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 Nº 733 - 19 de marzo de 2007

50 años de la firma del Tratado de Roma

por Carlos Berzosa

E n 1957 se inició un camino de cooperación entre países europeos que trataba, entre otras cosas, de dejar atrás rivalidades tan funestas como las vividas entre Francia y Alemania. El Tratado de Roma supuso un giro trascendental en la Europa occidental, en la que había sido la historia más reciente, consiguiendo que el enfrentamiento que caracterizó los años anteriores diese paso a la integración económica. Con ello no sólo se aseguraba la paz y la cooperación entre los antiguos rivales, sino que se ponían los pilares para avanzar en el camino de la prosperidad económica.

La integración económica no ha sido fácil y el camino ha estado erizado de dificultades, pero el éxito logrado se observa con sólo contemplar cómo de aquellos seis países fundadores se ha pasado a 27. Prácticamente todos los países europeos han deseado entrar en este club fundado a finales de los años cincuenta, cuando aún sufrían privaciones y penalidades derivadas de las guerras. Las sucesivas ampliaciones han tenido su importancia, una de las más trascendentales en su momento fue cuando se incorporaron los países del sur de Europa que, dejando atrás sus dictaduras, arrastraban un nivel de desarrollo inferior a la media de la Comunidad Europea. Pero han tenido más trascendencia, sin duda, las que conciernen a los países del Este, pues estas economías no sólo tienen un desarrollo económico inferior, sino que se han visto forzadas a realizar en escaso tiempo una transición difícil, que ha supuesto elevados costes sociales, al pasar de la planificación central a la economía de mercado.

Estos procesos de integración sucesivos han puesto fin a la división que ha caracterizado a Europa durante el siglo XX: dos guerras mundiales, guerras civiles como la de España, polarización entre dos sistemas económicos diferentes, totalitarismos y democracia, división entre la Europa democrática de posguerra y las diversas dictaduras...

En 1914 se ponía fin a un período de paz y prosperidad dando comienzo el "corto siglo XX", tal como lo ha caracterizado el gran historiador británico Hobsbawm, que acaba con la caída del Muro de Berlín en 1989.

En 1914, señala Gabriel Jackson en su libro Civilización y barbarie, Europa era universalmente considerada el continente más dinámico del mundo, conocido por su desarrollo económico, su potencia militar, su originalidad científica y variedad artística. Y lo había sido por lo menos durante dos siglos. No obstante, en el siglo que acaba de terminar, Europa se ha infligido a sí misma, y a una gran parte del mundo, dos guerras atrozmente destructivas.

La revolución rusa, por su parte,± supuso el origen del gran abismo que ha separado a Europa en dos sistemas económicos diferentes. Las guerras y el llamado telón de acero han hecho de Europa no sólo un escenario de conflictos, sino de diferencias profundas. En fechas recientes, otra guerra civil, esta vez en la antigua Yugoslavia, que desgarra a las distintas nacionalidades que componían el país ha dejado una vez más muestras del horror humano en esta era de catástrofes que ha sido el siglo XX para Europa.

O El año 1989 es un punto de llega- da a ese final de la división entre sis- temas, pero a su vez es un punto de partida nuevo. Como pone de manifiesto Habermas, las situaciones de partida en 1945 y 1989 no tienen más en común que el feliz fin de una dictadura. El primer fin quedó sellado desde fuera mediante una derrota militar. El otro fue posibilitado por la política de Gorbachov e impuesto desde dentro.

La Unión Europea significa un progreso hacia la paz en Europa, pero tiene ante sí muchos retos, como la desigualdad existente, que aumenta con las nuevas incorporaciones y con las tendencias al desequilibrio en la economía mundial. Uno de los retos es preservar el modelo de economía social en los países que más han avanzado en este terreno e implantarlo en los que se encuentran más atrasados, así como conseguir avanzar hacia una Europa de los ciudadanos y no sólo hacia la Europa de un mercado, de una moneda. Otro reto es el de desempeñar un papel más activo en el mundo para fomentar la paz, la igualdad internacional y un mundo más justo y servir de contrapoder a la hegemonía norteamericana. El de conseguir una Europa no excluyente y que sea capaz de integrar a los numerosos ciudadanos que emigran procedentes de los países menos desarrollados. En suma, construir una Europa más social, más solidaria y ecológicamente sostenible. Sin cuestionar lo mucho conseguido, sigue quedando mucho camino por recorrer si queremos realmente afrontar las graves amenazas que tienen la humanidad
y el planeta ante sí.



*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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