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Nº 735 -2 de abril de 2007

Sobre ‘Cayucos’, de José Naranjo

LOS PARIAS QUE LLEGAN DESDE EL MAR

El periodista canario José Naranjo ha escrito un bellísimo libro, –’Cayucos’–, que aborda algunos aspectos sentimentales y humanos del fenómeno migratorio. En su libro recoge vivencias de los inmigrantes africanos que acceden a nuestras costas, principalmente a las canarias, entremezclándolas con datos, fechas, reflexiones, críticas, etc... Se trata de otro libro más sobre la inmigración, que ya es el segundo asunto que más preocupa a los españoles, pero no es un libro como los demás. Es un libro necesario porque pone todo el énfasis en la condición humana de los inmigrantes.

Por Josu Montalbán

José Naranjo intenta leer en los pensamientos y, sobre todo, interpretar las actitudes de quienes, desde las costas africanas del Sahara y Mauritania, divisan a lo lejos las costas del archipiélago canario. Recoge las afirmaciones de los afectados, antes de montar en el cayuco y después de bajarse de él. Narra sus vidas, siempre ajetreadas, después de acceder a nuestras ciudades y deja claro, siempre que puede, que tras las arriesgadas travesías siempre hay proyectos de vida individuales o familiares, incluso desazones y fracasos como el del saharaui Selmo, uno de los primeros en llegar a Gran Canaria: “Nosotros tuvimos suerte por ser los primeros, ni tuvimos que dormir en la calle ni pasamos necesidades. Pero, así y todo, después de lo vivido, puedo decir que ésta no era la tierra prometida, sólo era la más cercana”.

 Así es. La cercanía supone, a partes iguales, una oportunidad y un riesgo. La oportunidad de llegar a la tierra prometida en pocas horas o días, mediante embarcaciones que pueden ser abandonadas después, y hacerlo por no demasiado dinero. El riesgo es evidente porque las embarcaciones utilizadas, –cayucos–, son frágiles y mal dotadas para enfrentarse a un océano que enarbola sus gigantes olas como banderas poderosas y tiene siempre dispuestos sus fondos oscuros para servir de sepulcro a los náufragos. A pesar de todo, los africanos subsaharianos se aproximan al litoral sahariano o a las costas mauritanas para comprar un pasaje que les puede llevar, siempre por un itinerario tenebroso, a la vida o a la muerte. Es necesaria la fe y es necesaria la esperanza. La fe para creer que una embarcación de apenas seis metros de eslora será suficiente para atravesar los cien kilómetros que separan a África de Fuerteventura. La esperanza para emprender la travesía después de escuchar a los pesimistas que no cesan de advertir que son más los que acaban en el fondo del Atlántico que en las playas o acantilados canarios. Y hacen falta también 4.000 dirhams, unos 420 euros al cambio. Puede que haga falta también la caridad para compartir tan poco espacio y tantas adversidades en un espacio tan reducido, con gran escasez de alimentos, sometidos a un frío aterrador que  llega a producirles la muerte.

El gran valor de este trabajo está fundamentado en que sólo puede leerse con el respeto como actitud. Ni una sola de las vivencias mueve a la incomprensión. El hecho migratorio ha sido interpretado en España a  partir de las cifras, –en los últimos años en aumento–, y de las noticias aparecidas en los medios de comunicación, generalmente negativas. Los ciudadanos españoles no sólo creen que la inmigración es un problema, sino que tiene muy difícil solución. De poco sirve que se sepa que vienen a ocupar los puestos de trabajo que los nativos desprecian, porque la leyenda urbana subraya que “nos quitan los puestos de trabajo”. Por si fuera poco, les achacan pertenecer a mafias o redes delictivas, ser traficantes de droga, no estar debidamente preparados, etc. Para con los inmigrantes subsaharianos, además, suelen utilizarse epítetos racistas porque son negros. Las muestras de ese racismo rayan el ridículo cuando surgen voces que debieran considerarse autorizadas. El alcalde de La Oliva se permitió en una ocasión, según relata el autor, asegurar que no era racista ni de lejos, a pesar de que acusara constantemente a un grupo de niños negros de haber sido vapuleados violentamente sólo porque su presencia era provocadora. Y lo intentó corroborar con una frase lapidaria: “si hasta he cantado Angelitos negros con Antonio Machín”.

Todo ha sido poco para atenuar las rigurosas condiciones. Ante la imposibilidad de habilitar plazas residenciales para todos los llegados se han acomodado todo tipo de edificios en desuso, viejas oficinas públicas, espacios que se llenan en pocos días, pero con la precariedad como norma. En el barrio de La Isleta, en la capital gran canaria, primero se utilizó la iglesia de San Pedro para acoger a los que llegaban, pero muy pronto el espacio fue insuficiente y tuvo que ser agrandado utilizando también los antiguos almacenes de la parroquia. Las soluciones infalibles no existen. Los funcionarios son humanos que sienten compasión y, en muchos casos, se prestan a favorecer la salida de los inmigrantes de las islas en dirección a la península. Porque, como relata José Naranjo, “los inmigrantes estaban como atrapados en una isla en la que no podían trabajar para conseguir dinero ni salir sin sus papeles”. El autor recoge las frases de los llegados: Cris, Brigt, Ulihifun, Elfliong, Maho Koma, Kingsley, Mohamed Saliso, Victor Kondu. El libro está lleno de nombres, deseando subrayar, precisamente, que cada cual es un proyecto de vida y que cada cayuco es una aventura colectiva que, recién llega a la costa canaria, se desparrama en muchas vidas diferentes, tantas como personas. Cada cual expresa su sentimiento. José Naranjo atribuye a cada uno sus propias palabras, sus propios deseos y sus propios reproches.

El libro sólo habla de Canarias y de África. De vez en cuando las fechas nos obligan a discernir que en España, en los últimos diez años, han gobernado dos ideologías y actitudes muy diferentes. La Ley de Extranjería ha sufrido demasiados cambios, pero sobre todo los gobiernos han tomado decisiones que les delatan en uno u otro sentido: entre la sedación practicada por Mayor Oreja para retornar en un avión a un buen contingente de africanos anestesiados y la regularización de los extranjeros decretada por el presidente Zapatero apenas llegado al poder, hay la misma diferencia que entre un sátrapa que considera a los africanos como seres inferiores y predestinados a la miseria, y un gobernante responsable que cree en la Humanidad. ¿Cómo no condolerse con los ejemplos que José Naranjo aporta? El libro está lleno de anécdotas, porque cada llegada a las islas comporta una tragedia diferente: cayucos a la deriva; muertos que son arrojados por la borda; naufragios al pie de los acantilados; lluvias de arena y ventoleras que les hacen tiritar cuando llegan al lado de los vistosos turistas; cuerpos inertes que llegan hasta el litoral porque su muerte aconteció ya cerca y los compañeros de cayuco han preferido que sus cuerpos reposen en tierra. Estos son los aspectos cualitativos de la tragedia que tiene su origen en las cifras, en la estadística y en la demografía.

África es inmensa: 30 millones de kilómetros cuadrados en los que viven 1.000 millones de personas, que van a ser 1.500 millones en el año 2015. África es rica en recursos naturales, pero los 20 países más pobres del Mundo están en ella. “La mayoría de los africanos se enfrenta a la explotación externa de los recursos naturales, la falta de democracia real, dictaduras, guerras, tensión étnica y religiosa, y esa clase de miseria que se alía siempre con las peores enfermedades (sida, malaria, cólera) y hasta con plagas, como la que provocó la hambruna del 2005 en zonas de Níger, Malí e incluso del sur de Mauritania”, subraya José Naranjo para advertir que es de esta zona de la que parte la mayoría de los inmigrantes que llegan a España. Ellos conocen, a través de internet, las dimensiones de su sueño europeo. No sólo los parias en los cayucos, sino también los alrededor de 300.000 jóvenes africanos con estudios superiores que trabajan en EE UU, Canadá o Europa ejercen de acicate, de llamada. Las corrientes de africanos que se mueven dentro de su continente, en todos los sentidos, persiguen diferentes objetivos. La dirección es lo importante. Así lo explica José Naranjo: “Todos los miércoles y sábados un tren une Dakar con Bamako, la capital de Malí. Si se coge hacia el Oeste, de Malí a Senegal, se puede ver a los africanos llenos de esperanza que saben que Senegal es sólo una estación de paso hacia Europa. Sin embargo, si se va en sentido contrario, el viajero se va adentrando lentamente, con paradas interminables en todos los pueblos, en un mundo nuevo, en lo profundo de ese continente que nos habla de miseria y enfermedades”.

Las cifras de inmigrantes llegados a Canarias provocan alarma. A las pateras han sucedido los cayucos, pero unas y otros son embarcaciones frágiles, nada dotadas para surcar océanos. Han aumentado los cayucos, por cierto, cada vez más rudimentarios, cada vez menos consistentes, y han aumentado los pasajeros: si en todo el año 2005 fueron 5.000 los llegados, en sólo el mes de marzo de 2006 llegaron 2.000 inmigrantes. La capacidad de acogida de las Canarias se desbordó, porque en mayo del 2006 llegaron 5.000 personas, de ellas, más de 2.000 en un solo fin de semana. ¿Cómo frenar tales avalanchas? La desesperación se ha instalado en el continente africano y cada vez asumen mayores riesgos los inmigrantes. El senegalés Abou Diallo lo explica así: “las condiciones de vida de mucha gente son tan penosas que es asumible pasar una semana de sufrimiento en el mar, porque a cambio tienes una vida mejor en Europa”. Diallo embarcó en un cayuco en Saint-Louis en febrero de 2006 y tuvo que volver a la costa al descubrir una vía de agua en la canoa. Como él, son muchos los que dan testimonio en este libro de sus múltiples intentos de huida.

Este libro de José Naranjo es un documento gráfico completísimo. Puede que no sirva para un tratado sobre inmigración, pero cada pasaje es una fotografía que mueve a la reflexión e incita a la ternura. En una veintena de páginas, en el centro del libro, están  reunidas algunas fotografías. Sobresale por su ternura, su dureza y su realismo la última de ellas, en la que un joven recién llegado al muelle de Los Cristianos a bordo de un cayuco, mira interrogante con los ojos ensangrentados por el sufrimiento.

Plan África, Unión Europea, Yaye Bayem. España es estación intermedia en el largo viaje de los inmigrantes africanos a Europa. El Gobierno Español, desbordado, reclama a las instituciones europeas que se involucren por medio de la Agencia Europea de Control de Fronteras Exteriores (Frontex), en el marco del Plan África, que fue aprobado en  Consejo de Ministros. Dicho plan establece cuales son los países en los que se debe actuar prioritariamente, por ser las principales fuentes de la inmigración: Guinea, Senegal, Malí, Nigeria, Angola, Namibia, Sudáfrica, Mozambique, Kenia, Mauritania y Etiopía. Como países de interés específico, por sus posibilidades aunque no desarrolladas: Ghana, Camerún, Níger, Guinea-Bissan, Gambia, Gabón, Tanzania, Seychelles, Cabo Verde y Santo Tomé. Como países de especial seguimiento, por su situación de inestabilidad que supone un riesgo para la paz: Costa de Marfil, Zimbabwe, Sudán, Chad y la República Democrática del Congo.

Prácticamente toda África, a excepción del Norte, está atenta y esperanzada con el desarrollo de este Plan que se compromete, con el afianzamiento de la democracia, la paz y la seguridad en África; que se compromete como impulsor de acciones ante la UE; que promociona intercambios comerciales y de inversión con los países africanos; que pone en marcha acciones por el fortalecimiento de la cooperación cultural y científica. ¿Será suficiente?

Mientras tanto, Yaye Bayem, la mujer senegalesa fundadora de la Asociación de Madres y Viudas de los Cayucos, acude cada tarde, con otras mujeres, a la playa de Thiaroye, a rezar por sus hijos muertos. Yaye Bayem, madre de un solo hijo, que murió en un cayuco, decidió dejar de llorar por la pérdida y conminó a sus compañeras: “No podemos estar siempre llorando, porque de esa manera sólo podremos estar más pobres”.  Y se puso a trabajar en programas de apoyo: ayudas, microcréditos. Los viajes de sus hijos desaparecidos las han entristecido, empobrecido y, quizás, desesperanzado.

El testimonio de Yaye Bayem es cruel y bello: “Muchos hijos senegaleses han entregado sus vidas al intentar dar de comer a sus familias”. Ella ha organizado a las mujeres de su pueblo para que tomen el testigo y organicen su supervivencia, al menos la económica, durante tanto tiempo supeditada a los hombres. Y apostilla: “No creo que este año lleguen a Canarias menos cayucos que en el 2006. Los pasadores no están dispuestos a perder su negocio”.

Los otros cayucos

Los cayucos también sirven para dar rienda suelta a los caprichos. Desde el año 1954 se viene realizando la Regata Océano a Océano, travesía en cayucos por el Canal de Panamá que parte del Océano Atlántico y termina en el Océano Pacífico. En el año 2000, en torno a este evento, fue creado el Club de Remos de Balboa (CREBA). La Regata comenzó con sólo siete cayucos en 1954 pero ahora son ya cerca de 200 los cayucos que participan. Se trata ya de un fenómeno social en el que los participantes son auxiliados por botes escolta, personal de soporte de la Autoridad del Canal de Panamá, (ACP), oficiales de comida y bebida, etc. Las familias se convierten además en testigos directos de las hazañas de sus abnegados familiares.

La regata dura tres días, pero la preparación es larga y espectacular. La temporada se inicia con la llamada Rifa de Cayucos. Luego sigue la Clínica de Seguridad en la playita de Amador, en la que se educa y adiestra principalmente a los novatos. La enseñanza más importante es mantener el balance del cayuco y aprender a subirse con rapidez en caso del volteo. El Club de Remos organiza también otras dos regatas de cayucos, más pequeñas, de sonoros nombres: la de la Calzada de Amador y la del Gamboa Rainforest Resort. Y realiza también un Proyecto de Reforestación para fabricar nuevos cayucos.

La Regata se inicia en el Club de Yates y termina en Diablo, cuarenta millas después. Aparte de los abonos pertinentes, cada participante debe usar obligatoriamente: calzado acuático, salvavidas por persona, silbato avisador, cinco remos, cuerdas de amarre en la proa y la popa, bandera blanca. Y se exige no poner en riesgo las vidas en ningún momento, uso de silbato y bandera en estado de peligro y auxilio a cualquier cayuco en problemas. Con estas reglas parten los aguerridos navegantes en la Aventura.

Esta regata, que tuvo sus inicios en una cuadrilla de Boy Scouts se ha convertido en una actividad para las élites, generalmente ociosas y adineradas. Así se expresa en Internet Mirie de Muoynés, una socia del Club de Yates, refiriéndose a la Carrera  de Cayucos: “Lijarán, pintarán y prepararán sus botes (cayucos); se entrenarán; vivirán la delicia de remar al amanecer o de ver el sol caer a bordo del cayuco; llorarán; se exigirán más de lo que creían que su cuerpo era capaz de dar; zarparán  de la costa atlántica y llegarán a la meta con la indescriptible satisfacción de haber terminado... Y, como en todas las travesías más importantes de la vida, el final de esta jornada será el principio de otra, porque la meta no es un destino, sino un nuevo punto de partida, un instrumento que les ayudará a trazar trayectorias futuras”.

Mirie de Monynés debiera contarle todo esto a las madres que esperan en la playa de Thiaroye que el mar les devuelva los cuerpos de sus hijos desparecidos. Por cierto, ¿habrá oído hablar esta elitista de Yaye Bayem, la creadora de la Asociación de Madres y Viudas de los Cayucos? ¿Habrá que instalar un Club de Yates en la playa de Thiaroye para que las travesías de los parias sean también una fiesta?

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