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El BÁltico tambiÉn existe El Mar Báltico, como el
Mar Negro, siempre fueron zonas privilegiadas
para Rusia, por razones
estratégicas y políticas y porque, francamente, son zonas muy agradables
para vivir, destinos escogidos para
marinos, militares y turistas distinguidos en costas escogidas que no es
fácil resignarse a perder o compartir.
El Báltico en particular, con sus tres
repúblicas independientes, fue durante muchos años una especie de
zona de nadie para los rusos, en que
la actitud condescendiente de los
demás países ribereños permitía los
afanes expansionistas de Rusia y la
hegemonía de su Flota del Báltico.
Incluso Dinamarca, Alemania y Suecia no parecen haber prestado demasiada atención a sus aguas, a unas
repúblicas provincianas en las que
no se pensaba se hubieran escrito páginas importantes de la historia europea, sintiéndose bastante ajenos
respecto a una especie de protectorados de independencia intermitente y que con frecuencia han pasado,
de unas manos a otras. Este panorama estaría cambiando por la integración de las tres repúblicas en la
Unión Europea y la Alianza Atlántica, lo que proyecta su presencia y
sus intereses en áreas e instituciones
supranacionales y en terceros países
de peso mucho mayor como Chequia, Polonia y la misma Alemania. O sea, que las piezas del juego constan de una Rusia recuperada, una Unión Europea indecisa y desunida, y unos países bálticos que se encuentran entre medias. Divididos sobre qué hacer con Rusia, los alarmistas y los pragmáticos, ha podido llegar a hablarse de una Paz Fría especialmente desde que en la conferencia de seguridad de Munich celebrada en el pasado mes de febrero, se resucitara el combativo lenguaje de la retórica de la Guerra Fría, por parte de Vladimir Putin en especial. Resultados de esta atmósfera pueden encontrarse en los intentos europeos de constituir algo así como un bloque energético para negociar unido frente a Rusia, o de reforzar la presencia europea en la periferia rusa; en Ucrania, los países del Cáucaso y de Asia Central. De cristalizar tales movimientos no sería extraño, y no sería la primera vez, que Rusia denunciara la voluntad europea de cercarla y aislarla, un nuevo cordón sanitario, y que dijera descubrir signos de convergencia y colusión entre europeos y estadounidenses. De momento, es la cuestión energética la que consigue sembrar más divisiones entre europeos. La mayoría europea pretende ante todo asegurar los suministros rusos, los países bálticos prefieren conseguir su diversificación y una mayor independencia energética, también para que Rusia no se fortalezca. Como es lógico en la Europa Cen tral y en la Europa Báltica todas las cuestiones que con Rusia se relacio nan adquieren un suplemento de sen timientos, temores y prejuicios, re flejo de otros tiempos más bien me jorables, no compartidos por la sen sibilidad de Europa Occidental. A su vez tal proyección puede completar se con los frecuentes resquemores hacia Alemania, también explicables, país al que por el tema energético se le supone capaz de entenderse di rectamente con Rusia, forzando a la Unión Europea a hacerlo y pasando por encima del resto de países entre medias. Tal cosa se plantea con el proyectado oleoducto entre Rusia y Alemania a través del Báltico. Para Alemania sería garantía de la seguridad y la regularidad en los suministros energéticos, que además considera beneficiarían a toda Europa. Pero para los países de entre medidas es toda una amenaza, el oleoducto generaría nuevas restricciones y chantajes, más espionaje, contribuyendo además a contaminar las aguas del Báltico. Por parte de Polonia, la polémica se ha adobado con sentimientos antigermanos que los gemelos Kaczyinski estarían atizando, para levantar la bandera del Báltico, de la desconfianza hacia Rusia y la vinculación más estrecha a los Estados Unidos. Ignacio Rupérez. |
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