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Nº 739
30/4/2007

Otro JapÓn

Shinzo Abe parece dispuesto a recoger y realizar las expectativas que dejó Junichiro Koizumi, consagrando el tránsito de ese Japón de los años 80 y 90, caracterizado aún poi-su pasividad en los asuntos internacionales y un sistema económico altamente regulado. En realidad ese modelo para Japón se vino abajo en una década que no sólo registró una gran crisis financiera japonesa y asiática, también la desaparición de la Unión Soviética, el fortalecimiento de China y la irrupción de una Corea del Norte con graves problemas internos pero con el arma nuclear. Con Koizumi y Abe Japón se encuentra en la etapa de la recuperación del orgullo nacional y de la confianza como país soberano e independiente, que una vez más parece dar muestras sorprendentes de pragmatismo y de adaptación al orden internacional. Actuando con prudencia y generosidad, desprovisto de complejos de inferioridad política, la persistencia de determinados tabús, de la desconfianza y el recelo ante un nuevo Japón que se remilitarizase de nuevo, no han impedido que este país recuperara su posición de líder asiático. Precisamente su estrecha relación con los EE UU ha fortalecido tal posición en los asuntos del Pacífico.

Tarde o temprano será revisado el artículo 9 de la Constitución, por el que se prohíbe el uso de la fuerza en los conflictos internacionales, y que durante años ha contribuido a mantener las fuerzas armadas japonesas, llamadas de autodefensa, sin capacidad de proyección al exterior, a un nivel desajustado con las necesidades estratégicas nacionales y la posición del país en la sociedad internacional. Un gigante económico, pero una especie de enano político todavía apesadumbrado por la derrota y sometido a la tutela estadounidense, con Koizumi se empezó a reconstruir la presencia exterior del Japón sin rehuir el envío de fuerzas al Índico y a Iraq, como parte de una política de seguridad mucho más fundamentada y una relación más articulada con los EE UU. Japón ni puede permanecer pasivo frente a amenazas potenciales, algunas muy cercanas, ni puede reclinarse para la totalidad de su defensa en los EE UU. La revisión de la Constitución servirá para que Japón participe de manera más activa aún en operaciones de seguridad colectiva, especialmente las que son autorizadas por las ONU. Nunca ha dejado de hacerlo, y de manera muy destacada, en operaciones humanitarias y como donante internacional, sin llevar soldados pero sí sus dineros.

La readaptación de Japón a un orden internacional en el que se encuentra seguro de sí mismo, tiene en el escenario del Pacífico todos los componentes para completar el dispositivo de seguridad establecido por los Estados Unidos y sus aliados, para equilibrar la creciente proyección de China, y para enriquecer todos los sistemas regionales de cooperación e integración que se están desarrollando desde hace años. El eje de relaciones entre China y Japón, su dinámica y su comprensión, es un elemento de categoría permanente y fundamental para elaborar en la región un marco colectivo de seguridad y cooperación. En tal sistema, los Estados Unidos como gran potencia del Pacífico desempeñan una función sin duda de primera categoría, pero que con cierta frecuencia está provista de ciertas dosis de antagonismo y rudeza; en buena parte pueden mitigarse y modularse contando con un Japón totalmente recuperado y por supuesto totalmente asiático. Así, resulta de nuevo aleccionadora la comparación entre Alemania y Japón, tanto en el proceso conflictivo que conduce hasta la II Guerra Mundial, por su afán de abrirse camino de todas maneras entre las grandes potencias que a uno y otro país rodean; como por la reconversión tan saludable que en el plano económico y político han experimentado tras la derrota, en beneficio suyo, también en beneficio de la comunidad internacional y sus antiguos enemigos.

Además, ambos países, Alemania y Japón, han sido capaces de volver a ocupar posiciones respectivas de liderazgo mundial, en la política y la economía, sin necesidad de militarizarse de nuevo. Justamente por ello, Japón, porque era líder sin tener todos sus atributos, se vió en una embarazosa situación de inactividad en la coyuntura internacional tan delicada de los años 90, al coincidir prácticamente en las mismas fechas una aguda crisis económica, la I Guerra de Iraq, la expansión estratégica de China y las amenazas por la política de misiles y de armas nucleares de Corea del Norte. Después de más de 50 años de pacifismo y de aislamiento relativo, Japón tendría ya todas las condiciones para acompañar con un mayor dinamismo político su posición regional e internacional. Tal posición nunca le impidió tener una categoría preferente por la alta capacidad tecnológica del país y su sobresaliente voluntad exportadora, aunque tampoco ha sido ajena en cuestiones tan fundamentales como la presencia y la expansión de China, los riesgos en la evolución de Corea del Norte o la creciente proyección regional de Australia. Todo ello hace muy necesaria para los Estados Unidos y los países del Pacífico la revitalización de un Japón como buen aliado al que se le tendrá que consultar, cuya nueva fisonomía confirmaría el desplazamiento de importantes áreas de interés del Atlántico al Pacífico.

Ignacio Rupérez

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