Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 736 - 9 de abril de 2007

De lealtades y otros aburrimientos

por Joaquín Leguina

La palabra lealtad se refiere al cumplimiento con "las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien". Así pues, cuando se habla de "lealtad constitucional" se hace un uso impropio del término lealtad, pues parece evidente que la lealtad sólo puede contemplarse en el ámbito privado, es decir, en las relaciones entre personas y no en las relaciones políticas.

Ahora bien, pongamos que dos socios firman un contrato público; si al día siguiente uno de ellos rompe el acuerdo o amenaza con hacerlo, podría decirse que un socio es desleal con el otro, aunque los calificativos más adecuados serían en ese caso los de informal, incumplidor, insincero, veleta, inseguro, ingrato, indigno, falso, traicionero o, simplemente, engañoso. Tal parece ser el caso de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) cuando, tras entrar de nuevo y en compañía de los mismos socios en el Gobierno de la Generalidad vuelve, a las primeras de cambio, por donde solía y plantea una doble propuesta (en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento de Cataluña) acerca de un hipotético referéndum de autodeterminación (que para ellos, los proponentes, sería de secesión).

Poco proclives a las tediosas labores de gobierno (pese a que en ellas llevan ya muchos años) a los de ERC lo que les va es la marcha. La marcha de exhibir, mañana, tarde y noche, directa y descarnadamente su programa máximo, que no tiene otro objetivo que el de la independencia: "Freedom for Catalonia", y como son republicanos e independentistas, pocas "lealtades constitucionales" cabe reclamarles. La reclamación habría de dirigirse a sus socios en el Gobierno catalán, recordándoles que la política va más allá de las triquiñuelas consistentes en sumas de cantidades heterogéneas. Sumas políticas que transgreden las más elementales reglas aritméticas, contra cuyos principios no se puede trabajar en paz ni se llega a ningún puerto sereno. Y, a este respecto, conviene recordar también aquello que conocemos desde tiempo atrás, a saber: la afición que tienen Carod y sus conmilitones por las coronas de espinas (para ponérselas a quien tienen cerca).

Mas, por encima de estas y otras provocaciones, propias de niños malcriados –y quien con niños se acuesta ya se sabe cómo se levanta–, está una realidad política, la de Cataluña, que resulta preocupante en sí. Una creciente desafección por parte del electorado hacia la política y los políticos. Desafección que marcha paralela a la endogamia cada vez más feroz en la que se vienen engolfando –allí pero no sólo allí–los profesionales de la cosa pública.

Una endogamia que tiene en Cataluña, además, un apellido: "identitaria", y a la cual ayuda sobremanera un hecho: el de ver a una renovada ERC disputándole los votos en el espacio nacionalista a CiU... y en este torneo, consistente en medir la lejanía a la que llega la micción de cada contendiente, es bien sabido que los destinados a mojarse no son los que orinan, sino quienes contemplan muy atentos la meada.

Y más si, en lugar de denunciar la suciedad del juego, se entra en él, en la subasta identitaria, olvidando se de otros asuntos más relevantes y, sobre todo, más sustanciosos pa. ra gran parte del electorado que to ma el autobús o el metro cada ma ñapa, que trabaja duro, que lleva a sus hijos a la escuela pública o a sus padres al médico... y que, además, habla en castellano. Conviene no ol vidarlo –porque existe al respecto una subvencionada y pésima me moría–: la mayoría de los catalanes tienen como lengua materna el cas tellano y son, también, una inmen sa mayoría aquellos que dicen sen tirse españoles o españoles y también catalanes y es sólo una mino ría la que dice sentirse exclusiva. mente catalana. Y si esto es así (co. mo también lo es en el País Vasco), carece de sentido sociológico, ecos nómico, demográfico, cultural... seguir hablando siempre de lo mismo y menos aún lo tiene seguir soportando esa espiral reivindicativa infinita de carácter nacionalista.

Un problema, el del nacionalismo, que, según afirmó Ortega en las Cortes Republicanas (1932), teníamos que "conllevar". Pero conllevar es llevar entre dos o más y se tiene la clara impresión de que en este asunto el burro de carga siempre es el mismo. Lo cual resulta cansado y aburrido.

Y, en fin, también cabe preguntarse ¿por qué no hablamos de otra cosa?... Pero mañana al levantarnos seguiremos oyendo y leyendo lo mismo: la última ocurrencia de Carod o la penúltima "oferta democrática" de algún batasuno.

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