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Nº 739 -30 de abril de 2007

Sobre ‘El imperio de la Vergüenza’, de Jean Ziegler

Contra los cosmócratas

Jean Ziegler solo ha escrito libros comprometidos. Como su vida. Quien lee un libro suyo, un artículo o una entrevista, no puede dejar de lado la preocupación. Su último libro se titula El Imperio de la Vergüenza y tiene, como todos los suyos, una importante carga de denuncia, sin renunciar en ningún momento al didactismo, incluso entregándose a él porque es, sobre todo, un libro que enseña. Profuso en datos y en narraciones de sus vivencias a lo largo y ancho del mundo, establece no obstante comparaciones con el espíritu que impulsó a importantes personajes de la Revolución Francesa.

Por Josu Montalbán

Se considera sólo “un intelectual con medios de influencia limitados”, pero se atreve a plantear un diagnóstico al final del libro: “La destrucción del orden caníbal del mundo es el trabajo de los pueblos. Tiene que entablarse una guerra por la justicia social planetaria”. Pero, ¿cómo plantear esa guerra? La labor es ardua y no cabe el desánimo, porque los poderosos del mundo se muestran invencibles y su poder, no sólo impone reglas sino que doblega voluntades y domeña los comportamientos. El trabajo, además será largo y fatigoso, y necesitará de mucha constancia para vencer todas las adversidades.

Jean Ziegler utiliza en este libro que dirige a todo el que quiere leerle el mismo método que usó en su libro titulado El hambre explicada a mi hijo, porque, en el fondo, las injusticias deben ser explicadas con naturalidad, de modo que todos compartamos, al menos, el verdadero sentido de las palabras. Tal como aconteció en el estadio brasileño en que se reunieron los obreros (80.000) tras el llamamiento del Sindicato Metalúrgico de Sao bernardo. La policía militar no sólo había confiscado los megáfonos sino que, en un alarde de poder, sobrevolaba el estadio con sus estruendosos helicópteros negros para intimidar a los huelguistas e imposibilitar que las palabras de Lula fueran escuchadas. Pero mientras Lula hablaba, “los que estaban cerca de él y escuchaban su voz, se volvían y repetían en coro sus palabras a los que tenían detrás. Sucesivamente, cada fila de oyentes escuchaba, se volvía y repetía en coro para los demás las palabras que había escuchado...y así sucesivamente, hasta el fondo del inmenso estadio”. Así se explica la dimensión humana del compromiso social, frente a la dimensión extraordinaria y suprahumana que acompaña a la “cosmocracia” mundial. Los nuevos señores del mundo, los que ostentan el nuevo feudalismo que se caracteriza por la supresión de todas las fronteras del mundo para el dinero y los negocios, son los cosmócratas. Ellos manejan a las sociedades transcontinentales privadas de la industria, la banca, los servicios y el comercio. Ellos dominan un poder planetario que doblega a los Estados y pone a los gobiernos a su entero servicio. Son ellos los amos del Imperio de la Vergüenza que da título al libro.

El libro parte de ciertas constataciones que Jean Ziegler, desde su observatorio privilegiado, –Ziegler es profesor de Sociología en Ginebra y en la Sorbona de París, así como Relator Especial de Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación–, puede asegurar sin temor a equivocarse, pero el título del libro obedece a una profunda reflexión: “La sensación de vergüenza es uno de los elementos constitutivos de la moral. Es indisociable de la conciencia de la identidad, a su vez constitutiva del ser humano. Si estoy herido, si tengo hambre, si –en mi carne y en mi espíritu–, sufro la humillación de la miseria, siento dolor. Como espectador del sufrimiento infligido a otro ser humano, experimento en mi conciencia un poco de su dolor, que despierta mi compasión, suscita un impulso de solicitud, me abruma también de vergüenza. Y me veo empujado a la acción”. Cualquier impulso solidario, en este mundo atribulado por terribles desigualdades e injusticias, nos debe llevar a sentir vergüenza, a denunciar el dolor de los otros como si fuera nuestro propio dolor, el que nosotros sentimos.

Hay datos, ejemplos y consecuencias. Se trata de una reflexión constante. Siempre la misma reflexión aunque varíen los protagonistas, porque el hambre es tal aunque la sufra un negro africano o un blanco latinoamericano o un amarillo asiático. “El derecho a la felicidad es el primero de los derechos humanos”, afirma en uno de los primeros capítulos. ¿De qué sirve a un hambriento que los gobiernos decreten la libertad de prensa? ¿Se puede ser libre teniendo hambre? Nada sirve para nada cuando la vida le niega al Hombre lo fundamental. En esa felicidad que, siguiendo al revolucionario francés Saint-Just, está en el objetivo de todas las revoluciones, está el territorio de la Utopía. Para Ziegler “la utopía es el deseo de lo completamente diferente, el lugar o el mundo que todavía no existe”. Abarca la “justicia exigible”, y es a partir de dicha justicia como perfeccionaremos la felicidad a la que todos los humanos tenemos derecho. La lucha está en marcha. Es imprescindible organizar la escasez para que se enfrente a las elites que constituyen los nuevos feudales: los cosmócratas.

Se trata de no desfallecer, de que la vergüenza no nos apabulla sino que alimente nuestros deseos de justicia. Luchar contra la escasez y la miseria, aunque ellas nos diezmen cada día mostrándonos cómo más de 10 millones de niños de menos de 5 años mueren cada año de desnutrición, y cómo el 90% de estos moribundos fallecen en el 42% de los países del Sur. “El subdesarrollo económico encierra a los seres humanos en una existencia sin esperanza”, afirma Ziegler antes de relatar la realidad de los suburbios de Fortaleza, de Dacca, de Manila o de Karachi. Frente a tanto riesgo real, que afecta directamente a los humanos, el mundo se ha inventado otros peligros menos reales: la guerra antiterrorista en sus múltiples vertientes. Bastaría con la mitad del gasto militar mundial para resolver la mayoría de las carencias que desembocan inevitablemente en el hambre y la pobreza que aqueja a una gran cantidad de los humanos. La “guerra mundial contra el terrorismo” se ha convertido en la gran coartada para que el imperio del dinero se instale en el mundo, y para que los cosmócratas que lo manejan, –gentes con escasos escrúpulos que no son elegidos mediante fórmulas democráticas–, se impongan a los gobernantes de los Estados, que ya se han convertido en lacayos del sistema capitalista, al que garantizan su futuro y su esplendor. La guerra contra el terrorismo se ha convertido en la gran mentira de Estado, usada por los más poderosos para sojuzgar a los humanos a través del miedo, el rechazo del otro, la xenofobia y el racismo.

“La ONU está exangüe”. No descubre nada demasiado nuevo. Ziegler la conoce muy bien. El derecho internacional vive sometido a los caprichos de los poderosos porque, surgido de las grandes organizaciones internacionales, se ha convertido en su herramienta más valiosa. Cualquier decisión salida de la ONU se considera dogma de fe, sin embargo, en ella hay derecho de veto para un puñado de países que imponen su voluntad, y nunca se tiene en cuenta el sistema de mayorías y minorías. Las grandes organizaciones expresan los intereses de los Estados que las integran y a los que obedecen, pero los Estados ya no representan fielmente a los pueblos y ciudadanos que los forman. La economía globalizada prescinde de potenciar el papel de los Estados y deja de lado a la mismísima ONU porque la Organización Mundial de Comercio (OMC), la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI) son suficientes para disolver, como la nieve en el sol, la soberanía de los Estados y de sus gentes.

La deuda que soportan los países pobres pesa sobre ellos impidiendo su desarrollo y, sobre todo, supeditándoles a los intereses de los ricos: “El Sur financia al Norte, especialmente a las clases dominantes de los países del Norte, y el medio de control más poderoso del Norte sobre el Sur es actualmente el servicio de la deuda”. En todo un capítulo, Jean Ziegler desarma a quienes consideran que la deuda no debe ser anulada porque pondría en peligro el sistema bancario mundial. No faltan datos numéricos ni anécdotas espeluznantes que derivan en la denuncia de la hipocresía de los cosmócratas y de sus lacayos políticos: “Deben considerarse ‘deudas odiosas’ (no reembolsables, según el argot de los cosmócratas para el tratamiento de las deudas entre los países ricos) todas las deudas externas de los países del tercer mundo, que inducen el subdesarrollo económico, reducen las poblaciones a la esclavitud y destruyen a los seres humanos a través del hambre”.

El hambre es en gran parte una consecuencia de la deuda externa. El hambre, y sus consecuencias en forma de desnutrición y subalimentación que atraen enfermedades y pandemias, ocupa gran parte del libro. No faltan datos: de las regiones más pobres de Brasil, de Zimbabwe, de Bangladesh, de la pobreza de los mongoles en un país tan rico en recursos naturales y poco poblado como Mongolia, de Etiopía, de Sudán, de tantos lugares del mundo pobre, endeudados, enfermos y miserables, que dejan que los poderosos utilicen y exploten sus tierras y sus gentes para cultivar productos y manufacturar objetos a precios muchísimo más bajos que en los ámbitos en los que van a ser consumidos. La pobreza, a la postre, se traduce en una esperanza de vida escasa (en Etiopía es de 45,7 años), en un analfabetismo vergonzoso (40,3% de los etíopes) y una atención médica raquítica (sólo alcanza al 12% de los etíopes). Mientras tanto, siguiendo con el mismo ejemplo, el servicio de la deuda en Etiopía ha costado más que todos los gastos realizados en un año por todos los servicios dedicados a la salud.

La lucha contra el hambre exige resolución y valentía. El texto recoge fórmulas, ideas y programas concretos que ya han contrastado sus resultados. El Programa Fome Cero desarrollado en Brasil constituye un ensayo y una oportunidad, pero el camino que queda por recorrer exige contundencia, constancia y resistencia. Los cosmócratas creen en el “Mercado”, pero el Mercado ya ha mostrado sus carencias, por eso repiten sin cesar, como papagayos, que los pueblos y sus gentes deben tener “confianza en los mercados” para que el capital financiero mundializado no arrase sus economías. La nueva elite de los cosmócratas siente en sus nucas el aliento de otros cosmócratas que les persiguen con el deseo y la obsesión de adelantarles. No les queda otro remedio “si quieren sobrevivir en los puestos que ocupan que ser feroces, cínicos y despiadados. Apartarse del principio sacrosanto del máximo beneficio en nombre del humanismo personal equivaldría a un suicidio profesional”.

En suma, un bello y útil libro este de Ziegler que termina, –como este artículo de Pensamiento–, con una cita de Gracchus Babeuf, el Jefe de la Conspiración de los Iguales, que llegó ensangrentado, tras un intento de suicidio, al cadalso el 27 de Mayo de 1797: “¡Que comience el combate sobre el famoso capítulo de la igualdad y la propiedad! ¡Que el pueblo destruya todas las antiguas instituciones bárbaras! ¡Que la guerra del rico contra el pobre deje de tener este carácter de toda la audacia de un lado y toda la cobardía de otro!... Sí, lo repito, todos los males están llegando al máximo y no pueden empeorar. Sólo se pueden reparar mediante una revolución total... Veamos el objetivo de la sociedad. Veamos la felicidad común y mil años después acudamos a cambiar estas leyes bárbaras”.

Si en 1797 llevábamos mil años de retraso, ¡no se nos habrá hecho ya demasiado tarde?!

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