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Nº 735
2/4/2007

El BÁltico tambiÉn existe

El Mar Báltico, como el Mar Negro, siempre fueron zonas privilegiadas para Rusia, por razones estratégicas y políticas y porque, francamente, son zonas muy agradables para vivir, destinos escogidos para marinos, militares y turistas distinguidos en costas escogidas que no es fácil resignarse a perder o compartir. El Báltico en particular, con sus tres repúblicas independientes, fue durante muchos años una especie de zona de nadie para los rusos, en que la actitud condescendiente de los demás países ribereños permitía los afanes expansionistas de Rusia y la hegemonía de su Flota del Báltico. Incluso Dinamarca, Alemania y Suecia no parecen haber prestado demasiada atención a sus aguas, a unas repúblicas provincianas en las que no se pensaba se hubieran escrito páginas importantes de la historia europea, sintiéndose bastante ajenos respecto a una especie de protectorados de independencia intermitente y que con frecuencia han pasado, de unas manos a otras. Este panorama estaría cambiando por la integración de las tres repúblicas en la Unión Europea y la Alianza Atlántica, lo que proyecta su presencia y sus intereses en áreas e instituciones supranacionales y en terceros países de peso mucho mayor como Chequia, Polonia y la misma Alemania.

Nueve países europeos son ribereños del Mar Báltico, de ellos sólo Rusia no pertenece a la Unión Europea. En consecuencia tales países y en particular Estonia, Letonia y Lituania, han desarrollado una extremada sensibilidad respecto a las relaciones ruso comunitarias y otras cuestiones estratégicas como la del nuevo escudo antimisiles. El Báltico sería la primera región en beneficiarse de la tupida red de intereses que pueda crearse entre la Unión y Rusia, pero sería igualmente la región eventualmente más perjudicada por la indecisión y la debilidad, por no decir el conflicto de intereses, de los socios comunitarios frente a una Rusia con la que es inevitable negociar, se muestra más segura de sí misma y que está dispuesta a recuperarse como gran potencia. A medida que nos alejamos de Moscú se incrementan las actitudes de pragmatismo y moderación, muy visibles en países como Francia y Alemania, que en absoluto se detectan en las tres repúblicas bálticas, en Chequia y Polonia. Es decir, la atracción europea hacia los Estados Unidos se halla en razón directa a la proximidad respecto a Rusia, y a lo que se ha sufrido por su dominación.

O sea, que las piezas del juego constan de una Rusia recuperada, una Unión Europea indecisa y desunida, y unos países bálticos que se encuentran entre medias. Divididos sobre qué hacer con Rusia, los alarmistas y los pragmáticos, ha podido llegar a hablarse de una Paz Fría especialmente desde que en la conferencia de seguridad de Munich celebrada en el pasado mes de febrero, se resucitara el combativo lenguaje de la retórica de la Guerra Fría, por parte de Vladimir Putin en especial. Resultados de esta atmósfera pueden encontrarse en los intentos europeos de constituir algo así como un bloque energético para negociar unido frente a Rusia, o de reforzar la presencia europea en la periferia rusa; en Ucrania, los países del Cáucaso y de Asia Central. De cristalizar tales movimientos no sería extraño, y no sería la primera vez, que Rusia denunciara la voluntad europea de cercarla y aislarla, un nuevo cordón sanitario, y que dijera descubrir signos de convergencia y colusión entre europeos y estadounidenses. De momento, es la cuestión energética la que consigue sembrar más divisiones entre europeos. La mayoría europea pretende ante todo asegurar los suministros rusos, los países bálticos prefieren conseguir su diversificación y una mayor independencia energética, también para que Rusia no se fortalezca.

Como es lógico en la Europa Cen tral y en la Europa Báltica todas las cuestiones que con Rusia se relacio nan adquieren un suplemento de sen timientos, temores y prejuicios, re flejo de otros tiempos más bien me jorables, no compartidos por la sen sibilidad de Europa Occidental. A su vez tal proyección puede completar se con los frecuentes resquemores hacia Alemania, también explicables, país al que por el tema energético se le supone capaz de entenderse di rectamente con Rusia, forzando a la Unión Europea a hacerlo y pasando por encima del resto de países entre medias. Tal cosa se plantea con el proyectado oleoducto entre Rusia y Alemania a través del Báltico. Para Alemania sería garantía de la seguridad y la regularidad en los suministros energéticos, que además considera beneficiarían a toda Europa. Pero para los países de entre medidas es toda una amenaza, el oleoducto generaría nuevas restricciones y chantajes, más espionaje, contribuyendo además a contaminar las aguas del Báltico. Por parte de Polonia, la polémica se ha adobado con sentimientos antigermanos que los gemelos Kaczyinski estarían atizando, para levantar la bandera del Báltico, de la desconfianza hacia Rusia y la vinculación más estrecha a los Estados Unidos.

Ignacio Rupérez.

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