El problema es interno
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as elecciones municipales y autonómicas de 1995 dépararon unos resultados favorables a Izquierda Unida. Julio An-guita se hallaba entonces en su apogeo. La famosa pinza -diseñada por Pedro J. Ramírez- proporcionó réditos sustanciosos a José María Aznar en términos electorales. La caída del PSOE, castigado severamente por algunos escándalos y por el caso GAL, manipulado "sin complejos" desde Génova 13, beneficiaba claramente a los abstencionistas y a IU. Y, por descontado, a la derecha, que se permitía además el lujo, o la osadía, de presentarse como justiciera.
Los comicios de hace ahora doce años supusieron un vendaval conservador en la mayoría de las capitales de provincia y en no pocas comunidades. De manera arrolladora cayeron en manos del PP varios Gobiernos autonómicos. Uno de los más significativos fue el de la Generalitat Valenciana, que a partir de ese año ha conseguido mantenerse bajo el control de la derecha. Eduardo Zaplana, en una carrera meteórica -iniciada como alcalde de Benidorm, gracias a haber comprado a Maruja Sánchez, edil tránsfuga del PSPV-, llegó en 1995 a la presidencia, en virtud de un pacto con Unió Valenciana, un partido en el límite de la extrema derecha.
Asturias también fue conquistada por los conservadores, a pesar de que la suma de votos socialistas y de IU sobrepasó el 50 por ciento. ¿Cómo pudo ocurrir tal anomalía, si se tiene en cuenta la sólida tradición izquierdista asturiana? Sucedió porque se impuso la lógica de la pinza. Gaspar Llamazares era, en ese tiempo, el líder de IU en Asturias y número 1 de la lista de su coalición. En este juego perverso -en el que el PSOE pasó asimismo factura a IU- también las izquierdas perdieron Málaga, que continúa gobernada por el PP, y Córdoba. Asturias regresóal redil progresista en las siguientes elecciones. Lo hizo con la cooperación, de Francisco Alvarez Cascos, presidente primero del Gobierno, empeñado -por razones estrictamente mezquinas- en boicotear al presidente popular del Principado, Sergio Marqués.
Todo esto ya es pasado. La pinza fue enterrada hace mucho y los ocho años de aznarismo contribuyeron a acercar posiciones. Ya en las generales de 2000 hubo acuerdos globales, suscritos a priori, entre el PSOE liderado por Joaquín Almunia e IU a cuyo frente estaba el duro Francisco Frutos. Se hizo ese acuerdo precipitadamente, tarde y mal. Fue un fracaso. El PP se alzó con la victoria por mayoría absoluta. Pero ese pacto devolvió al escenario la cultura de las alianzas entre socialistas y comunistas o antiguos comunistas, que había reaparecido, por cierto, en las municipales y autonómicas de 1999.
IU puede ser decisiva, lo será probablemente, en las urnas del 27 de mayo. Aun con un evidente retroceso en cuanto a votos, IU participa como nunca en la gobernación de este país, empezando por el máximo nivel, que es el del Gobierno de la nación. Ha confirmado que es un partido con capacidad para ser cauto, prudente y cuerdo cuando toca serlo, lo que trata de compatibilizar con sus principios de izquierda más radical que el PSOE. Su problema es interno. El PCE -conducido por Frutos y otros colegas suyos de la vieja guardia- se enroca con frecuencia, planta cara a Llamazares -que se ha revelado como un excelente trapecista- y provoca crisis y desestabilización. En Madrid la batalla ha sido cruel y endogámica. Talibanes hay en todas partes. En IU, también. Las revoluciones pendientes no resultan jamás buenas. A veces son sólo la coartada de cuentas pendientes entre personalismos despechados.
Enric Sopena |