La negociación con ETA es una idea fija del Rey
Algún periódico ha tachado de ligera y
poco meditada la intervención del Rey en la Dirección General de la Guardia
Civil. Se comprende que sus palabras no gusten al PP, empecinado en boicotear
la política antiterrorista de ZP, pero ni son ligeras ni poco meditadas. Por el
contrario, lleva predicándolas desde hace una década.
Recuerdo la que se armó el 6 de enero de
1999 en la recepción celebrada en palacio con motivo de la Pascua Militar, en
circunstancias similares a las del pasado miércoles con ocasión de un acto en
la Dirección General de la Guardia Civil. Presidía entonces el Gobierno José
María Aznar y ETA acababa de anunciar una tregua que rompería en noviembre de
aquel año. Unas horas antes de iniciarse la recepción pascual, una treintena de
encapuchados había lanzado más de 40 cócteles molotov contra las viviendas de
la Guardia Civil en el municipio vizcaíno de Getxo. Mientras Aznar lanzaba
amenazas a la banda desde un corrillo, el Rey comentaba ante su auditorio
periodístico: “A pesar de lo de anoche en Bilbao (en alusión al atentado de
Getxo) hay que seguir con los contactos. Lo que no digo es cómo. En estos
momentos hay que tener tranquilidad, generosidad y sosiego”. Los periodistas
estamos acostumbrados a las confidencias que el Rey formula a la pata la llana
y que se consideran off the record, pero en esta ocasión un compañero preguntó:
“¿Podemos publicar esto?”. Y el Rey contestó sin dudarlo un segundo: “Sí,
podéis publicarlo”. A unos metros de allí, José María Aznar mantenía firmemente
la postura contraria.
Ya en tiempos de Zapatero, con motivo de
la inauguración de la nueva sede de Aguas de Barcelona, el Rey impartía
idéntica doctrina que tuve la oportunidad de escuchar. Don Juan Carlos alabó
los propósitos negociadores de Zapatero y los de Tony Blair en el Ulster al
tiempo que reconocía las diferencias entre ambos procesos, las dificultades
comunes y la paciencia necesaria para persistir en un proceso que podría durar
diez años. Casi lo mismo que el monarca dijo el pasado miércoles en la
Dirección General de la Guardia Civil sin micrófonos pero on de record al
comentar el acuerdo alcanzado en Irlanda del Norte que ha permitido la
formación de un Gobierno integrado por católicos y unionistas. “Hay que
intentarlo –dijo con clara alusión al proceso español– aunque no se consiga,
pero si se consigue, se consigue”.
El Rey dosifica sus mensajes
“significativos” pues su papel neutral le condena a proferir discursos
aburridos de alabanza del bien y condena del mal que se someten a la lectura
previa del presidente del Gobierno. Cuando alguno supera la barrera del tedio
provoca el escándalo, como ocurrió en la Pascua Militar de 1985, no en
corrillos, sino en discurso oficial. El Rey apoyaba la opción de Felipe
González para el ingreso en la OTAN. Sin mencionar la Alianza Atlántica ni sus
siglas Don Juan Carlos se referió a “la necesidad de conseguir la paz y evitar
el aislamiento”. Aquella palabras provocaron la indignación de Julio Anguita, a
la sazón coordinador de Izquierda Unida, quien dijo que lo que tenía que hacer
el Rey, en cumplimiento de su papel constitucional, era callarse. Sin embargo,
el mismo Anguita aplaudió calidamente las aludidas palabras del monarca en 1999
a favor de las negociaciones con ETA.
El soberano recibió las críticas de la
izquierda aunque no explícitamente las del PSOE, por no decir nada inteligible
respecto a la guerra de Iraq a la que se opinía la mayoría ciudadana, aunque se
expresó con algunos gestos y silencios que daban a entender su desacuerdo con
Aznar.
La función moderadora es uno de los pocos
“poderes” atribuidos al monarca y es tan difícil de ejercer como esencial en la
monarquía parlamentaria. Don Juan Carlos puede ejercerlo con prudencia y
sabiduría dada su incomparable experiencia adquirida a lo largo de seis
presidentes de Gobierno más Franco, del que aprendió muchísimo. Debe ser
neutral y sobrevolar la lucha partidaria pero no se le puede reducir a la
condición de un vistoso muñeco. Si hay un asunto que debería estar por encima
de las luchas políticas es el del terrorismo. Lo que resulta insólito es que el
principal partido de la oposición no colabore con el Gobierno en este terreno.
No es el primer caso pues, como es sabido, ya lo utilizó Aznar para llegar a La
Moncloa rompiendo el consenso respetado hasta entonces. Imploro a mis dioses
que nos devuelvan una derecha centrada y civilizada como la que encarnó Adolfo
Súarez y garantizó la Unión de Centro Democrático.
José García Abad
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