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Nº 740 - 7 de mayo de 2007

La erótica del poder

"En 'Interviú' he encontrado lo que llevaba mucho tiempo buscando: la erótica del poder"
María Dolores Jiménez, teniente de alcalde de Lepe (Huelva

por Joaquín Leguina

Tengo ante mí el reportaje gráfico que Interviú le ha hecho a la señora teniente de alcalde lepera, quien se teme –eso dice ella– que tras ver las fotos hagan algún chiste de Lepe a su costa. Es posible lo del chiste, pero más probable será que esas fotos, donde ella aparece –muy hermosa, por cierto– con muy escasa vestimenta sirvan a otros fines gozosos, sí, pero más íntimos y solitarios. En cualquier caso, resulta chocante que una chica, ingeniera, divorciada, con una hija pequeña, concejala independiente en las listas del PP... se preste a salir desnuda (más o menos, porque las fotos no son del todo explícitas) en dos revistas, primero en una local (Lepe urbana) y luego en Interviú. En efecto, es raro y, como todo hecho raro, llama la atención. Sin embargo, a la exhibición de un "cuerpo serrano" se añade, sin duda, el morbo que provoca el hecho de que ella ocupe un cargo público de gobierno... y ade- más en un Ayuntamiento gobernado por el PP.

Preguntada la señora Aguirre (presidenta de la Comunidad de Madrid) –acerca de la exhibición corporal de la moza lepera– ha asegurado que lo encuentra normal y que ella misma estaría dispuesta a dejarse ver de tal guisa... "si estuviera en edad", ha añadido. Hay en la respuesta de la madrileña cierto toque coqueto, provocador y con estilo que no deja indiferente a la imaginación del espectador. ¿Es esto la erótica del poder?

Pero, ¿qué es "la erótica del poder"?

Algunos piensan que la erótica del poder no es otra cosa que el plus de prácticas amatorias que consiguen para sí mismos quienes, de una u otra forma, ostentan algún poder. Los emparejamientos o ligues de talludos propietarios de grandes fortunas con jóvenes y hermosas mujeres no sería sino la muestra más explícita de esa erótica del poder... pero siempre nos quedará la duda de si esos ligues, aventuras o matrimonios son la conclusión de la atracción sexual que sienten las guapas hacia los poderosos o, más bien, es el resultado de una atracción, sí, pero más prosaica: la que sienten esas atractivas muchachas por los placeres y la holganza que procura el dinero. La atracción sería, pues, más debida a denarios que a eros.

En cualquier caso, lo que no podemos aceptar son las palabras de María Dolores que encabezan estas líneas, pues si para encontrar la erótica del poder ha tenido que enseñar os populi una parte de sus atributos femeninos, es que el poder, su poder, poca erótica suscitaba. Su cuerpo, como bien dicen en su tierra, tendría poderío, pero eso no es el poder.

A mi entender, la erótica del poder es cosa bien distinta, a saber: la atracción absorbente que ejerce sobre la conciencia de algunos individuos el ejercicio del poder, la tenencia del poder. No es una erótica en sentido literal, sino, precisamente, lo contrario: es la sustitución de eros por otro placer, el placer del mando, el gozo del dominador. En suma, es una perversiór que han padecido todos los dicta. dores y otros muchos que no lo sor ni lo han sido, pero que –todo ellos– encuentran un extraño placer en dominar o, en términos menos brutales, les produce gozo dirigir, liderar. Un placer que puede provenir de la exhibición de la fuerza o, más civilizadamente, del arrastre que produce la propia palabra, la palabra del líder, sobre los demás, sobre las masas.

Pero el atracón de poder que se dieron en vida –sobre los cadáveres de millones de personas– tipos como Hitler o Stalin no parece que hiciera de ellos buenos amantes. En efecto, es fama que a ambos monstruos ese asunto no les quitaba el sueño, se conformaban con mirarse al espejo y verse allí en todo su esplendor. Tampoco Franco u Oliveira Salazar tuvieron ninguno de los dos fama de rijosos, más bien la tuvieron de pichafría en la versión más meapilas y onanista de su condición masculina.

No fue ése, al parecer, el caso de Napoleón, quien siempre encontraba acomodo –cuartelario o palaciego– para sus abundantes prácticas amatorias. Aunque es cierto que, a veces, se le olvidaba la cita que tenía a dos pasos, en el lecho imperial, y seguía preparando hasta el alba, en la antesala, la próxima batalla. Mas, sea como sea, Bonaparte tenía en su bien amueblada cabeza muchos más registros que los que pudieran tener esos cuatro tarados mentales, los cuatro dictadores que he citado más arriba.


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