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Nº 736
9/4/2007
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La lejanía en la política

Por José María Benegas

Inesperadamente lejano": "Frío y distante". Éstas son las críticas que se han hecho a la entrevista de Zapatero con el nuevo formato en el que las preguntas las hacen ciudadanos de diversas procedencias seleccionados previamente. Esto de la lejanía es un nuevo concepto crítico utilizado escasamente hasta ahora. "Ha estado lejano". ¿Qué quiere decir realmente estar lejano? Para empezar es una crítica periférica porque no afecta al contenido al no estar éste englobado dentro del concepto de lejanía. Se critica entonces una actitud. Da igual si el contenido es correcto o no, acertado o no; el problema reside en si se transmite con calidez o con frialdad. Seguimos, por lo tanto, sin debatir sobre los contenidos. ¿Se refiere la lejanía a que el presidente utilizó datos emanados de la realidad del país para corroborar sus afirmaciones? ¿Es esto malo, sobre todo cuando vivimos en un país en que se suscitan polémicas falsas: 11 de marzo, Navarra, pactos oscuros con los terroristas, etc., sin aportar ningún dato? El presidente demostró conocer la realidad de los problemas que se le planteaban, incluida la depuradora de Melilla. ¿Qué es mejor, estar cerca de los problemas o cercano a los sentimientos subjetivos de calidez? Finalmente, ¿cómo miden los periodistas la cercanía o la lejanía?, ¿sobre sus percepciones personales o sin que lo sepamos tienen un aparato especial para medir los sentimientos de los ciudadanos? El país es plural y si nos movemos en parámetros subjetivos, como la lejanía o la cercanía, habrá habido de todo en la percepción de los ciudadanos, pero seguiremos debatiendo sobre efluvios, no sobre la realidad del estado de los problemas y las soluciones y perspectivas ofrecidas por el presidente del Gobierno en la mencionada entrevista.

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Café amarillo. Resulta insólita la reacción de los medios de comunicación a la hora de valorar y resumir en titulares una entrevista de dos horas de duración con el presidente del Gobierno. El precio del café fue la noticia. Más increíble resulta que un periódico como El País titule en primera página con este tema. Si el nivel político resulta bastante penoso, el de los medios de comunicación no le va a la zaga. La pregunta al presidente está mal hecha porque el café no tiene un precio único, sino que, como se ha demostrado, el abanico es muy amplio. Tal y como se ha tratado este tema en los medios de comunicación, con una amplitud insólita, pareciera que el futuro de los españoles depende de esta cuestión. Por cierto, en tiempos del "abuelo Patxi" no había euros, por lo tanto la referencia queda invalidada. El amarillismo ha sido total. Los medios de comunicación se merecen café amarillo sin azúcar.

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Recientemente asistí a un homenaje multitudinario ofrecido a Sabino Fernández Campo, bien merecido, por cierto. El acto tuvo ausencias inexplicables, una exigua representación socialista y una nutrida presencia de conservadores y centristas que fueron protagonistas o copartícipes dela transición democrática española. A muchos no les veía desde hacia tiempo y medité en el transcurso de la cena sobre qué podíamos tener en común entre aquellos que provenían del viejo régimen y la izquierda vencida que añoraba la libertad y fue capaz del Pacto Constitucional de 1978. Encontré dos elementos: uno, bien conocido, el entender que no podíamos repetir los errores que nos llevaron a la etapa más negra de nuestra historia, que desató y desbocó nuestros peores instintos. El otro punto de conexión que apareció de repente en mi reflexión fue que teníamos un determinado "sentido del Estado". Éramos conscientes de los límites de la acción política esencialmente acotados por un sentido de Estado que predeterminaba, a veces intuitivamente, lo que había que respetar o no se podía tocar, ni utilizar partidariamente, y, sobre todo, éramos conscientes de aquellas cosas con las que no se podía jugar.

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Aplicable a Bush: "Se hace la guerra cuando se quiere, se termina cuando se puede" (Maquiavelo, El príncipe).
"Los países que entregan su libertad por su seguridad están condenados a perder ambas cosas" (Benjamín Franklin).

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L a cualidad más importante de un político es saber cuándo tiene que hacer política.

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