Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 738
23/4/2007

El PP de Don Tancredo

Oigo, patria, la aflicción de las víctimas de la masacre perpetrada el 11 de marzo de 2004 y escucho el triste concierto de los masacrados que clama al cielo. No es esta tragedia un asunto electoral, lo que no es óbice para que las víctimas exijan responsabilidades al gobierno de Aznar y compañía: Rajoy, Acebes y Zaplana. No puede atribuirse a ninguno de ellos una culpabilidad que corresponde en exclusiva al fanatismo islamista, pero sí se les puede reprochar que mintieran en aquellos tres días previos a las elecciones y que se camuflaran y sigan camuflándose en la mentira.

Ahora que el juicio, manejado con autoridad y buen sentido por Javier Gómez Bermúdez, deja pocas dudas sobre los autores del atentado, algunos dirigentes empiezan a remodelar sus discursos. Primero, Alberto Ruiz-Gallardón; después, Esperanza Aguirre y, finalmente, Mariano Rajoy han confesado que no encuentran la traza de ETA. Ni el desparpajo de Zaplana y Acebes ni la soberbia de Aznar llegan a tanto pero ellos prometen para el pasado.

Quizás no sea tarde para que la cúpula del PP emita algún mensaje creíble en lugar de consignas para la hinchada. Quizás sería confiar en exceso en una derecha que no parece ni civilizada ni liberal de la que sólo hemos disfrutado en tiempos de Adolfo Suárez. Tiene razón Santiago Carrillo cuando afirma que en este país ha cambiado todo menos la derecha. La izquierda abrazó la bandera roja y gualda, la monarquía, el sistema capitalista y hasta la moderación salarial, pero la derecha sigue como siempre. Es verdad que ya no es ésta la derecha que mata pero sí la refractaria a la verdad, la que  aplica la moral maquiavélica atribuida al marxismo de que el fin justifica los medios y la que se rige por el lema: “Calumnia que algo queda”.

Cuando el diario ABC se negó a propagar la teoría de la conspiración, Federico Jiménez Losantos lanzó una cruzada desde la cadena de la España negra para boicotear al periódico con más solera de la derecha. Preocupados y perplejos, los editores encargaron una encuesta consultando al azar a cien de los suscriptores que se habían dado de baja para conocer las causas de semejante decisión. Pues bien, el 80 por ciento de los consultados justificaba su baja en razón de la información proporcionada sobre el 11-M por el periódico. Muchos reconocieron que la teoría de ETA no era verosímil pero argumentaron que ello no era razón para que un periódico como ABC no la sostuviera. El argumento era de inspiración leninista: lo que pueda favorecer al Gobierno de Zapatero y perjudicar a la derecha debe ser rechazado por este periódico, o lo que es lo mismo: “No dejes que la realidad te arruine un buen argumento”. Es la doctrina vigente en este partido donde la ultraderecha se encuentra como pez en el agua.

Lo que le pasa a esta formación es que no ha depurado internamente las responsabilidades de la derrota ni han sabido sacudirse la sombra ominosa de su líder carismático, a diferencia de lo que hiciera en su día el PSOE. Los hiperlíderes pretenden seguir mandando por persona interpuesta que, por definición, es de menos categoría que el padrino. Lo intentó Felipe González con Joaquín Almunia, un personaje excelente pero con margen de autonomía limitada por la asfixia del sevillano. El PSOE no estuvo en condiciones de combate hasta que ZP, un hombre nuevo que no era el candidato oficial ganara un congreso sincero. Lo ha intentado José María Aznar con Mariano Rajoy, pero este buen hombre  no podrá quitarse de encima al madrileño ni el estigma de mandao. El Partido Popular ha pretendido saltarse una etapa en la evolución natural de las cosas, pero hasta que la troika que ocupaba los puestos claves en el gobierno derrotado por su compromiso de la guerra de Iraq, y por la manipulación consiguiente, no caiga en las urnas no podrá abordar su revolución pendiente.

Ojalá que lo que venga sea esa derecha civilizada que no se atreve a levantar cabeza. Cuando les escucho y observo sus actos tiendo a calibrar que, al fin y al cabo, esa levedad del ser que he atribuido a Zapatero en algunas ocasiones es bastante soportable, sobre todo analizando la alternativa. Rajoy me recuerda a Don Tancredo López, un torero que se subía a un pequeño pedestal situado en medio de la plaza y esperaba en él, en inmovilidad absoluta, la arremetida del toro.

  José García Abad

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