cuarenta. El portavoz de la candidata no se mordió la lengua: "Es mierda. Pueden ponerlo así en los titulares".

En Estados Unidos uno de los valores democráticos que siguen manteniéndose más o menos al alza, en el mercado de la opinión pública, es el de la transparencia. Sobre todo, la transparencia relativa al dinero. Esta virtud también empieza a formar parte del paisaje político español. No parece, sin embargo, que Mariano Rajoy lo haya entendido. O no lo ha entendido o no quiere entenderlo.

Aceptando la premisa de que Rajoy no da la impresión de estar implicado en asuntos económicos turbios, lo cierto es que su comparecencia en TVE, en el programa de preguntas de los ciudadanos –del que salió formalmente bien parado, siquiera en cuanto a proyectar su dimensión más tranquila–, le ha creado un problema escasamente agradable, que puede tornarse espinoso y hasta grave si no lo resuelve pronto y bien.

Frente a la pregunta "cuánto cobra Vd., Sr. Rajoy?", el aspirante del PP a la presidencia del Gobierno se escabulló sin precisar cantidad alguna. Fue recriminado por ello al día siguiente del mencionado programa. De inmediato se pasó no obstante página y todo parecía indicar que la cuestión había desaparecido del escenario sin mayor estruendo. Hasta que a mi colega y amigo Miguel Ángel Aguilar le dio por hurgar en los recovecos que conducen a la profesión civil de Rajoy, que es la de registrador de la Propiedad, con sede en Santa Pola.

¿Ha cobrado y continúa cobrando de ese despacho de registrador, aunque el cobro sea legal? ¿Es verdad que, siendo ministro de José María Aznar, Rajoy aprobó un Real Decreto que facilitó económicamente su situación de registrador en excedencia? ¿Es compatible ser ministro y, en la actualidad, diputado y seguir siendo el registrador titular de Santa Pola, con un amigo que lleva el Registro? ¿Cómo se distribuyen las ganancias que proporciona el Registro de esa localidad alicantina y que algunos observadores fijan en unos 300 millones de las antiguas pesetas?

Rajoy se equivoca cultivando el silencio. Su mutismo le perjudica. Nadie le ha acusado de corrupción alguna. Sí se le acusa, en cambio, de oscurantismo. De miedo a revelar la verdad de sus ingresos. En definitiva, de falta de coraje. ¿Por qué?

Enric Sopena

 
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