Hemeroteca Esta semana
Lista Pensamiento
Buscador
Nº 734 -26 de marzo de 2007

José María Pou, actor, director y productor

“Busco sólo el respeto del público”

A los catorce años ya demostró sus dotes de persuasión convenciendo a los directivos del Colegio Mayor donde estudiaba en la Universidad Laboral de Tarragona para que le permitiesen realizar y emitir programas desde un despacho que le cedía la dirección y que escuchaban sus compañeros a través de un sistema de altavoces. Fue su primera vocación y siempre pensó que su futuro estaba en la radio, aunque la afición al teatro estaba muy viva en su casa desde siempre porque su padre era el director técnico del teatro del centro parroquial de Mollet, pero el destino le tenía reservado otro horizonte que descubrió en Madrid, mientras cumplía el servicio militar. Como buen Escorpio, una de sus características es ser apasionado, “no me interesa absolutamente nada que no me despierte pasión”.

Por Karmen Garrido

—¿Impaciente en cosechar resultados o corredor de fondo?  

—Mi carrera dice que soy un corredor de fondo en la larga distancia, pero también es verdad que en la corta soy muy, muy impaciente. Cuando empecé en este oficio profesionalmente en el año 70 al terminar la Escuela de Arte Dramático, nunca tuve prisa por ser famoso, ni por interpretar protagonistas, porque era consciente de que tenía que ir formándome en el teatro y lo que me interesaba era estar en buenos espectáculos, con buenos directores. Sabía que mi físico me condicionaría, no era especialmente guapo, era desgarbado y muy alto, nada que ver con lo que se buscaba en los jóvenes a quienes repartían papeles de galán; al principio esto jugó a la contra pero luego me ayudó muchísimo; los directores apreciaban en mí otras condiciones y me daban papeles tipos o característicos con mayor dificultad, algo me obligó a curtirme y a exigirme y con treinta años interpretaba ya personajes de mucha más edad. Tener un físico especial, singular, representa una gran ventaja en la profesión, el público te reconoce enseguida, no te pareces a nadie y debo decir que no he dejado de trabajar en mi vida, nunca he pasado momentos de apuro, todo fue llegando sólo y si de algo estoy orgulloso, ahora que uno ya puede empezar a echar la vista atrás, es de haber mantenido siempre un currículum con mucha dicha dignidad.

—Su espectro interpretativo abarca la tragedia, el humor, la tragicomedia. ¿con qué género disfruta más?

—Creo que, como la vida, es todo una mezcla de tragedia y comedia y me gusta hacerlo todo. La Cabra comienza como una comedia y termina como una tragedia y ese viaje de la comedia a la tragedia que realizamos juntos los espectadores y yo como actor, me gratifica muchísimo; existen pocas obras en la historia del teatro donde se puede realizar un viaje así. No obstante, he de reconocer que tengo una especial predilección por aquellos personajes que tienen un cierto misterio, que son perdedores, que nunca dejan desvelar del todo quienes son, de dónde vienen y a dónde van. Me gustan los personajes con dobleces, que dejan al público intrigado. Sobre el guión era un inspector Ferrer, el personaje de más éxito que he hecho en televisión, era un inspector como los otros, pero quise muy conscientemente imbuirle de un cierto misterio, de una cierta ambigüedad moral, que inquietase al público para mantener su interés, y funcionó muy bien. En teatro, los personajes que automáticamente llaman mi atención, son los que tienen un mundo interior que no asoma prácticamente nunca, da igual que sea atormentado o más o menos feliz, siempre que no esté claro del todo y es verdad que, casi siempre, esos personajes tienen tintes dramáticos.

—¿Qué le gratifica más la rapidez de fama televisiva o la fama más gradual que aporta el teatro.

—La diferencia entre la popularidad que da la televisión y la que también da el teatro es que la mayoría de la gente que sólo te conoce de la televisión, te saluda a gritos en la calle cómo si te conociese de toda la vida y, en cambio, quienes te conocen del teatro, se acercan respetuosamente y te saludan o hacen algo, que es de lo que más me gusta del mundo y que también hacen algunos telespectadores, no dicen nada pero te sonríen y, ese gesto, esa mirada, esa medio sonrisa de complicidad es para mí es la mejor prueba de que tu trabajo llega. 

—¿Le ha sorprendido la avalancha de premios y de candidaturas a premios que ha cosechado “La Cabra”?

—No y puede parecer falsa modestia pero como soy es un apasionado de mi trabajo, para mí el premio termina en el trabajo en sí y todo lo demás son consecuencias que llegan pero a las que uno no aspira, ni se las pone como meta; cuando me dan un premio, significa que mi trabajo cumple con su cometido y que hay una gente que lo reconoce y eso me da mucha alegría. Lo que ocurre es que, normalmente, cuando los premios llegan, ya tengo la cabeza en el proyecto siguiente pero, por supuesto, me enorgullecen muchísimo, sobre todo un premio como el Nacional de Teatro, que es como el gordo de los premios y ahora las 6 nominaciones a los Max pero le diré una cosa, soy un actor muy curtido en estar nominado a todos los premios del mundo y a ver como se escapan de las manos casi todos. A los Max he estado nominado montones de veces, a los Goya y a los de la Unión de Actores también, pero los he visto pasar durante muchos años de largo. Soy un especialista en nominaciones y que el premio llegue no me preocupa demasiado, aunque a decir verdad, llevo cuatro o cinco años, recogiendo premios uno tras otro y, en mi caso, se da el caso curioso de que me han otorgado el Premio Nacional de Teatro de Cataluña y el Premio Nacional de Teatro de España, es fantástico

—En La Cabra no hay un resquicio en el que no haya marcado su impronta. Es el protagonista y se ha estrenado como director y productor, algo que, supongo, entraña especial dificultad.

—Esta ha sido mi primera experiencia y sabía que se podía hacer porque he trabajado con profesionales, como Adolfo Marsillach que fue un maestro para mí y con Flotats y había vivido el proceso pero debo decir que la experiencia ha sido dolorosa durante los ensayos porque al José María Pou actor, le molestaba el Pou director. Como director novato tenía entre las manos un juguete al que quería dedicar toda mi atención porque era lo que más me apetecía pero tenía que robarle tiempo a ese disfrute para prepararme como actor y eso me cabreaba muchísimo; hubo momentos en que el director pensó en prescindir del actor y buscar a otro actor para interpretar a Martin. Los compañeros de Barcelona me ayudaron muchísimo a centrarme y pasé la crisis, pero todavía sufro cuando, a veces estando en el escenario metido en la piel de Martin, no sé por qué razón aparece el director y tengo que luchar para que el director se vaya y deje al actor su tiempo. Estoy seguro de que repetiré como director, tengo ya proyectos firmados pero compaginar la labor de director y actor, no sé si volveré a repetirlo porque está siendo duro.

—La bronca política está crispando a la opinión pública. ¿Considera razonable la labor de oposición que está realizando el Partido Popular?

—Su labor de oposición está siendo salvaje desde que pasó la oposición y ahora ha alcanzado unos límites totales; su política es absolutamente partidista y electoralista y lo que es peor, enormemente irresponsable sin calcular a donde puede llegar. Han soltado todos los caballos, da la impresión de que pretenden que no crezca la hierba si no es con ellos y creo que tendrán que responder ante la historia si la cosa va a más. En cualquier caso, no tengo ambages en decir, que la política del PP, o por lo menos la de su sector duro, porque me niego a creer que en un partido democrático todo el mundo sea tan irracional, tan irresponsable y sin ningún sentido de estado, hablo pues de los dirigentes del PP significados, me parece impropia de seres adultos responsables.

—¿Considera necesario el diálogo para intentar erradicar el terrorismo de ETA?

—Me remito al pensamiento de Ernesto LLuch, una persona a la que admiré muchísimo y que tenía clarísimo que había que dialogar. Para conseguir la paz, hay que dialogar siempre pero atención, que no sean maniqueos, que no nos digan que dialogar significa bajarse los pantalones, ni pagar precio político; dialogar es de seres inteligentes y razonables. Dialogo no significa pagar precios políticos, ni significa perdón, ni olvido, ni chantaje, significa diálogo que es lo que nos diferencia de los animales que no dialogan, ni razonan, ni quieren ponerse de acuerdo. No tengo duda de que para avanzar en el fin del terrorismo es preciso pasar por el diálogo y, aunque a veces me gustaría que las cosas se hiciesen de otra forma, apoyo la política de Zapatero en materia antiterrorista.

—Ahora me dirijo al ciudadano, ¿qué le preocupa de su realidad cotidiana?

—Una de las cosas que más me preocupan es la convivencia que pasa por el respeto a los demás, por el respeto a las ideas en primer lugar y al simple proceder de la libertad de cada uno y que creo está en peligro en estos momentos. Hay gente vocinglera y maleducada que por el ruido que hacen parecen ser más de los que son, que está dispuesta a no respetar, no ya las ideas, sino a no respetar absolutamente nada. Yo he vivido la transición en Madrid, una época maravillosa del gobierno Tierno cuando íbamos felices por las calles, disfrutando de aquella espléndida democracia y ahora estoy viendo que la convivencia, el día a día, están enormemente deteriorados. Por la calle noto una especie de agresividad flotando en el aire, la gente está enfadada, irritada y de eso tienen responsabilidad esos políticos que han creado un clima de irritabilidad permanente, por el que habría que pedirles responsabilidad, porque esta irritabilidad permanente puede provocar una salida de tono que podríamos tener que lamentar y, aunque los españoles somos muy listos, tensar la cuerda en exceso es muy arriesgado.

Hemeroteca Esta semana
Buscador