La derecha intelectual también se crispa
Por Mauro Armiño
Pocas cosas irritan tanto a la derecha y
a sus columnistas como la palabra intelectual, sobre todo cuando en plural
encabeza una lista de nombres denunciando algo, por ejemplo la crispación
existente en la vida política, como hizo un manifiesto presentado la segunda
semana de este mismo mes de abril; la iniciativa partía de Nicolás Sartorius,
Ángel Gabilondo, etc; para el acto de presentación ya se habían sumado 3.425
firmas donde había de todo: intelectuales y no intelectuales, profesores,
rectores, periodistas, músicos, algún fiscal, gentes de cine y de teatro, gente
de a pie, etc.; para la derecha, lo de siempre, en fin, titiriteros, gentes
“sin obra, escritores en excedencia voluntaria y cineastas que siempre acaban
pidiendo una subvención” (I. Camacho, ABC, 12 de abril).
El manifiesto “por la convivencia, frente
a la crispación”, en sí mismo sólo expresa el deseo de que la vida española
discurra por caminos menos crispados, donde la descalificación y el insulto
–prendas del pensamiento único– no sean el único “pensamiento”, donde la
desmesura, el exceso y la mentira –terrorismo, estatuto de Cataluña, 11-M,
etc.– no invadan los problemas reales de la vida política, llegando a extremos
como llamamientos a la rebeldía civil, confrontación de las instituciones del
Estado, o esa gran bola de mentiras alentada sobre la catástrofe del 11-M. Es
decir, el manifiesto no pedía gran cosa, con generalizaciones tan de púlpito
que la sensatez y la mesura solicitadas bastaban para que el PP se diera por
aludido y se sintiera el blanco. Lo era, aunque no se le citase, y sus
intelectuales de guardia reaccionaron al minuto.
Antes de la presentación ya se habían
lanzado contra él los aparatos opinantes de derecha y ultraderecha: Sánchez
Dragó, en entrevista nocturna con Jon Juaristi, ya invocaba antes los manes de
Jardiel Poncela para recordar el título de una de sus ficciones narrativas:
¿Pero hubo alguna vez 11.000 vírgenes? Decía Dragó que no las hubo, como
tampoco hay 11.000 intelectuales, es decir, los tres mil y pico firmantes
–intelectuales y otras profesiones–. Por el camino de la burla denostaron ya el
manifiesto, dada la inexistencia comprobada de intelectuales en España, idea
que hasta se puede compartir. Porque “intelectual, intelectuales” son términos
que nacieron hace poco más de un siglo, precisamente en torno a un artículo, el
J'Accuse, en que Zola denunciaba el encubrimiento que la presidencia de la República Francesa y el Ejército cometían para condenar a un capitán judío llamado Dreyfus
por un delito de espionaje que nunca había cometido. Tardó años en resolverse y
quedar patente la inocencia de Dreyfus, y mientras tanto Zola fue condenado en
los tribunales por su artículo, que al día siguiente de su publicación se
convirtió en manifiesto para abajo-firmantes: curiosamente, o no tan
curiosamente, los firmantes no se dividieron entre derecha e izquierda; en un
primer momento lo apoyaron de uno y otro bando, de la misma forma que abogaban
por la no revisión del caso Dreyfus personalidades políticas (Jean Jaurès, por
ejemplo) de uno y otro bando; no tardó el asunto, desde luego, en orientarse
hacia una confrontación de partidos, donde cada oveja firmaba con su pareja.
El problema de los abajo-firmantes es que
son intelectuales como los insectos: sólo por un día; a la mañana siguiente ya
los han olvidado unos, mientras los otros los llaman titiriteros, escritores
sin obra, intelectuales de guardia, vagos y maleantes que mendican subvenciones
a la puerta de los ministerios. Porque la izquierda no hace gran caso de los
intelectuales por entender quizá que ese campo es territorio ganado per se; la
misma idea, sin embargo, provoca la histeria de la derecha cuando oye la
palabra “intelectual ”, y el articulista ya citado lo resume: “Dado el peso aún
latente del complejo de superioridad moral de la izquierda y la escasa
proclividad de la derecha política a ganarse el favor de la intelligentsia”…
Por suerte, en ese mismo periódico y día, Edurne Uriarte, con su espantosa
prosa, arrancaba su colaboración, aunque no referida al tema que nos ocupa,
así: “A los opinadores, columnistas, intelectuales y demás especie nos acusan
de vez en cuando de ser “de partido”, lo que no es muy halagador, pero tiene un
pase. Nos dedicamos al fin y al cabo a algo muy parecido a los partidos, a la
batalla ideológica.”
Dichas así las cosas, se aclaran: hay una
batalla ideológica, y en ésa se inscribe el manifiesto por la convivencia. A
nadie va a engañar quien diga que un intelectual –o titiritero, si usted
prefiere– es un alma cándida, o, como I.Camacho afirma: “Los intelectuales con
obra, o sea, los de verdad, suelen dedicarse a agrandarla en un discreto
silencio, contemplando la política desde una distancia elegante, como cosa de
gente que no sabe leer o, por lo menos, es poco aficionada a hacerlo.” Pena que
no dé nombres, para que el lector pueda asentir con la cabeza. Por su parte,
Martín Ferrand también dedica su colaboración al asunto; lo malo es que arranca
del ejemplo ya propalado por Dragó, lo de Jardiel y las 11.000 vírgenes.
Cierto que es fácil caer en ese tópico, pero cuando ya lo han soltado otros no
parece propio de un maestro de periodistas, para terminar llegando a la
conclusión de que algo ocurre en una democracia cuando los intelectuales no
tienen voz y se ven obligados a utilizar manifiestos; y algo ocurre también
cuando en este caso el manifiesto ataca a la oposición y no al poder, cosa que
le parece “el último grito en manifiestos”. De último grito nada: también
recurrió a él el franquismo para contrarrestar otros que andaban bajo cuerda, e
incluso hace casi tres cuartos de hora: el manifiesto de apoyo a la guerra de
Iraq, firmado por intelectuales y cargos del PP en el poder. Lo cito de
pasada, sólo para corregirle al maestro su metáfora de “último grito”, y no con
ánimo de buscar en hemerotecas quiénes son los que firmaron aquel documento o,
cosa más divertida todavía, los columnistas que apoyaron en ese punto bélico al
régimen aznarista; o ¿no es también un manifiesto, cierto que unipersonal,
cada uno de nuestros artículos? Martín Ferrand termina deduciendo del
manifiesto que a los abajo-firmantes sólo les queda dar un paso para “la
propuesta de canonización de José Luis Rodríguez Zapatero”. No tiene precio el
articulista como vidente. Con la Iglesia pidiendo tradicionalmente que los
titiriteros sean enterrados en los muladares, ¡hasta ahí se podía llegar, hasta
las canonizaciones!
Es evidente que sólo cito artículos del
periódico conservador que afirma defender los intereses de la derecha
civilizada (evite el lector el carraspeo.) No puedo reproducir los insultos y
ataques personales contra titiriteros y demás calaña que soltaba la COPE y la extrema derecha periodística porque, acabado el artículo, habría tenido que
cepillarme la boca y buscar algunos términos en el diccionario de palabras de
baja estofa. Y si uno sigue con ganas de pelear contra el fanatismo, entrar en
el picadillo que la cadena de los obispos reparte mañana y tarde por sus ondas
–la bazofia de la cadena citada, ¿cui prodest?, a la Iglesia, a la Infame, como la llamó Voltaire, que quita y pone principios y voces y mandatos
celestiales cuando le interesa, para eso está la hipocresía–, resulta demasiado
duro, porque el articulista debería situarse en el grano necesario de frenesí y
locura que exige tamaño esperpento.
Pero lo que pone frenético al personal
que se ha dado por aludido es la lista de nombres, bien mirado escasa:
titiriteros como Aitana Sánchez-Gijón, José Sacristán, Ramoncín, Almodóvar,
Gutiérrez Aragón, Mario Gas, Federico Luppi, Bardem, Elías Querejeta;
escritores como García Montero, Almudena Grandes, Martín Garzo o Juan José
Millás, Ian Gibson, Camilo José Cela Conde –su padre, que trabajó para la
censura durante una larga etapa del franquismo–, y un largo etcétera,
secundados por gente de a pie y transeúntes de este paisaje que la derecha
crispa, convencida de que a río revuelto algo sacará.
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