Hemeroteca Esta semana
Lista Pensamiento
Buscador
Nº 740 -7 de mayo de 2007

Sobre ‘El imperio de la Vergüenza’, de Jean Ziegler

Cacerías con fundamento y sin él

Jean Ziegler solo ha escrito libros comprometidos. Como su vida. Quien lee un libro suyo, un artículo o una entrevista, no puede dejar de lado la preocupación. Su último libro se titula El Imperio de la Vergüenza y tiene, como todos los suyos, una importante carga de denuncia, sin renunciar en ningún momento al didactismo, incluso entregándose a él porque es, sobre todo, un libro que enseña. Profuso en datos y en narraciones de sus vivencias a lo largo y ancho del mundo, establece no obstante comparaciones con el espíritu que impulsó a importantes personajes de la Revolución Francesa.

Por Mauro Armiño

Por si no estábamos cansados de la Guerra Civil como materia para novelistas o escribidores de todo tipo, –alguno excelente, la mayoría mediocres sumándose al carro con unas cuantas historias recogidas de labios de abuelos, parientes o vecinos–, la moda parece ampliar sus horizontes: códigos falsamente históricos señalan con su éxito de ventas el camino, y parece que ya no hay novela que no sea híbrido de realidad e historia. A esta sección se apunta la primera novela de Jon Juaristi, un interesante poeta que cultivaba el prosaísmo en la línea de Ángel González, pero con profundas cargas de ironía y burla en sus poemas.

Con La caza salvaje (Planeta) Juaristi, que ya había intentado el ensayo de corte histórico para desmantelar las bases ideológicas del nacionalismo vasco, vuelve a ese ámbito ideológico, que ya le fue premiado por otra editorial del mismo grupo: El bucle melancólico (Espasa). Y si recuerdo este título es porque la actual novela y el viejo ensayo (1999) tienen una raíz común: la visión de los nacionalismos en general –y del vasco y la herencia dejada por Sabino Arana en particular– como peligrosas amenazas.

Es difícil, desde luego, hacer una carrera tan veloz , atropellada y dispar como la de este bilbaíno de sobra conocido en la vida política; pero no estará de más hacer un resumen: empezó estudiando en Lejona en un colegio del Opus Dei, pasó a los 16 años a formar parte de ETA, militó luego, sucesivamente, claro, en el Partido Comunista, en Euskadiko Ezkerra y en el Partido Socialista, para terminar convertido en alto cargo de los dos gobiernos de Aznar y del PP: director de la Biblioteca Nacional y del Instituto Cervantes; en ninguno de esos cargos hizo nada brillante, pese a lo cual, –o quizá por eso mismo– Esperanza Aguirre le nombró para una misteriosa utopía, es decir, que no tiene ni ha lugar: el aparato cultural encargado en 2005 de difundir a los cinco vientos desde la comunidad madrileña la fama y fortuna del Quijote. Para rizar el rizo de su volubilidad, en materia de ideas religiosas ha pasado del catolicismo de su infancia al agnosticismo y, por último –aunque su edad todavía puede permitirle algún volatín más–, al judaísmo, conversión en la que no es el primero: Cansinos Assens ya se hizo judío sin serlo de etnia. No es que importe, pero esa conversión no ha dejado de tener, a diferencia del poeta de El candelabro de los siete brazos, consecuencias peregrinas, como un reciente prólogo machadiano de Juaristi en el que intenta descubrir a un Machado, cuyo apellido de origen portugués –cierto– le enlazaría con los marranos; hace además antropología histórica comparando los heterónimos de Pessoa con los seudónimos de Machado: pero el Juan de Mairena en el que se esconde el poeta sevillano no tiene nada que ver con la percepción casi existencial que Pessoa tiene de sus heterónimos; ni cabe calificar el escepticismo enraizado en las corrientes filantrópicas del XIX, en el idealismo kantiano, etc. del autor de Campos de Castilla, como “la ausencia del dios que no dice su nombre”, es decir, Yaveh, el dios de los hebreos. La deriva de Juaristi por ese camino llega al dislate.

Cajón de sastre. Aquí, en la novela La caza salvaje, un batiburrillo de cosas traídas de acá y de allá, en “pura impura mezcla”, estalla mejor que en el ensayo, porque la ficción le permite saltar desde el trampolín sin red. Para empezar, Juaristi nos sirve la leyenda, el mito fundacional de una raza de guerreros a los que nada importa pelear con los dioses aunque siempre salgan derrotados, porque siempre renacen. Suma a ese mito otra leyenda, la del cazador maldito, de raíz indoeuropea, y ambas se hacen carne en una especie de “vasco errante”, un cura nacionalista llamado Martín Abadía que empieza luchando con los gudaris al lado de la República y termina herido y muerto por un rayo: el propio Juaristi, vuelto personaje de su nivola a lo Unamuno, y mientras Tejero asalta el Congreso de los Diputados, recoge de entre sus cenizas el cuenco de afeitar en que están simbolizadas, en las primeras páginas, las esencias hispánicas.

El hilo conductor de Martín Abadía hace recorrer al lector los principales avatares de la historia europea de los sesenta últimos años del pasado siglo. Ese vasco errante colaborará en Francia con los nazis durante el petainismo –la historia ha certificado el colaboracionismo de los nacionalistas vascos en el exilio: véase La depuración, de Herbert Lottman (Tusquets, 1998)– y con la Gestapo, para pasar al campo opuesto y ayudar a Tito en Yugoslavia, volver a España, militar en el antifranquismo y luego en ETA. Todo ello surtido de mil y un peripecias que recuerdan las novelas de acción de Pío Baroja (Aviraneta), si no fuera porque el autor de La busca tiene más potencia narrativa y se ciñe a la aventura sin ningún exhibicionismo con pretensiones de lección de historia y antinacionalismo en que Juaristi termina convirtiendo su trama.

Hay, por supuesto, otras figuras  reales, fácilmente reconocibles, que Juaristi contempla con pluma burlona, como el psiquiatra cordobés Astilla del Fresno (Castilla del Pino), Unamuno, Caro Baroja; y otras quizá algo menos evidentes: la peripecia de su ayuda a los judíos para quedarse con sus propiedades y luego denunciarlos a la Gestapo recuerda un pasaje de la vida del periodista César González Ruano, que en sus confusas pero muy interesantes Memorias no logra despejar la duda de su veracidad; historias divertidas son también la carta a Hitler, denunciando a Franco por traidor, o la visita de Coros y Danzas, con su jefe, Pilar Primo de Rivera, a Berlín.

A partir de este personaje infame, en el que prima únicamente la moral del guerrero, la lucha por la vida, con sus secuelas de traiciones, mentiras y engaños, Juaristi encadena comportamientos sustentados en esa actitud cazadora a diestro y siniestro, sin que psicológicamente consiga adelantarnos algo sobre las raíces de esa maldad intrínseca; Martín Abadía se vuelve encarnación de muchos personajes, ideas y frentes dispersos, pero el blanco apuntado es, sobre todo, una amalgama de ideas y representaciones de la Iglesia y de la política vascas. Simplificando de este modo, distorsionado, el personaje se vuelve de madera, es un títere que el novelista pasea por donde quiere sin más pretensión que demostrar las maldades intrínsecas de los nacionalismos, en cuyo caldo de cultivo pueden brotar, mitológicamente, fascismos y fundamentalismos que sólo tienen por misión el terror.

Hay demasiada elucubración en la novela, un abuso de erudiciones traídas sin venir a cuento, suficientes diálogos discursivos como para que el lector no vea asomar, por debajo de la puerta, la patita del arrepentido de todo que ha terminado acogiéndose a la “fe antigua” del judaísmo en materia religiosa, y al amparo político de… Esperanza Aguirre: tanta historia y tanta invención para terminar colocado a la derecha de su protectora, esa presidenta de comunidad, quien gusta de rodearse de personajes más confusos y difusos que claros: no hace mucho, Juaristi ponía en sus palabras, en un acto presidido por la Aguirre, la píldora militarista: animado por las circunstancias del 11-S afirmaba que si España es débil lo es porque su Ejército no tiene la fuerza suficiente; suficiente, ¿para… qué?

Juaristi juega con la distancia, con el remedo de situaciones novelescas conocidas –el inicio, donde el maestro Unamuno en las cuevas de Altamira arroja contra la roca el cuenco no deja de recordar una escena del Ulises joyciano–, pero en ningún momento levanta un vuelo de ficción, lastrado como está el autor por su pretensión de vehicular ideas: devoran al personaje, cuyos saltos cansan además de no estar bien imbricados. Para colmo, y esto sí que puede exigirse del autor, al lenguaje le falta narratividad, es pobre y está mal articulado, cosa que el profesor de Filología Juaristi debiera conocer con algo más de brío.

Hemeroteca Esta semana
Buscador

© El Punto Prensa, S.A. Plaza de España, 18 28008 Madrid.
Tfno: 34 91 516 08 14/15/08        E-mail: siglo@elsiglo-eu.com