F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 737
16/4/2007

LA 'NUEVA' ACTITUD
DE ESPAÑA HACIA CUBA

Por Joaquín Roy*

Desde que estalló la crisis de la enfermedad de Fidel Castro y se anunció la cesión temporal y limitada del poder, todas las predicciones acerca de una nueva estrategia de Europa (y especialmente de España) hacia Cuba se han cumplido. Las recomendaciones que entonces señalaban hacia una mayor prudencia europea se aceptaron con creces.

La maquinaria institucional de la Unión Europea (UE) y los Estados miembros que más se destacan (por legado histórico y otros factores) en cuanto a su actuación con respecto a Cuba, reafirmaron una actitud de cautela. Se testificaba una congelación de los parámetros políticos y económicos de Cuba desde que Raúl Castro recibió las riendas condicionadas del gobierno. No era el momento de movimientos arriesgados.

Además, se observaba un recrudecimiento de las medidas represoras y de censura imperantes. Por lo tanto, Europa consideraba durante ese tiempo que las circunstancias no eran las más propicias para efectuar un giro ostensible en la política general explicitada, ni tampoco en las principales líneas de actuación.

Las cancillerías europeas optaron por tomar nota del sibilino lenguaje emanado de La Habana y responder a la aparente "normalidad" presentada por el traspaso de poder temporal con la anuencia y la intención de espera. Por otra parte, el consenso (difícil y arduo en la precariedad en que existe) confirmó la necesidad de no efectuar cambios en el legado existente en mitad de 2006, antes de la enfermedad de Castro. Pero el impasse ya se ha desparramado en pleno 2007.

Obsérvese que las dos señales más explícitas de la UE hacia Cuba se reducen a una doble ausencia de acción o intención de cambio. Por un lado, la prometida redacción de una "estrategia" (palabra que desapareció del vocabulario bruselense) hacia Cuba,tal como había prescrito el Consejo en junio de 2006, que debía haberse plasmado idealmente después de verano, quedó apresada en el congelador. A la espera de mejores perspectivas, los actores con mayor influencia se opusieron con energía a una codificación autoimpuesta. Ésta hubiera dificultado luego la flexibilidad de maniobra para actuar según las circunstancias imprevisibles que se testifican, además de dar al régimen cubano una nueva excusa de acoso al estilo de Estados Unidos.

Por otro lado, la única declaración explícita ha sido la renovación semestral de la suspensión de las "medidas especiales" y "transitorias" que se impusieron en 2003, como represalia por los graves incidentes (apresamiento de 75 disidentes y fusilamiento de tres secuestradores) y que se levantaron a principios de 2005. Por lo tanto, la actitud oficial de la UE sigue como estaba, entronizada en la Posición Común de 1996, que se reduce a la condicionalidad de un acuerdo de cooperación con la UE colectivamente a la reforma política y económica, y la crítica de la situación de los derechos humanos.

Varios factores han contribuido a esta actuación (o falta de ella). En primer lugar, destacan las señales emanadas desde el gobierno cubano, del que no se esperan cambios notables mientras Fidel Castro siga apareciendo esporádicamente en la escena y se refuerce la percepción de que está recuperándose ostensiblemente. Esta provisionalidad solamente sería aclarada con su muerte o con su reintegro pleno al poder. Por otra parte, los pactos de Cuba con otros actores (Venezuela) indican que La Habana no tiene prisas en conseguir apoyos o favores adicionales.

La percepción europea, por lo tanto, coincide en este aspecto con el resto del análisis internacional, incluido el de la dirigencia política y los centros de la inteligencia de Estados Unidos, que han demostrado en todo este período que carecen de ideas nuevas para lidiar con los imponderables cubanos. Si Washington no se aventura con erráticos movimientos más innovadores, ¿por qué los europeos, al menos su núcleo más influyente, debieran tomar el riesgo de dañar lo que tenazmente se ha mantenido durante un período de "compromiso constructivo"? Sin alternativa precisa, más allá de la insistencia en provocar el cambio instantáneo y drástico que no tiene visos de producirse, ¿cuál es la opción a seguir?

Por estas razones, España decidió liderar el pelotón de los que, por falta de medios o influencia, consideran que la mejor estrategia es explotar al máximo los resquicios que el sistema cubano permite. La "bilateralización" se ha impuesto a la precaria "multilateralidad". De ahí que las diversas líneas de la cultura, la cooperación al desarrollo y el diálogo político con la Cuba oficial sean las columnas que mantengan también la comunicación con la Cuba real. Así lo certificará el respaldo tácito de socios responsables y se acallarán las voces de los que no tienen otros argumentos.

Esta actitud no carece de riesgos, pues sc exigen resultados veloces y tangibles. Perc las expectativas de la política europea y española de hace décadas están encaminadas al futuro próximo, cuando se produzca k transición pacífica y reconciliadora. Para ese escenario, hay que estar presente.

*Joaquín Roy es catedrático 'Jean Monnet' y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

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