Nº 738 - 23 de abril de 2007
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Armas para todos

por Miguel Ángel Aguilar

Acostumbrados como estamos a ponderar las ventajas de los Estados Unidos hasta la obnubilación, deberíamos como buenos aliados señalar también los errores en que incurren para evitar hacerlos nuestros al paso de pocos años. No podemos mirar para otro lado cuando Washington se lanza por la pendiente de las torturas de Abu Ghraib; cuando establece el campo de prisioneros de Guantánamo, como un limbo jurídico para "enemigos combatientes" sin habeas corpus ni reconocimiento de los derechos fijados por las Convenciones de Ginebra; o cuando monta un sistema para secuestrar sospechosos y embarcarlos en los vuelos de la CIA.

Ahora mismo, la noticia de la masacre de 32 estudiantes en el campus de la Universidad Politécnica de Virginia debería inducirnos a reflexionar. Primero, habría que enviar a Jota Pedro, Casimiro García-Abadillo y Federico Jiménez Losantos para que apliquen la consigna del "queremos saber" y busquen todas las contradicciones del caso. ¿Cómo es posible que un solo tirador sea capaz de abatir a tiros a 32 estudiantes? ¿Cómo nadie reparó sobre el lugar donde se encontraba apostado? ¿Cómo pudo ser tan certero si sólo manejaba pistolas y carecía de fusiles con mira telescópica? ¿Cómo nadie salió en su persecución y el asesino pudo volver a su habitación para suicidarse después de dejar escrito el mensaje que nos han contado? ¿Cómo viviendo en una residencia las pistolas y la munición en absoluto levantaron sospechas? ¿Cómo ningún policía ha buscado a los medios de comunicación para transmitir sus incertidumbres? ¿Cómo se explica la inacción de los servicios de seguridad del campus? ¿Cómo se han hecho las pruebas de balística? ¿Dónde estaban las mochilas y Manolón y la mafia asturiana de la dinamita?

Enseguida debería situarse la masacre de Virginia en el contexto de la libre adquisición de armas de fuego imperante en Estados Unidos. En un libro espléndido titulado Armas: ¿Libertad americana o prevención europea?, la profesora Roser Martínez Quirante, de la Universidad Autónoma de Barcelona, traza un estudio comparativo y establece conclusiones de la mayor relevancia. Los datos actualizados hasta 2002 son abrumadores. En Estados Unidos mueren cada año 30.000 personas por arma de fuego mientras que sólo son 700 las víctimas contadas en España, Gran Bretaña, Grecia, Alemania, Holanda y Bélgica, que suman una población de 280 millones de habitantes, igual a la de USA. Estos desastres armados como el de Virginia tienen muchos antecedentes, de manera que Clinton promovió en 1990 una ley federal por la que se declaraban las zonas escolares libres de armas y se establecía un área de 300 metros alrededor del perímetro de las mismas al que se prohibía acceder portando armas. Pero el Tribunal Supremo declaró la norma inconstitucional. Se podían acotar zonas de prohibido fumar pero era imposible fijar otras que excluyeran las armas. Ese mismo Tribunal en 1997 anuló también otra disposición de la Ley Brady que imponía obligaciones administrativas para que la policía indagara antecedentes de los compradores de armas.

El modelo americano ha resistido otras barbaries anteriores como la del instituto de Columbine de Littleton (Colorado), sucedida en abril de 1999, donde dos estudiantes causaron la muerte de 15 de sus compañeros e hirieron a 23. Michael Moore pudo lograr un Oscar por su película Bowling for Columbine pero los de la Asociación Nacional del Rifle volvieron a ganar la partida. La Unión Europea debería practicar la denominada injerencia política para que Washington se avenga a limitar la adquisición de las armas de fuego. De no hacerlo nos acabarán contagiando.

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