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Transversales, tránsfugas y almas en pena Al final, la intervención de Conthe en el Congreso de los Diputados ha sido como el parto de los montes, mucho ruido para alumbrar un ratón. Se esperaban del presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) denuncias concretas de presiones gubernamentales. Lo que al final quedó fue un reconocimiento tajante de que tanto el vicepresidente económico, Solbes, como el secretario de Estado de Economía, Vegara, actuaron con corrección ejemplar; y una insinuación de que no podía decir tanto de la Oficina Económica de Moncloa, regida sucesivamente por Miguel Sebastián y por David Taguas. No dijo ni “tanto” ni nada y reconoció que tales llamadas –se supone que la presión fue telefónica– estaban dentro de lo admisible. ¿En qué quedamos, señor Conthe? Todo ha sido desproporcionado y un tanto esperpéntico con alguna novedad que no sé si generará precedentes: el arte de dimitir en cabeza propia y en la ajena; el de la espantada llevándose por delante al segundo de a bordo. Lo ha perpetrado sin pruebas y con argumento peregrino: acusar de falta de independencia al vicepresidente, Carlos Arenillas por el imperdonable pecado de casarse con la ministra de Educación, Mercedes Cabrera, un reproche inconsistente y machista pero que quema. Es posible que sin esta denuncia, acogida con aplausos por el PP, Arenillas le hubiera sucedido en el cargo pero proponerlo en estas circunstancias se hubiera interpretado como una provocación pues el Gobierno debe colocar en organismo tan delicado a alguien que no genere un rechazo radical en la oposición. No hay mal que por bien no venga, como dijo el Caudillo tras el asesinato de Carrero Blanco, en este caso el bien es la propuesta de que Julio Segura dirija la CNMV. El reconocimiento de este catedrático supera nuestras fronteras y ha demostrado que se puede tener el corazón en la izquierda y la cabeza bien centrada, que se puede ser independiente y de izquierda. Así se ha comportado como miembro del Consejo de Sabios de esta revista y como tal le enviamos nuestra más cordial felicitación. Manolo Conthe parece un ser paradójico, provocador, inteligente y, básicamente conthista, pero el espectáculo que ha protagonizado me hace intuir un caminar hacia la derecha neoconservadora. No sé si es un transversal, un tránsfuga o una errática alma en pena pero quizás fuera bueno que se definiera. Miguel Sebastián, que era el receptor de las injustas dianas del ex presidente del órgano regulador –Sebastián no estaba en Moncloa cuando Entrecanales y Conti presentaron su oferta– se lo ha recomendado: “Que haga lo que yo, que se meta en política, en el PP, por supuesto, que es donde se encuentra más cómodo y donde se le acoge y se le jalea”, un consejo que me recuerda aquel que le hiciera, aunque en sentido contrario, Franco a su ministro de Información: “Haga como yo, Fraga, no se meta en política”. Pido perdón por citar al dictador por partida doble. En el fondo, la transversalidad, que no es exactamente transfuguismo, es encomiable en la bipolaridad extrema que sufrimos. Sólo Dios sabe lo que pueda haber de honrada conversión en los escasos casos que recuerdo, por la izquierda y por la derecha, unos consumados y otros en proceso: Joaquín Calomarde, Rosa Díez, Carmen Iglesias, Manuel Pimentel, Miguel Boyer y pocos más. Algunos, incluso, han hecho un camino de ida y vuelta como Baltasar Garzón. Manuel Conthe ha escrito un libro muy ingenioso, El mundo al revés, en homenaje a Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo. Para Conthe, que muestra cómo medidas promovidas por la izquierda pueden deparar frutos derechistas y viceversa, el transversalismo parecería un destino anunciado. De momento se le ve en los actos del PP, especialmente en los que brilla Gallardón, un transversal reprimido, y en cambio ni está ni se le espera en los del PSOE. Respeto su camino, faltaría más, pero confieso mi preferencia por aquellos que, sin renunciar a sus ideas, de derecha, de izquierda o mediopensionistas, ejercen las responsabilidades de su cargo con discreción, rectitud e independencia. Admiro a los rectores de organismos independientes que hacen su trabajo sin mirar de reojo el ceño de quien les nombró, sea en el Consejo General del Poder Judicial, en la Comisión Nacional de Energía, en la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones, en el Banco de España o en la Comisión Nacional del Mercado de Valores. José García Abad |
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