El PP de Don Tancredo
Oigo, patria, la aflicción de las
víctimas de la masacre perpetrada el 11 de marzo de 2004 y escucho el triste
concierto de los masacrados que clama al cielo. No es esta tragedia un asunto
electoral, lo que no es óbice para que las víctimas exijan responsabilidades al
gobierno de Aznar y compañía: Rajoy, Acebes y Zaplana. No puede atribuirse a
ninguno de ellos una culpabilidad que corresponde en exclusiva al fanatismo
islamista, pero sí se les puede reprochar que mintieran en aquellos tres días
previos a las elecciones y que se camuflaran y sigan camuflándose en la
mentira.
Ahora que el juicio, manejado con
autoridad y buen sentido por Javier Gómez Bermúdez, deja pocas dudas sobre los
autores del atentado, algunos dirigentes empiezan a remodelar sus discursos.
Primero, Alberto Ruiz-Gallardón; después, Esperanza Aguirre y, finalmente,
Mariano Rajoy han confesado que no encuentran la traza de ETA. Ni el desparpajo
de Zaplana y Acebes ni la soberbia de Aznar llegan a tanto pero ellos prometen
para el pasado.
Quizás no sea tarde para que la cúpula
del PP emita algún mensaje creíble en lugar de consignas para la hinchada.
Quizás sería confiar en exceso en una derecha que no parece ni civilizada ni
liberal de la que sólo hemos disfrutado en tiempos de Adolfo Suárez. Tiene
razón Santiago Carrillo cuando afirma que en este país ha cambiado todo menos
la derecha. La izquierda abrazó la bandera roja y gualda, la monarquía, el
sistema capitalista y hasta la moderación salarial, pero la derecha sigue como
siempre. Es verdad que ya no es ésta la derecha que mata pero sí la refractaria
a la verdad, la que aplica la moral maquiavélica atribuida al marxismo de que
el fin justifica los medios y la que se rige por el lema: “Calumnia que algo
queda”.
Cuando el diario ABC se negó a propagar
la teoría de la conspiración, Federico Jiménez Losantos lanzó una cruzada desde
la cadena de la España negra para boicotear al periódico con más solera de la
derecha. Preocupados y perplejos, los editores encargaron una encuesta
consultando al azar a cien de los suscriptores que se habían dado de baja para
conocer las causas de semejante decisión. Pues bien, el 80 por ciento de los
consultados justificaba su baja en razón de la información proporcionada sobre
el 11-M por el periódico. Muchos reconocieron que la teoría de ETA no era
verosímil pero argumentaron que ello no era razón para que un periódico como
ABC no la sostuviera. El argumento era de inspiración leninista: lo que pueda
favorecer al Gobierno de Zapatero y perjudicar a la derecha debe ser rechazado
por este periódico, o lo que es lo mismo: “No dejes que la realidad te arruine
un buen argumento”. Es la doctrina vigente en este partido donde la
ultraderecha se encuentra como pez en el agua.
Lo que le pasa a esta formación es que no
ha depurado internamente las responsabilidades de la derrota ni han sabido
sacudirse la sombra ominosa de su líder carismático, a diferencia de lo que
hiciera en su día el PSOE. Los hiperlíderes pretenden seguir mandando por
persona interpuesta que, por definición, es de menos categoría que el padrino.
Lo intentó Felipe González con Joaquín Almunia, un personaje excelente pero con
margen de autonomía limitada por la asfixia del sevillano. El PSOE no estuvo en
condiciones de combate hasta que ZP, un hombre nuevo que no era el candidato
oficial ganara un congreso sincero. Lo ha intentado José María Aznar con
Mariano Rajoy, pero este buen hombre no podrá quitarse de encima al madrileño
ni el estigma de mandao. El Partido Popular ha pretendido saltarse una etapa en
la evolución natural de las cosas, pero hasta que la troika que ocupaba los
puestos claves en el gobierno derrotado por su compromiso de la guerra de Iraq,
y por la manipulación consiguiente, no caiga en las urnas no podrá abordar su
revolución pendiente.
Ojalá que lo que venga sea esa derecha
civilizada que no se atreve a levantar cabeza. Cuando les escucho y observo sus
actos tiendo a calibrar que, al fin y al cabo, esa levedad del ser que he
atribuido a Zapatero en algunas ocasiones es bastante soportable, sobre todo
analizando la alternativa. Rajoy me recuerda a Don Tancredo López, un torero
que se subía a un pequeño pedestal situado en medio de la plaza y esperaba en
él, en inmovilidad absoluta, la arremetida del toro.
José García Abad
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