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Nº 735 - 2 deabril de 2007

¡Cumpleaños feliz!, ¿o, no tanto?

Hace pocos días la UE cumplió 50 años y en Berlín se celebró el aniversario del Tratado de Roma (25 de marzo de 1957) con la solemnidad de las grandes ocasiones y con una declaración, la Declaración de Berlín, que la presidencia alemana preparó con el mayor de los secretos, tratando de superar las múltiples divergencias entre los Estados miembros.

Al final se consiguió un texto de consenso que celebra los éxitos conseguidos en estos cincuenta años y hace recuento de los pasos seguidos desde 1957. Pero, reconozcámoslo, en un momento en el que la UE se encuentra en una situación de crisis mayor que las que ha conocido en otros momentos de su historia, la declaración no ha conseguido dar un nuevo impulso a nuestro proyecto de integración.

Esa crisis no la impide funcionar en lo cotidiano. Pero el reconocimiento de los éxitos conseguidos no evita una sensación de decaimiento, de cansancio, de dudas sobre la capacidad del proyecto europeo para hacer frente a los desafíos del mundo globalizado y a las inquietudes de los ciudadanos.

Ello hace que éstos se distancien del proyecto de integración europeo, cuyo funcionamiento se vuelve cada vez más intergubernamental. La búsqueda del interés colectivo cede frente a la defensa de los intereses nacionales y se constata una resistencia cada vez mayor a todo planteamiento de comunitarización.

A la situación actual hemos llegado por la falta de adaptación a tres cambios fundamentales que ha vivido la UE. Primero, la ampliación. Paradójicamente, ha sido uno de los mayores éxitos de la construcción europea, con la que se ha superadoun continente dividido. Pero no ha variado sólo el número de miembros, sino también la naturaleza del proyecto.

' Segundo, la globalización. Hoy vivimos en economías abiertas y competitivas a escala mundial. La dimensión europea que amplió nuestra perspectiva hoy nos parece demasiado pequeña. La globalización abre oportunidades pero también confronta a la UE con la dificultad de compatibilizar dinamismo económico y dimensión social.

El tercero es el cambio en la actitud de los ciudadanos hacia Europa. Cada vez que ocurre una desgracia, grandes incendios, la llegada masiva de inmigrantes ilegales a Canarias o Lampedusa, la gripe aviarla, la lucha contra el terrorismo o la guerra en el Líbano, los ciudadanos exigen que Europa "haga algo". Pero muchas veces le piden peras al olmo sin saberlo. La UE nació como mercado común entre europeos y en principio no fue concebida para dar respuesta al problema del desarrollo en África, a las pandemias, a la emergencia de China o al conflicto planetario entre civilizaciones o religiones...

Por ello, tras la firma de la Declaración de Berlín, creo que la supervivencia del proyecto europeo pasa por una profunda redefinición de sus objetivos y por dotar a la Unión de los medios políticos para conseguirlos.

Es necesario encontrar una nueva razón de ser a la construcción europea. Y ésta debe ser dar una respuesta a la globalización desde los valores políticos que conforman nuestra forma de vida. Los europeos deben saber si quieren asumir sus responsabilidades globales y convertir a la UE en un actor global.

Europa debe ser un espacio dedesarrollo eficaz en lo económico y lo social, ayudar a sacar el mejor partido de la globalización, tener una voz en el mundo para, entre otros objetivos fundamentales, defender los derechos humanos y proteger el medio ambiente.

Para ello habría que revisar los instrumentos financieros, puesto que no se pude ser actor global con apenas un 1% del PIB.

Habrá que renovar el sistema de gobierno de Europa. Desde Niza se sabe que es necesaria una reforma de las instituciones para permitir a la Unión ampliada funcionar bien, y el proyecto de Tratado constitucional era una respuesta. No fue aceptada pero es urgente reformar las instituciones y los sistemas de decisión si queremos evitar la parálisis.

También es necesario saber qué debe hacer la UE, sabiendo que no puede hacerlo todo y no se le debe pedir que lo haga.

Las demandas de los ciudadanos han cambiado. Son mucho más globales, y se refieren a aspectos como la seguridad y la lucha contra el terrorismo, el empleo, el desarrollo sostenible, la cuestión de las migraciones, la política exterior, etc.

Para responder, la UE deberá hacer menos "pequeñas cosas" y pasar a hacer otras más importantes.

Es decir, asumir la naturaleza política del proyecto. No será fácil pero tarde o temprano todos llegamos al pie de nuestras contradicciones y a veces los grandes aniversarios nos ayudan a darnos cuenta de ello.

Berlín, 50 años después de Roma, fue un gran momento de europeísmo, pero no el momento que todos esperábamos para reimpulsar el proyecto de integración europea.

José Borrell
*Miembro de la Comisión de Energía (ITRE) del Parlamento Europeo

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