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Nº 737
16/4/2007

¿Secuestro o asesinato?

Nadando con esfuerzo en la marea de violencia, habituados al asesinato habíamos olvidado el secuestro, que todavía aterroriza más si cabe. Hay secuestros seguidos de asesinato, generalmente porque no se alcanzó acuerdo en el precio, y asesinatos consumados que, para mayor infamia, se han hecho pasar como secuestros cuando ya la presa estaba muerta, alargándose los días de espera e incertidumbre hasta que la verdad, es decir los restos, aparecen sin lugar a dudas. A la hora de escoger entre uno u otro horror, porque no se puede prescindir de ninguno, no may mal menor propiamente dicho sino el mal puro y duro, una actitud desesperada lleva a preferir antes que la muerte certificada esa muerte lenta y anunciada de la que ni siquiera se sabe si se consumará o no, acompañada de la humillación y el ridículo; cuando no, y por si fuera poco todo lo anterior, de la ruina y la pobreza por financiar una vida que ha costado un rescate carísimo, seguida a partir de la liberación por el recuerdo de la vergüenza pasada, las vejaciones sufridas a manos de criminales que se han llevado la honra y el botín del secuestrado.

El secuestro y la violación son similares en sus resultados, ahorran una vida pero la dejan rota. Como hace la tortura. En realidad, el secuestro y la violación constituyen una forma de tortura, porque desde tiempo inmemorial el mayor privilegio que se podía conceder a un condenado a muerte estaba en su ejecución rápida, morir con lujos, la llamada muerte honrosa que al menos suplicaba el reo para que se le evitasen sufrimientos previos, la horca o el garrote, las fotografías de los despojos, que los verdugos se ensañen con ellos olos devoren los perros. Vamos, que nadie quiere ser tratado como Aquiles trató a Héctor. Una vez muerto se tiene derecho a la gloria y las oraciones, hay espacio para los honores y un huerto por el que pasear en la geografía del más allá, pero nada de eso se reserva para el secuestrado que reaparece vivo y coleando, como si fuera una ignominia vivir, no quiere hablar ni que le hablen de lo sucedido, los efectos del Síndrome de Estocolmo son duraderos y a lo mejor guarda para su desgracia esos sentimientos tan destructivos de la culpa, la complicidad compulsiva con los criminales o la autocompasión.

Hasta que lo podamos saber por propia experiencia, toquemos madera, una y otra vez nos preguntamos porqué todos los secuestrados al salir la cloaca declaran que "han sido buenos conmigo, lo han sido porque podían haberme matado y no lo han hecho, podían haber exigido un precio exorbitante y han preferido una transacción módica, porque me han dado de comer y me han dado un cubo para aliviarme. Todo podía haber sido peor, por supuesto, ¡qué caritativos han sido!, ¡qué razón tienen en sus peticiones! ¿cómo no me dí cuenta antes?" Olvidadas quedan por la ilusión de volver a casa una personalidad seriamente deteriorada que a lo mejor, no la puede arreglar ni un psiquiatra argentino, como diría Santiago Aroca, la vergüenza por haber declarado en el video lo que no se compartía pero que no había más remedio que decir para evitar males mayores, y que uno al verse libre no se atreve a rectificar, por mucho que interiormente le desazone haber podido beneficiar los motivos de unos desalmados que se hacen pasar como bandoleros generosos. A base de invertir el razonamiento y de consagrar la impostura, para el secuestrador que no mata, el secuestrador que afirma actuar por una causa, que hoy prefiere mutilar, encerrar o violar en lugar del asesinato, pese a que genere males muy perdurables se le reserva más de un atenuante y cierta consideración social, agradecidos porque no ha matado.

Acaba siendo más factible defenderse del asesino que del secuestrador, porque éste provoca la actuación de un coro con la familia, los políticos y los medios de comunicación, para que el follón se magnifique. Es temible el tiempo de los asesinos pero también el de los secuestradores, con la sospecha de que si hoy secuestran en vez de asesinar es porque recaudan dinero para seguir asesinando mañana. En este negocio las formas cambian, y así resulta que el colmo para el secuestrado puede situarse en no saber quién le retiene, dándose casos de traspaso de secuestrados, de transferencia de unos secuestradores a otros, porque el secuestrado era un pelmazo inaguantable o porque otros secuestradores pujaron por mayor rescate. Y también se cuentan casos que al estilo de Orwell calificarían al secuestro como parte de las bellas artes, con el llamado secuestro compartido, en que secuestrador y secuestrado llegan un acuerdo, inicial o sobrevenido, para de manera amigable repartirse el botín. O sea, delincuencia de altísima sofisticación. Ante alternativas tan difíciles, y viéndolas desde lejos, peor secuestrado que muerto, suele decirse, mejor morir a secas que la muerte en vida, ésa del secuestrado que se ha salvado pero que con gran dificultad logra salvarse de lo que ha quedado de él. Mejor no tener que averiguarlo, ni juzgar al secuestrado.

Ignacio Rupérez

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