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Nº 738 -23 de abril de 2007

La derecha intelectual también se crispa

Por Mauro Armiño

Pocas cosas irritan tanto a la derecha y a sus columnistas como la palabra intelectual, sobre todo cuando en plural encabeza una lista de nombres denunciando algo, por ejemplo la crispación existente en la vida política, como hizo un manifiesto presentado la segunda semana de este mismo mes de abril;  la iniciativa partía de Nicolás Sartorius, Ángel Gabilondo, etc; para el acto de presentación ya se habían sumado 3.425 firmas donde había de todo: intelectuales y no intelectuales, profesores, rectores, periodistas, músicos, algún fiscal, gentes de cine y de teatro, gente de a pie, etc.; para la derecha, lo de siempre, en fin, titiriteros, gentes “sin obra, escritores en excedencia voluntaria y cineastas que siempre acaban pidiendo una subvención” (I. Camacho, ABC, 12 de abril).

El manifiesto “por la convivencia, frente a la crispación”, en sí mismo sólo expresa el deseo de que la vida española discurra por caminos menos crispados, donde la descalificación y el insulto –prendas del pensamiento único– no sean el único “pensamiento”, donde la desmesura,  el exceso y la mentira –terrorismo, estatuto de Cataluña, 11-M, etc.– no invadan los problemas reales de la vida política, llegando a extremos como  llamamientos a la rebeldía civil, confrontación de las instituciones del Estado, o esa gran bola de mentiras  alentada sobre la catástrofe del 11-M. Es decir, el manifiesto no pedía gran cosa, con generalizaciones tan de púlpito que la sensatez y la mesura solicitadas bastaban para que el PP se diera por aludido y se sintiera el blanco. Lo era, aunque no se le citase, y sus intelectuales de guardia reaccionaron al minuto.

Antes de la presentación ya se habían lanzado contra él los aparatos opinantes de derecha y ultraderecha: Sánchez Dragó, en entrevista nocturna con Jon Juaristi, ya invocaba antes los manes de Jardiel Poncela para recordar el título de una de sus ficciones narrativas: ¿Pero hubo alguna vez 11.000 vírgenes? Decía Dragó que no las hubo, como tampoco hay 11.000 intelectuales, es decir, los tres mil y pico firmantes –intelectuales y otras profesiones–. Por el camino de la burla denostaron ya el manifiesto, dada la inexistencia comprobada de intelectuales en España, idea que hasta se puede compartir.  Porque “intelectual, intelectuales” son términos que nacieron hace poco más de un siglo, precisamente en torno a un artículo, el J'Accuse, en que Zola denunciaba el encubrimiento que la presidencia de la República Francesa y el Ejército cometían para condenar a un capitán judío llamado Dreyfus por un delito de espionaje que nunca había cometido. Tardó años en resolverse y quedar patente la inocencia de Dreyfus, y mientras tanto Zola fue condenado en los tribunales por su artículo, que al día siguiente de su publicación se convirtió en manifiesto para abajo-firmantes: curiosamente, o no tan curiosamente, los firmantes no se dividieron entre derecha e izquierda; en un primer momento lo apoyaron de uno y otro bando, de la misma forma que abogaban por la no revisión del caso Dreyfus personalidades políticas (Jean Jaurès, por ejemplo) de uno y otro bando;  no tardó el asunto, desde luego, en orientarse hacia una confrontación de partidos, donde cada oveja firmaba con su pareja.

El problema de los abajo-firmantes es que son intelectuales como los insectos: sólo por un día; a la mañana siguiente ya los han olvidado unos, mientras los otros los llaman titiriteros, escritores sin obra, intelectuales de guardia, vagos y maleantes que mendican subvenciones a la puerta de los ministerios. Porque la izquierda no hace gran caso de los intelectuales por entender quizá que ese campo es territorio ganado per se;  la misma idea, sin embargo,  provoca la histeria de la derecha cuando oye  la palabra “intelectual ”, y el articulista ya citado lo resume: “Dado el peso aún latente del complejo de superioridad moral de la izquierda y la escasa proclividad de la derecha política a ganarse el favor de la intelligentsia”…  Por suerte, en ese mismo periódico y día, Edurne Uriarte, con su espantosa prosa, arrancaba su colaboración, aunque no referida al tema que nos ocupa, así: “A los opinadores, columnistas, intelectuales y demás especie nos acusan de vez en cuando de ser “de partido”, lo que no es muy halagador, pero tiene un pase. Nos dedicamos al fin y al cabo a algo muy parecido a los partidos, a la batalla ideológica.”

Dichas así las cosas, se aclaran: hay una batalla ideológica, y en ésa se inscribe el manifiesto por la convivencia. A nadie va a engañar quien diga que un intelectual –o titiritero, si usted prefiere– es un alma cándida, o, como I.Camacho afirma: “Los intelectuales con obra, o sea, los de verdad, suelen dedicarse a agrandarla en un discreto silencio, contemplando la política desde una distancia elegante, como cosa de gente que no sabe leer o, por lo menos, es poco aficionada a hacerlo.” Pena que no dé nombres, para que el lector pueda asentir con la cabeza. Por su parte, Martín Ferrand también dedica su colaboración al asunto; lo malo es que arranca del ejemplo ya  propalado por  Dragó, lo de Jardiel y  las 11.000 vírgenes. Cierto que es fácil caer en ese tópico, pero cuando ya lo han soltado otros no parece propio de un    maestro de periodistas, para terminar llegando a la conclusión de que algo ocurre en una democracia cuando los intelectuales no tienen voz y se ven obligados a utilizar manifiestos; y algo ocurre también cuando en este caso el manifiesto ataca a la oposición y no al poder, cosa que le parece “el último grito en manifiestos”. De último grito nada: también recurrió a él el franquismo para contrarrestar otros que andaban bajo cuerda, e incluso hace casi tres cuartos de hora: el manifiesto de apoyo a la guerra de Iraq, firmado por intelectuales y cargos del PP en el poder.  Lo cito de pasada, sólo para corregirle al maestro su metáfora de “último grito”, y no con ánimo de buscar en hemerotecas quiénes son los que firmaron aquel documento o, cosa más divertida todavía, los columnistas que apoyaron en ese punto bélico al régimen aznarista; o ¿no es  también un manifiesto, cierto que unipersonal, cada uno de nuestros artículos? Martín Ferrand termina deduciendo del manifiesto que a los abajo-firmantes sólo les queda dar un paso para “la propuesta de canonización de José Luis Rodríguez Zapatero”. No tiene precio el articulista como vidente. Con la Iglesia pidiendo tradicionalmente que los titiriteros sean enterrados en los muladares, ¡hasta ahí se podía llegar, hasta las canonizaciones!

Es evidente que sólo cito artículos del periódico conservador que afirma defender los intereses de la derecha civilizada (evite el lector el carraspeo.) No puedo reproducir los insultos y ataques personales contra titiriteros y demás calaña que soltaba la COPE y la extrema derecha periodística porque, acabado el artículo, habría tenido que cepillarme la boca y buscar algunos términos en el diccionario de palabras de baja estofa. Y si uno sigue con ganas de pelear contra el fanatismo, entrar en el picadillo que la cadena de los obispos reparte mañana y tarde por sus ondas –la bazofia de la cadena citada,  ¿cui prodest?, a la Iglesia, a la Infame, como la llamó Voltaire, que quita y pone principios y voces y mandatos celestiales cuando le interesa, para eso está la hipocresía–, resulta demasiado duro, porque el articulista debería situarse en el grano necesario de frenesí y locura que exige tamaño esperpento.

Pero lo que pone frenético al personal que se ha dado por aludido es la lista de nombres, bien mirado escasa: titiriteros como Aitana Sánchez-Gijón, José Sacristán, Ramoncín,  Almodóvar, Gutiérrez Aragón, Mario Gas, Federico Luppi, Bardem, Elías Querejeta; escritores como García Montero, Almudena Grandes, Martín Garzo o Juan José Millás, Ian Gibson, Camilo José Cela Conde –su padre, que trabajó para la censura durante una larga etapa del franquismo–, y un largo etcétera, secundados por gente de a pie y transeúntes de este paisaje que la derecha crispa, convencida de que a río revuelto algo sacará.

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