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AGUA VA...
Ramón O'Pina
Nº 736 - 9 de abril de 2007
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Moraleja

Erase una vez un Príncipe, bueno de corazón, de noble porte y sereno mirar, que vivía en el reino de las Mil y Una Tejas. Su padre el Rey, había dado nombre al reino con un singular ordenamiento, según el cual todos sus súbditos tenían derecho a una casa con un tejado cubierto por, al menos, 1.001 tejas. A partir de esa cantidad se cobraban los impuestos, progresivamente, según el número de tejas de cada casa en propiedad. Y érase por aquellos días que el más apreciado tejar del reino pertenecía a Policarpo, reconocido por sus dotes, pero, sobre todo, porque era padre viudo de la más despampanante belleza del reino. Aurora de nombre, unía una explosiva e irresistible alegría con unas formas de la naturaleza deslumbrantes, a la par que elegantes.

Mientras, el Príncipe se afanaba en dar contento a su padre el Rey, viudo y anciano, que no veía cómo hacer de él un digno heredero.

— Mira, hijo, un Rey debe, sobre todo, procurar el bienestar de su pueblo. De todos sus súbditos, que ninguno piense que una República le va a traer más cuenta. ¿Cómo? Los menos, nobles, ricos y cortesanos, tienen el dinero, y su mayor goce y ambición está en lograr el favor del Rey. Debes hacerles creer, uno a uno, por separado, que la Corona es una pesada carga, que envidias su posición, y que cuentan con tu amistad y cariño. Luego les explicas que para que todo el mundo esté contento, ellos deben de pagar, y así, todos felices en su ignorancia, no quedará lugar para ideas de cambios y jamás vendrá la República, para mal de todos. Recuerda, hijo, que las bibliotecas son la antesala de la República. Deja ya de tanto leer. Goza y disfruta y luego, dame un nieto con quien recordar mis propios días de Príncipe.

—Papá, si llega el día en que conozca una mujer, encienda la luz de mi corazón y logre arrebatarme como un volcán, tendrás un nieto. Sea con madre princesa plebeya.

—Hijo mío, tras la literatura, el mayor peligro de la Monarquía está en la convivencia formal con el pueblo. Gozar con ellas, sí. ¿Casarse? Sólo con una Princesa de reconocida alcurnia.

—Papá, papá, estás anticuado.

Y como estaba escrito (lo escribí yo), un aciago día el Príncipe quiso conocer a la famosa Aurora, y en llegando a conocerla (aún no bíblicamente) comprendió que era la mujer que querría como madre del nieto del Rey. Y, mira tú por dónde, Aurora, tan remisa en otras ocasiones, esta vez abrió, primero, su corazón, y se entregó a su Príncipe para engendrar las formas de la realeza. El viejo Rey, no pudo resistir el apaño de tosco barro cocido barnizado de porcelana auténtica y abdicó.

Al poco tiempo, por fin, vino la República.

Moraleja (sic): esconde la mano que viene la vieja, derechona y pelleja.

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